ATHOS




Desde que era pequeña me han encantado los perros, de hecho aprendí a andar entre dos de ellos, aunque resulte difícil de creer. Mi abuelo tenía dos pastores alemanes, que se llamaban Duque y Ray, y además de hacerles perrerías mil (no sé cómo me aguantaban, pobrecitos míos), me sirvieron de taca-taca para que, apoyadando mis manos en sus lomos, aprendiera a dar mis primeros incieros pasos en este incierto mundo. Después de estos perros vendrían otros: Prin, Sir, Duque segundo y sobre todo Dumbo. Dumbo fue el último regalo que me hizo mi abuelo, era un mastín negro precioso, con las patas blancas, parecía que llevase calcetines. Era tan bueno, aunque como buen mastín que era también tenía mala leche si te metías con lo suyo, pero como yo siempre fui parte de "lo suyo", nunca tuve problemas con él ni mucho menos, sino que siempre nos adoramos mutuamente.


Cuando voy por la calle, no puedo evitar pararme con todos los perros, ellos me miran, yo los miro, nos entendemos sin palabras. A veces ni siquiera eso, yo ni los he visto, y de repente veo cómo vienen trotando hacia a mí o me se me suben directamente a modo de saludo. Y es que los adoro, mucho más que a los humanos, no puedo evitarlo.


Pero desde hace muchos años, no tengo ningún perro. Me muero de ganas por tener uno, de hecho mientras estuve en casa de mi madre lo intenté durante años, pero me di de bruces contra una pared infranqueable. Hace casi tres años me independicé, cogí mi maleta y mis sueños y me vine a Madrid, no a empezar una nueva vida, sino a empezar mi vida de verdad lejos del nido. Ya que esto va de animales, no es descabellado a aludir al dicho de que los pájaros tienen que aprender a volar por sí mismos. El caso es que este pájaro se vino a Madrid y alquiló un estudio de 27 metros cuadrados, como una habitación de hotel con vistas a la piscina municipal, casi a la sombra de las torres KIO. Y esa casita se convirtió en su pequeño palacio, en la primera casa que era realmente suyo, su propio nido. Lo llenó de recuerdos y de nuevas vivencias, de cuadros coloristas de su amigo Sergio Cruz y de cientos de libros apilados en cualquier rincón, eso sí, muy estructurados, que vivir en ese espacio necesita un orden.


Mi casa cumple mis expectativas, al menos por ahora. En ella soy feliz, desde ella planeo mis viajes, abro esta ventanita virtual al resto del mundo y dejo que los rayos de sol se cuelen en las ventanas. Pero hay algo que echo de menos, y ese algo es un perro. No un perro cualquiera, sino Athos. ¿y quien es Athos?, pues el cocker que siempre quise tener y que aún no tengo. Si hay un perro que me encanta es el cocker spanier, concretamente el de color canela, con esos ojos tristes y esa alegría desbordante, tan elegantes, tan bonitos, tan llenos de vitalidad. Son perros que te llenan la vida, que te dan alegría y hacen que todos los días sean de colores, y que si alguno de ellos es gris, Athos lo hará un poco más tenue.


¿Dónde estará Athos?, ¿cuántos meses o años le quedará para nacer y llegar a mis brazos?. Todavía no me atrevo a tener a Athos, a salir en su búsqueda. Un perro no es algo que se deba tomar a la ligera y después de dos meses, en las primeras vacaciones deshacerse de él. Además, a un perro hay que cuidarlo, hay que mimarlo, sacarlo a pasear, que corra, que sea feliz. No podemos tenerlo metido en casa todo el día, triste y desamparado, aunque con los horarios de trabajo que tenemos y viviendo en un lugar como Madrid, esto se plantea difícil. Pero algún día llegará.


Cualquier día, tendré a Athos ladrándome mientras escribo este blog, dándome su cariño, llenando esa pequeña parcela de mi vida y de mi corazoncito que serán para él y que siempre han estado esperándole. Mientras, tendré que conformarme con el cariño prestado de todos los perros que se cruzan en mi camino cada día, que me cruzo por la calle, a los que acaricio, con los que intercambio miradas de cariño.


Pero algún día, Athos estará aquí conmigo, algún día...





No lo he dicho, pero por supuesto (los bibliófilos ya lo habrán adivinado), el nombre de Athos es por mi mosquetero favorito, el más noble de todos.

4 comentarios:

  1. Mi abuela tiene una cocker spanier blanca con manchas marrones. Se llama Jara y es preciosa. A mí me encantan los perros, aunque nunca he tenido uno. En mi casa está Sasi, una gata común que lleva con nosotros la friolera de 14 años... la adoro... aunque es un poco cabroncilla :P Un beso

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  2. Ya sabes lo que toca, organizarse para poder tener tiempo para Athos.

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  3. Estás guapísima en la foto!!! Yo también quería un perro, pero de pequeña, y se me pasó pronto porque, como dices, es mucha responsabilidad.. eso sí, un poco exajerado quererles más que las personas no? digo yo...

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  4. Hola! A mí también me gustan los perros, y los animales en general. Pero lo único que he tenido en mi casa han sido galápagos y canarios (cuando era pequeña) y recientemente un hamster ruso. Los perros requieren mucha atención, varios paseos al día, etc y no es fácil con el ajetreado ritmo de vida que solemos llevar y además viviendo en un piso o un estudio. Es diferente cuando se tiene una casa amplia con jardín, donde pueden correr libremente y disfrutar de un poquito de libertad. Un saludín desde Pucela.

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