EL CIRCO PRICE

Thomas Price tenía un sueño, desde las alturas de su trapecio soñaba con abrir un circo estable, un lugar de referencia en el que pequeños y mayores recuperasen sus ilusiones y cuyas puertas estuviesen abiertas todo el año, lloviera, nevara o hiciera un sol sofocante. Él, que llevaba toda la vida de aquí para allá en un absoluto mundo de pasiones circenses, soñaba con echar raíces y que el circo echase también raíces en las pasiones de la sociedad madrileña. Quería que generaciones y generaciones creciesen con el circo como una de las historias de su vida, y no una historia itinerante que llegase a la ciudad una vez al año, sino que todos los días tuviesen la oportunidad de disfrutar del espectáculo, porque ocurriese lo que ocurriese en la vida, el espectáculo siempre debía continuar.


Y el “ocurriese lo que ocurriese en su vida” fue precisamente su muerte. Thomas Price no llegó a ver cumplido su sueño, pero su memoria sería siempre recordada en un circo que llevó su nombre. Price murió en 1878 y su yerno abrió dos años después el Circo Price en la Plaza del Rey. Y una vez más ocurrió lo que ocurrió, un año después el espectáculo sufrió un incendio y despareció, pero William Parish, el yerno de Price, no se dio por vencido, persiguió hacer realidad el sueño de su suegro una y otra vez, y en 1880 abrió el mejor circo del mundo, el Circo Price en un edificio de nueva construcción. Y este circo siguió en pie hasta sesenta años después, convirtiéndose en un lugar de referencia para generaciones y generaciones de madrileños.


Hasta que llegó la Guerra Civil, no eran buenos tiempos para el circo ni para la alegría. Madrid era republicana y los nacionales querían asolarla como fuera, acabar con su alegría y con su pasión de libertad, incluido con el circo. Bombardearon el edificio, pero en cuanto los madrileños empezaron a recuperarse un poco de las heridas (las cicatrices quedarían para siempre), en 1940 reconstruyeron su circo, el Circo Price. Y volvió a abrir sus puertas, en medio de las tormentas políticas que durarían 35 años más. Pero él sólo duró 30, treinta años de funciones ininterrumpidas, de agarrarse a la vida en medio de la adversidad, hasta que en 1970 las especulaciones capitalistas acabaron con él y se convirtió en un banco. Los vaivenes de la vida, el ocurriese lo que ocurriese, han hecho que el solar que un día albergó el Price sea hoy sede de un Ministerio, pero al menos el de Cultura.


Madrid se volvió a quedar sin circo durante más de treinta y seis años, y a finales del 2006 el Circo Price volvió a abrir sus puertas, haciendo de nuevo realidad el sueño de Thomas Price. Desde diciembre de 2006 es posible acudir a él a reconciliarse con la vida y disfrutar del espectáculo. Yo sólo espero que generaciones y generaciones de madrileños sigan disfrutando de él, y que si algún día tengo hijos, ellos también disfruten del Price.
Nota: Ayer conocí por fin el Circo Price.

A NOITE ESCURA DE ALFAMA




Llega el mes de junio y con él mi cita anual en la Alfama. Me enamoré de Lisboa hace años y ahora no puedo concebir la vida sin ella, necesito volver a sus calles y a sus luces como una pequeña droga. Lisboa y sus fados, Lisboa y sus nostalgias, Lisboa y sus calles perdidas que huelen a mar… Casi dos años después de que esta ciudad me robase el corazón, por casualidades del destino, la visité en un mes de junio. Me encontré con la tremenda sorpresa de que junio es el mes de las fiestas de Lisboa, donde la ciudad vive aún más en la calle, en una continua algarabía de vida y fiesta. En realidad, es toda Lisboa la que está de fiesta, comenzando por la efeméride de su patrón San Antonio el día 13 y continuando con San Juan y San Pedro. Son casi tres semanas de fiesta continua a lo largo y ancho de la ciudad, llenas de bellos momentos, folclore popular y mucha vida por doquier. El ancho sol y el buen tiempo invitan a vivir los días, pero más aún a vivir las noches, esas noches especiales lisboetas de mediados de junio, con el sonido de un fado nostálgico en la lontananza y el olor a flores en el ambiente.




