DIY NAVIDEÑO: ARBOLITOS DE NAVIDAD DE

De los creadores de DIY Navideño: Los Reyes Magos hechos con rollos de papel higiénico (protagonistas para más señas de nuestro primer taller navideño con amigos de Henar en casa, hoy llegan DIY Navideño: árboles de papel con mucha creatividad. Esta manualidad con niños, o Do it yourself si lo prefieres, es de lo más facilita y resultona, por lo que la dejo aquí para que, si alguien en Navidad la quiere poner en práctica con los peques de la casa, seguro que obtiene resultados divertidos y creativos a partes iguales. 

En nuestro caso, la plantilla la conservo de un taller al que asistimos en un mercado navideño hace unos años. Pero en realidad os sirve cualquier plantilla o dibujo de árbol. Simplemente la tenéis que repetir, de manera que tengamos dos exactamente iguales, con un corte en vertical como podéis ver dibujado más abajo en mis plantillas. Es muy fácil, pero si os liáis podéis hacer uso de esta plantilla (tenéis el link). 


Como siempre, los materiales no tienen que ser nada del otro mundo, en mayor o menor medida, lo que tengamos por casa. Y eso sí, en este caso, como queremos despertar la creatividad de los niños, cuantos más materiales tengamos, mucho mejor. No deben faltar pinturas, rotuladores, pegamento, celo, tijeras... pero también lo que se os ocurra para adornar nuestro árbol. En nuestro caso teníamos pompones, estrellitas troqueladas, cintas de colores, purpurina... En las fotos no se nota mucho pero las niñas (que ese día eran todo niñas), hicieron un montón de cosas divertidas utilizando todos esos materiales. Cuando veías los árboles juntos, situados unos al lado de los otros, te dabas cuenta de la gran creatividad que llevamos dentro. Es algo muy bonito y que además permite a los niños explorar y lograr cosas nuevas y muy chulas. 


El proceso, como os podéis imaginar, es muy sencillito. Simplemente hay que darle a cada uno de los niños una plantilla, poner a su disposición todo tipo de materiales y dejarles hacer. Dependiendo de la edad de cada niño o niña, quizá tengas que ayudarles algo en esta manualidad, sobre todo recortando o pegando algún detalle que no se pegue bien, pero poco más, el resto lo hacen ellos. Irán pintando, dibujando, pegando cosas... No os creáis que os van a pintar árboles en verde y ya está, sino que tienen un montón de detalles y, de hecho, casi ninguno era de color verde. 

Simplemente, después hay que montar la estructura haciendo encajar las dos piezas de la plantilla. El resultado es muy vistoso y les permite a los niños llevarse su manualidad y mostrarla orgullosos como otra pieza de adorno navideño. La puedes situar encima de cualquier superficie lisa (una mesa o estantería por ejemplo) y quedará fenomenal. 


¿Os animáis a hacer esta manualidad con niños? 


LECTURAS INSPIRADORAS 9: RELEYENDO EL CORAZÓN HELADO DE ALMUDENA GRANDES

No es la primera vez que leo este libro, del que tenía un recuerdo azul como el cielo de Madrid.

Esos domingos de invierno en los que el cielo más bello del mundo elige amanecer en Madrid. 

Porque esta novela para mí lo tiene todo: mi Madrid, nuestra historia, las dos Españas y las heridas que aún siguen sin cicatrizar del todo. Y además, esa forma única que tiene Almudena Grandes de contar estas historias. Leí El corazón helado hace mucho tiempo; existe un post en este mismo blog titulado Una de las dos Españas ha de helarte el corazón que es del 2011 y que habla precisamente de este libro. Me voy a permitir el lujo de volver a escribir sobre él unos cuantos años después, con una Itaca que no es la misma que era entonces, pero que sigue pensando muy parecido en ciertos aspectos y también sobre este libro.


Volvamos al cielo de Madrid, que nuestra protagonista, Raquel Fernández Perea, contemplaba desde el balcón de la casa de sus abuelos.