Pero si Lisboa festeja sus santos, su historia y sus señas a su modo tan especial, más aún lo hace el barrio marinero de Alfama. No hay que olvidar que San Antonio nació entre sus estrechas callejuelas de olor a mar. Aunque la historia lo haya rebautizado con el nombre de San Antonio de Padua, no fue esta triste ciudad del norte de Italia quien le vio nacer y vivir su infancia y adolescencia. San Antonio nació y creció en la Alfama, y llevó este lugar en su memoria y su corazón hasta el último de sus días, al igual que sus vecinos lo siguen llevando a él en el corazón día tras día. No hay callejuela de la Alfama que no tenga una hornacina para el santo patrón de Lisboa y mucho más aún de este barrio marinero; nunca le faltan una flor, una oración o un fado de quien pasa por allí. San Antonio es la Alfama y la Alfama es San Antonio, mucho más aún durante las noches de junio, y especialmente el día 13, en que sus gentes se echan a la calle, dispuestos a evocar al santo y brindar a su salud y eterna memoria en una noche de vino y rosas, olor a mar y a sardinas asadas.




Quiero hacer algo así como un diario de viaje, una recolección de las emociones profundas que se viven en la Alfama y especialmente en sus noches de fiesta. No creo que hubiese muchos más guiris que nosotros allí, seguro que en todas las guías viene que es muy peligroso adentrarse en la Alfama de noche. Sí, para los portugueses nosotros también somos una suerte de guiris, no tanto como otros, pero extranjeros al fin y al cabo. Los turistas normales se quedan cerca del Castillo de San Jorge, cenan en el Chapitó mirando el horizonte del otro lado del río, cogen el eléctrico 28 sólo para llegar al mencionado castillo y como mucho se asoman sobre las balconadas de la Alfama desde el Miradouro de las Portas du Sol.


Yo adoro este lugar, no hay ningún rincón en Lisboa con más encanto que el Miradouro das Portas du Sol, con los perfiles blancos de la Alfama ocupando el horizonte. Desde allí, puedes sentir la nostalgia, la morriña, el dolor… tantas y tantas almas de marineros que salieron de la Alfama en busca del nuevo mundo, algunos de ellos para no regresar nunca jamás… En esas calles se vivieron separaciones, se truncaron vidas y familias enteras, los llantos llegaron a ese río convertido en mar. De tanta tristeza no había más remedio que naciese el fado, una canción que es pura melancolía hecha música en su absoluta belleza.







En las noches de junio, todos los lisboetas salen a la calle, el barrio de la Alfama se olvida de la inmensa nostalgia que siempre le ha habitado y se echa a la calle, a comer sardinas a la barbacoa en sus plazoletas, vino del pueblo, espíritu y alma de fiesta… De lejos sobrevuelan las últimas gaviotas, se oyen los sonidos del mar, que hasta allí despliega sus poderes y sus aromas, en cualquier esquina un valiente se arranca con un fado y el tiempo se detiene… Las noches se hacen interminables, largas noches de vino y rosas, donde el marinero que nunca volvió, la anciana que nunca ha salido de Alfama, la niña despreocupada que ve el mundo con sus grandes ojos, o el propio San Antonio, se sientan todos a la misma mesa. Las mesas son destartaladas, simples tablones de madera sobre borriquetas, bancos hechos a mano, sillas traídas de las casas de alrededor… Es algo así como la noche de San Juan que canta Serrat en “Fiesta”: “hoy el pobre y el villano, el prohombre y el gusano bailan y se dan la mano sin importarles la facha… juntos los encuentra el sol a la sombra de un farol, empapados en alcohol, abrazando a una muchacha…”
Eso exactamente es lo que ocurre en las fiestas de Alfama, yo nunca sería capaz de expresarlo con palabras como mi primo el Nano lo hace con su canción. Pero sí que sé sentirlo, empaparme de las sensaciones, de los olores, de los sabores, de los sonidos de esas noches inolvidables… Allí, el caminante que llega, que se acerca y se atreve a traspasar las fronteras de las guías de viaje y de sus recelos, se encuentra acogido como un amigo más. Se sienta a la misma mesa, come y bebe lo mismo que el resto, escucha los mismos fados y se empapa de la nostalgia que invade el ambiente y que esa noche se ha convertido en fiesta.