Qué grande es el cielo aquí, pensó al contemplar la extensión infinita de un azul tan puro que despreciaba el oficio de los adjetivos, un azul mucho más azul que el azul del cielo, tan intenso, tan concentrado, tan limpio que ni siquiera parecía un color sino una cosa, la imagen desnuda y verdadera de todos los cielos.

Ese mismo cielo se cruzará muchas veces a lo largo de su historia. De la suya y de la de los suyos: Ignacio Fernández, su abuelo, que luchó en la Guerra Civil y se exilió a Francia durante la dictadura, que tanto anhelaba los vermús de grifo y el cielo de Madrid. Los Fernández, esa familia que perdió dos veces, la guerra y la segunda partida marchita, la que les ganó de la forma más miserable un individuo llamado Julio Carrión.

Raquel Fernández Perea no dejó nunca de mirar al cielo. Y nunca olvidó cómo se llamaba el hombre que hizo llorar a su abuelo.

Con todo esto tenemos una trama imprescindible, una novela que nos dejará muchos posos pero que se nos escapará entre los dedos, porque este relato es tristísimo y mágico a partes iguales. Pasarían muchos años y muchas cosas antes de que Raquel comprendiese el sentido de muchas escenas que había visto en su casa de París durante su infancia, el significado de una conversación oscura y a la vez luminosa que su abuelo tuvo con ella una tarde de sábado de vuelta en su Madrid. Ese Madrid que había cambiado mucho pero que en esencia no había cambiado casi nada. Un Madrid cuyas décadas pasadas habían estado dominado por el miedo, pero que no había perdido esa esencia que Almudena Grandes relata tan bien:  Mari Carmen Ortega seguía siendo Madrid, en la arrogancia de las mujeres valientes hasta la insensatez y en la humillación de las mujeres apaleadas hasta la extenuación. También en esa humillación.


Porque hay ciertas cosas que ni se pueden comprar ni se pueden robar. Y Madrid está lleno de personas que no se dejaron comprar, que mantuvieron su dignidad, su coherencia y la defensa de su mundo, y que aún lo siguen haciendo. Raquel retomará esa dignidad, esa lealtad y esa coherencia y emprenderá un camino sin regreso sin olvidar el nombre del hombre que tanto daño hizo a su abuelo y a su familia. La venganza es un plato que se sirve frío, muy frío, y a veces el destino nos tiene reservadas las mayores ironías. De venganzas y de ironía saben mucho las páginas de este libro, que una vez más es el relato de los vencidos, los que durante décadas no tuvieron voz porque se la callaron.

La venganza es noble, porque es una pasión. Una pasión torpe, débil, inútil siempre, porque jamás devuelve lo que se ha invertido en ella, pero una pasión.

Raquel Fernández y Álvaro Carrión, los protagonistas de esta novela contanda en dos tiempos, como lo fueron su abuelo y su padre respectivamente en el tiempo anterior, pertenecen a otra generación pero no pueden seguir viviendo de espaldas a la historia de sus familias, a las vicisitudes que hicieron que ellos estén aquí y ahora. Juntos deberán construir una nueva etapa, un nuevo tiempo en el que la alegría halle por fin su hueco.

La alegría no tenía precio. No existe trabajo, ni esfuerzo, ni culpa ni problemas, ni pleitos, ni siquiera errores que no merezca la pena afrontar cuando la meta, al fin, es alegría. Yo lo sabía, porque había conocido demasiado bien el color gris en los tiempos de mi pobreza, todos esos años que viví creyendo que mi vida era vida, y que era mía.

La expectativa de la felicidad es más intensa que la propia felicidad, pero el dolor de una derrota consumada supera siempre la intensidad prevista en sus peores cálculos.

Esta novela cuenta la historia de muchos y buenos hombres y mujeres valientes, que tuvieron que afrontar tiempos muy difíciles y nosotros, desde nuestra situación actual, debemos no olvidar, debemos recordar. Gracias infinitas a gente como Almudena Grandes que escribe libros imprescindibles, como El corazón helado, como Inés y la alegría, como tantos otros... Lecturas absolutamente inspiradoras que uno lee y devora, relee y aún disfruta más.


Los hombres y las mujeres valientes nunca temen nada, ni a nadie, en el instante de la batalla.