Ya desde la parte superior del barrio, desde el Miradouro das Portas du Sol, puedes sentir la música de la verbena, ver los patios y las plazoletas llenas de mesas y de gente disfrutando de estos días de fiesta. Aquí se acaban los problemas, o por lo menos se olvidan durante unas horas o unos días. No se necesita casi nada para ser feliz y la consigna en esos días es reírse y pasárselo bien, aniquilar la tremenda tristeza que en otros tiempos lo ahoga todo. Aquí, las disputas se olvidan, todos somos hermanos sentados a la misma mesa, disfrutando de alimentos tan simples como sabrosos: pan, ensalada, o sardinas, panceta y chorizo a la parrilla. Estamos en un fantástico restaurante improvisado para la ocasión, con vistas al mar, a las calles empedradas, a las fachadas encaladas de este barrio milenario… La cúpula celeste y sus miles de estrellas nos contemplan desde allí arriba, las luces de la ciudad, la noche enamorada de junio, el aroma del mar que escucha nuestras risas, y el vino que corre en cada mesa, reconciliando las fricciones, haciéndonos más hermanos que nunca.




Quien ama la vida, tiene que amar la Alfama. A veces alguien me pregunta por qué me gusta tanto este lugar. En realidad no lo sé, es como si una parte de mi alma perteneciese a estas calles y a esta gente, como si tantas veces hubiese perdido mis pasos en la Alfama que el olor de su mar y su nostalgia se me hubiese quedado en las entrañas. Me gusta todo de ella, mujer enamorada y arrebolada tras una verja o una puerta. Tiene esa belleza excelsa en medio de la pobreza, brilla por sí misma sin necesitar joyas, sus ojos del azul del mar intenso, las luces de las estrellas que la contemplan y la iluminan… Alfama es pobre, pero no le importa. Se sabe rica en afectos, hasta el propio San Antonio está enamorado de ella y la protege. Estos días, o más aún estas noches, son sus días y sus noches, sus momentos de alegría, en los que ella es la protagonista, iluminada por las estrellas y las luces del alba que rozamos con los dedos frente al mar, tras una noche más de vino y rosas, de vida intensa.




Qué pena del turista que no traspasa sus fronteras, que no se atreve a ir más allá de los límites, que le da miedo intentar vivir. Sé que son la mayoría, pero cuando uno llega a las Portas du Sol y escucha la música, ve las guirnaldas de colores, las mesas y sillas apuntaladas, los ríos de vino, las risas, los fados, las nostalgias… siente una atracción irremediable a correr escaleras abajo, a juntarse con el resto del mundo, a disfrutar de la noche donde se olvidan los prejuicios, donde la fiesta lo invade todo. Mañana será otro día, quizá despertemos del sueño, pero hoy todo esto nos pertenece, la posibilidad de gozar, de vivir, de sentir, de empaparnos de las emociones, de bañarnos en una melancolía que hoy nos muestra su cara de alegría.



“¡Gloria a Dios en las alturas!, recogieron las basuras de mi calle ayer a oscuras y hoy sembrada de bombillas. Y colgaron de un cordel de esquina a esquina un cartel, y banderas de papel lilas, rojas y amarillas…”




Ésas son las guirnaldas que se ven desde las Portas du Sol, y a la gente despreocupada bajo ellas, brindando por el santo y por las fiestas de Alfama, por esta noche que hoy se presenta interminable.