APRENDIZAJES DEL RETO MINIMALISTA DE NOVIEMBRE

Hace unas semanas compartí con vosotros un nuevo reto que afrontaba con ilusión: el Reto Minimalista de Noviembre: 465 cosas fuera de mi vida. Os contaba entonces mis retincencias mentales sobre si finalmente iba a ser capaz de llevarlo a cabo o no, pero lo hacía con toda la ilusión del mundo y además confiaba en las posibilidades ya que era (y sigo siendo) muy consciente de que en mi vida y mi casa hay demasiadas cosas, por lo que tenía margen suficiente para sacar 465 objetos, aunque a priori pareciese algo difícil de alcanzar. Aunque claro, según pasasen los días y aumentase el número de objetos que tenía que sacar de mi vida cada día, se iba a ir poniendo más difícil, pero no imposible.

Y aquí van mis aprendizajes de todo este proceso: 

1. Al principio fue súper fácil

Simplemente tenía que dejar ir y liberar de mi vida un montón de objetos inservibles, que no me decían nada y que siendo sinceros debería haber tirado o eliminado desde hacía tiempo. Para mí era sencillamente basura, y sobre la basura, salvo que tengas un síndrome de Diógenes o algo similar, no hay dudas. Se van y punto. En este primer bloque salieron decenas de cosas: cosméticos pasados, medicamentos caducados, bolígrafos y rotuladores que no escribían, cargadores que no funcionaban, una funda vieja de Ipad (que no sé para qué la guardaba porque hace tiempo que no tengo Ipad), pendientes desparejados, cosas que no me gustaban, frascos y botellas de cristal, libretas viejas llenas de anotaciones que no necesitaba, ropa vieja que hacía tiempo que debería haber tirado... en definitiva, cosas en su mayoría inservibles y sobre las que no sentía ningún tipo de emoción ni apego. La mayoría de ellas resultarían inservibles para casi cualquier persona. Pude reciclar vidrio, papel, ropa (en H&M te aceptan bolsas de ropa y te dan cheques descuento por ella) y deshacerme de verdadera basura.

Así a lo tonto trasncurrieron unos cuantos días. Es cierto que inicialmente junté varios días del reto y el domingo 5 tiré más de veinte cosas del tirón solamente con revisar un rincón y dos o tres cajones. Pero a partir del día 6 empecé a compartir mi experiencia en el grupo de Facebook.


2. La experiencia grupal anima 

Lucía, de Sencillez Plena, que nos animó al reto, también nos dio una buena herramienta para conseguirlo: el grupo de Facebook Esencia Minimalista. Inicialmente me apunté al grupo por curiosidad, pero sin esperar nada en concreto. Sin embargo, en seguida me enganché y me gustó la experiencia de compartir con otros de qué me había desprendido cada día y además aprender de las cosas de las que se desprendía el resto. El grupo tiene un efecto optimista y de ánimo innegable, entre otras cosas porque estás haciendo un camino en el que surgen dudas, trabas... y compartes ese camino con personas que pasan por momentos como el tuyo. Simplemente el sentirte en la misma senda, de algún modo comprendida, ya sirve mucho. Pero además en el grupo está la diversidad y también están las ideas geniales. Aunque a mí el reto me resultó más fácil de lo que había pensado inicialmente, reconozco que hay momentos en los que te surgen las dudas, sientes apego y miedo a desprenderte de más cosas o no se te ocurre por dónde seguir. Conocer lo que otras personas han hecho te da ideas de por dónde puedes continuar tu propio camino.


3. Es increíble la cantidad de basura que acumulamos 

Esto es uno de los grandes aprendizajes que me ha dejado este reto y que además me ha sorprendido más. Creía que llegaría un día (a partir del día 15 ó 20 aproximadamente) en que tendría verdaderos problemas para encontrar algo de lo que deshacerme. Pero no, es impresionante lo que acumulamos. A veces, repasando un cajón me salían 15 ó 20 cosas, muchas de ellas absolutamente inservibles. Muchas de las cosas de las que hablo además ni siquiera recordaba que las tenía y se me ha olvidado para qué las guardaba. Me refiero a objetos y cachivaches varios que son auténtica basura. Creo que podría haberme tirado todo el mes desechando únicamente artículos de basura y aún me quedaría mucho más para enfrentarme al reto del apego.

Entre la basura incluyo: cosas que no le sirven a nadie, rotas, pasadas de fecha... Aquí aparecen cosas como alimentos caducados, medicamentos caducados, cremas y potingues varios que llevaban años cogiendo polvo en el baño, cosas que están rotas... ¿por qué narices mantenía todo eso en mi casa y en mi vida?

Cosas para por si acaso o para manualidades, que por supuesto nunca uso. El tema manualidades trae cola. Y eso que si os pasáis por la sección Hazlo tú mismo de mi blog veréis que yo sí hago manualidades y do it yourself variados. Pero aún así, guardaba un montón de cosas inservibles para manualidades que primero, no recordaba ni que las tenía y segundo, nunca las he usado por supuesto. Incluyo en este apartado recortes varios, trozos de cosas, anillas de latas de refresco... un horror, vamos.

Recuerdos que ni recordamos, otro cajón de sastre. Cosas como fotos viejas que no nos dicen nada, recortes de prensa, folletos de publicidad, revistas, entradas de espectáculos... No sirven para nada, las acumulamos y las olvidamos. Cuando vi la invitación de boda de uno de mis primos, que se había casado en 2008 me di cuenta de la cantidad de años que pasan y cómo nuestras vidas (al menos la mía) está llena de basura. ¿Para qué quiero esa invitación?

Minimalismo aprender


4. Es un juego y si quieres es divertido

Llega un momento en el que hasta te resulta divertido, además de purificador. Te levantas y piensas... ¿de qué me voy a deshacer hoy?, ¿qué no necesito ya en mi vida? Y recorres los armarios, cajones y diferentes espacios jugando a encontrar el próximo objeto. Cuando consigues llegar al número de objetos del día en cuestión te parece como que has ganado una partida. Sé que en realidad no es un juego, pero es bueno que lo parezca porque te hace disfrutar del proceso. Es más bien como un tipo de entrenamiento ya que según van avanzando los días vas abriendo tu mente y dejando ir muchas cosas. Cuando acabas con la parte de lo que es objetivamente basura, ya estás preparado para enfrentarte a lo que no quieres, no te aporta, no necesitas... y dejarlo ir. Hay cosas que ya cumplieron su función, es bueno dejarlas ir.



5. Te ayuda a quedarte con lo verdaderamente importante

Muy en relación con lo anterior. Empiezas a sacar cosas de tu vida y vas dejando espacio. Te vas quedando con lo que verdaderamente es importante y vas dejando atrás lo que no lo es. Y en el camino haces varios aprendizajes. Por ejemplo, me he desecho de cosas que eran de mi abuela y que me he dado cuenta de que guardaba únicamente porque me las había dado ella, ni siquiera me había parado a pensar si las quería en mi vida o no. Simplemente un día las había metido en un cajón (años atrás) y nunca había pensado sobre ellas. No tenían valor económico ni tampoco emocional, ¿por qué continuar manteniéndolas? Lo mismo me ha ocurrido con muchas otras cosas. Asumes que algunas de ellas cumplieron su función, incluso fueron importantes en su día, pero ya no lo son y no hay ninguna razón para que sigan ahí, cogiendo polvo y olvido.


6. Utilidad versus afecto

Creo que es una de las piedras angulares de este reto. Hay cosas que emocionalmente no te dicen nada, pero que sin embargo son útiles. No tienes que tener apego emocional a unos cubiertos por ejemplo, sencillamente sirven para comer. Es posible que se los tengas porque están vinculados a un recuerdo, a una persona o a algo emocional. Debemos tener muy presente que las cosas no son amor. No tienes por qué guardar algo que no te sirve y no te gusta, simplemente por el hecho de que te trae un recuerdo o que fue un regalo de alguien y sientes que desprendiéndote de él te desprendes del amor de esa persona, porque no tiene nada que ver.