“Y al darles el sol la espalda revolotean las faldas bajo un manto de guirnaldas, para que el cielo no vea en la noche de San Juan como comparten su pan, su tortilla y su galán gentes de cien mil reales…”




También en la Alfama se celebra San Juan, pero sobre todo se celebra San Antonio. Sin embargo, el espíritu es exactamente el mismo, la fiesta bajo las guirnaldas, la sensación de pertenencia a un grupo, aunque no conozcas de nada a las gentes de tu alrededor. En esas noches todos somos hermanos sentados a la misma mesa, bebiendo el mismo vino, iluminados por las mismas estrellas, compartiendo nuestras alegrías y nuestras penas debajo de las guirnaldas de colores.



“Apurad, que allí os espero si queréis venir, pues cae la noche y ya se van vuestras miserias a dormir…. Vamos, subiendo la cuesta, que arriba MI CALLE SE VISTIÓ DE FIESTA”.


Sólo que al revés, vamos bajando la cuesta, que abajo mi plaza empedrada, con el repiqueteo de las campanas de la Iglesia, se vistió de fiesta…




“Hoy el noble y el villano, el prohombre y el gusano, bailan y se dan la mano sin importarles la facha. Juntos los encuentra el sol a la sombra de un farol, empapados en alcohol, abrazando a una muchacha”.




Porque toda la vida es ahora, porque estamos en el hoy, en esta noche de fiesta que mientras dure será eterna. Donde todos somos hermanos, aquí y ahora, solamente hoy.




“Y con la resaca a cuestas vuelve el pobre a su pobreza, vuelve el rico a su riqueza y el señor cura a sus misas. Se despertó el bien y el mal, la zorra pobre al portal, la zorra rica al rosal y el avaro a las divisas.




Se acabó, el sol nos dice que llegó el final, por una noche se olvidó que cada uno es cada cual….Vamos, bajando la cuesta, que arriba EN MI CALLE SE ACABÓ LA FIESTA…”



Como todo en la vida, es muy triste cuando llega el final, cuando todo se acaba, cuando los buenos momentos se rompen en pedazos. Sólo nos quedará entonces su recuerdo, un recuerdo intenso y único, fantástico y doloroso, que nos perseguirá hasta el próximo año. En las tardes de otoño, soñaremos con las noches de fiesta de junio en Alfama, también en las mañanas de invierno cuando la soledad de la gran ciudad nos ahogue, o en nuestros propios momentos de calma frente a cualquier otro mar…




La noche se ha acabado, los rayos de sol nos condenan a volver a la realidad. Durante esa noche hemos bebido, hemos comido, hemos bailado, hemos reído, hemos llorado, nos hemos abrazado, nos hemos besado, nos hemos enamorado… Las noches de Alfama son siempre mágicas, pero éstas más. Las estrellas nos contemplaban mudas desde el cielo, conociendo nuevos secretos que seguirán guardando durante toda la eternidad, la luna nos envidiaba en su soledad, el mundo parecía haberse detenido durante esas horas. No nos duelen los pies después de tanto baile, después de tanta intensidad, nos duele el alma porque nos están echando de nuestro particular paraíso. Un paraíso que no tiene precio, porque está hecho de sueños, de colores, de olores, de sensaciones… de esa materia inconsistente con la que se construye la felicidad.



El eléctrico 28 traquetea calle abajo, apartándonos de la Alfama, devolviéndonos a nuestro mundo de realidad, llevándonos lejos de ese mundo de sueños y fantasías. Alfama, cada vez te quiero más, cada vez me pierdo más en tus nostalgias, cada vez te añoro más. Evocando tu imagen y tus horas, tu tiempo detenido, tu absoluta soledad, tu nostalgia… mientras escribo estas líneas mi corazón me oprime, si en la lontananza sonase un fado, no podría evitar las lágrimas.




Ya sé por qué tu horizonte es tan azul, frente a ti el Tajo no lleva agua, lleva las lágrimas que tantas y tantas almas han vertido entre sus calles, lágrimas que recorriendo tus callejuelas empedradas bajando al mar, han terminado vertiéndose en él y confundiéndose. Lágrimas a veces de alegría, otras de tristeza, como las que yo vertí en tu noche infinita que ahora toca a su fin.




¡Ay, mi Alfama!