Sin embargo, hay muchas cosas que son útiles, sin más. No tienen por qué gustarte o por qué no gustarte, tienen un cometido y cumplen una función. A veces, cuando te planteas soltar lastre debes tener en cuenta la funcionalidad, si son útiles y si de verdad las usas. Lo mismo con tener cosas duplicadas o repetidas por decenas, es bueno tener varios tenedores por ejemplo, pero ¿ un cajón entero? Sorprende ver la de cosas de más que llegamos a acumular y que aunque sean útiles no las usamos porque tenemos demasiadas.


7. Las cosas que se van dejan espacio para una vida más simple y mejor

Creo que donde más a fondo me he empleado es en el baño de mi casa (lo que da una idea de la cantidad de cosas pendientes que me quedan por sacar de mi vida). Pero lo cierto es que la diferencia es abismal, ya que he dejado de tener decenas de cosas atracando cada cajón y la sensación es fantástica. Sin embargo, creo que este reto no es más que un camino, algo que debo seguir durante mucho más tiempo. Debo pararme y plantearme si quiero seguir viviendo rodeada de cosas, porque la realidad es que mire donde mire veo trastos y más trastos. Es cierto que cada vez consumo y compro menos, pero también lo es que me deshago de muchas menos cosas de las que debería y que por una razón u otra cada mes llegan nuevas cosas a mi vida. Me agobia mucho esa situación y no estoy muy segura de cómo ponerle fin.

Mi reto en 2018 es hacer lo mismo con muchos otros rincones de mi casa, vaciarla de tantas cosas que no dejan espacio para la vida simple que quiero vivir.


8. Aunque creas que ahí no hay más, dale una segunda vuelta

He escrito segunda, pero podría decir tercera, cuarta, quinta... De hecho, creo que es muy bueno hacer ese ejercicio, porque en la primera vuelta sale sólo lo que sobra sin más. En la segunda aparecen nuevas cosas que también sobran y ni siquiera te diste cuenta la primera vez. La tercera vez ya tienes que pelearte con el apego, cosas que mantienes por un valor emocional pero que en realidad deberías tirar, donar, sacar de un modo u otro de tu vida. Dale varias vueltas en días diferentes a un mismo lugar y te sorprenderá todo lo que aún quedaba (o queda) por salir.


9. ¿Qué dice de mí todo eso que acumulo?

Pues lo primero que dice de mí, que soy tan organizada para algunas cosas, es que a nivel de trastos soy lo más desorganizado del mundo. Supongo que habrá gente en peores situaciones, incluso con enfermedades como el síndrome de Diógenes, pero eso no me consuela en absoluto. Mi yo dejado campa a sus anchas en el mundo de las cosas y, sin ser consciente, voy acumulando sin más. Es cierto que soy capaz de preguntarme antes de comprar algo si realmente lo necesito, si realmente me hace tanta ilusión y hago una compra mucho más consciente. Ahora bien, las cosas que llegan (o llegaron) a mi vida por una razón u otra, permanecen en ella sin sesgos. No he sido consciente hasta ahora de que debo de dar varias vueltas, volver a plantearme tiempo después si quiero seguir manteniendo eso es mi vida, revisando cajones, armarios, rincones... y preguntarme si debo mantener los regalos que me hicieron y que no uso o no necesito, o simplemente no me gustan; las cosas que llegaron a mi vida por promoción o por cualquier otro medio. Al final, hay muchas cosas que llegan y que tú no has decidido comprar pero sí estás decidiendo mantenerlos allí, ocupando espacio.

Reto minimalista


10. Aún me queda un laaaaaargo camino por recorrer

Y tan laaaaaargooooooo. Vivir una vida más sencilla en 2018 creo que también implica plantearme qué quiero hacer con todas esas cosas que aún inundan mi vida y no necesito y tampoco quiero. No es una sensación, soy absolutamente consciente de que tengo de todo y que además tengo mucho, demasiado, de todo también. Vivimos en un mundo consumista en el que comprar forma parte de nuestros hábitos. Comprar de más y vivir con demasiadas cosas. Es algo que, a nivel personal, me gustaría cambiar en 2018, a ver qué tal me va.

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