TAN ROJO, TAN OVIEDO, TAN ZASCANDIL...

MENOS DOS ALAS. Joaquín, eso no se hace, y se lo dices igualmente a tu amigo Luis (García Montero), quien por cierto, te ha hecho un prólogo de disco soberbio, como suele ser habitual en él. No dudo de que ambos quisisteis mucho a Ángel (González), poeta y además asturiano y carbayón como yo. Pero es que eso no se hace, media vida con él y le dedicáis dos joyas después de muerto: tu canción que nunca podrá escuchar, el libro de Luis (“Mañana no será lo que Dios quiera”) que nunca podrá leer. Cuando escribí sobre ese libro, ya dije que la figura de Ángel González formaba parte de los escenarios de mi infancia, porque en Oviedo era muy conocido. Disfruté muchísimo con el libro, se me cayeron las lágrimas en algunas de sus páginas, y pensé que era una pena que Angel no lo hubiese leído, que los homenajes post mortem deberían estar prohibidos. Cuando escuché esta canción, creí que se me atenazaba la garganta, que por unos instantes me quedaba sin respiración, porque tú habías cometido la misma herejía. Otra obra maestra poética y musical que Angel no llegaría a contemplar nunca, que jamás podría escuchar. Porque rojo, zascandil, carbayón e incrédulo como yo, no creo que él esté en ningún más allá, la gente se muere y se acaba, lo que nos queda es su recuerdo.


“González era un ángel menos dos alas,
González era un santo por lo civil,
un dandy con un ojo a la funerala,
tan rojo, tan Oviedo y tan zascandil.


Hilaba en los garitos de mala nota
boleros de Machín con Juanín de Mieres,
apurando los whiskys en los que flotan
las lunas de las golfas y los crupieres. (…)


Verde por la vergüenza que no tenía
hasta ayudó a Caronte a quemar sus naves,
decía que morirse no era tan grave
y agonizó en voz baja por cortesía.”


Creo que a él le habría gustado escuchar esta canción, a mí también me gustaría escuchar algo así si alguien llegara a escribir tanta belleza para mí. Es una faena que no pueda hacerlo, una tristeza que su voz se haya apagado, un homenaje y una canción preciosos, un nudo en la garganta cada vez que escuchas “un santo por lo civil, tan rojo, tan Oviedo…” Deberías haberla escrito antes, él se merecía escucharla.
"Menos dos alas" es la canción que Sabina le ha dedicado a Angel González y que forma parte de su último disco, "Vinagre y Rosas".

TOMANDO UN CAFÉ CON EL RECUERDO DE KAFKA




Caminaba por Praga en medio del frío invernal de octubre, aún no sabía que al día siguiente nevaría, pero de algún modo lo presentía entre los dedos. Desde la plaza principal encaminé mis pasos hacia el Barrio Judío, para mí uno de los lugares con más encanto de esta ciudad. Buscaba un sitio donde guarecerme, donde tomar un café calentito y retomar fuerzas frente a una taza humeante, para continuar mi jornada descubriendo maravillas praguenses. Recordé que en algún lugar había leído que existía un café, el Café Kafka. También en algún lugar leí que Praga no puede ser entendida sin Kafka, ni Kafka sin esa bella ciudad en la que vivió. Kafa, lector impenitente, escritor de historias irrepetibles, asiduo a los cafés… Ésa es la imagen de este literato que se me viene a la cabeza, con sombrero y abrigo largo, ambos de color oscuro, intentando guarecerse del frío que hiela los huesos y que en esta mañana de octubre ya se siente de un modo intenso, el mismo frío que mis pasos entumecidos sufren en estos momentos.


Me encamino por una calle, dejo una sinagoga a la derecha, tuerzo en la siguiente esquina y ahí se alzan frente a mí las cristaleras del café Kafka, detrás de las cuales, sentado a una de sus mesas, en ese ambiente que no ha cambiado con el paso del tiempo, me imagino al propio Kafka leyendo, escribiendo o simplemente viendo la vida pasar al otro lado de las cristaleras. Kafka era judío, probablemente transitó mucho por estas calles, cerca de aquí, al lado de una sinagoga, se alza la Estatua que su ciudad, Praga, le dedicó hace ya tiempo. Porque quien piensa en Kafka piensa irremediablemente también y asociado a él en la ciudad que tantas veces paseó, en las calles empedradas de la memoria de Praga.


Este café sale en alguna guía, pero no en muchas, por eso aún conserva un poco de la autenticidad que tuvo cuando Kafka se asomaba a sus ventanales. También influye que estamos en octubre bajo un frío pelón y que el número de turistas se reduce considerablemente comparado con los del verano. Aún así, son las 11 de la mañana, seguro que la mayoría de los turistas están ensimismados esperando a que el reloj astronómico de la plaza empiece su cansino repertorio, siempre el mismo cada hora, y aún así, parece que si no vas a verlo una vez al día, no estás viviendo y sintiendo Praga como se supone que un turista debe hacerlo. Y desde allí continúan en manada Puente Carlos hacia adelante, haciéndose fotos delante de las horrorosas estatuas barrocas, oscuras, feas y sucias que lo jalonan. Por allí se supone que pasa el camino del buen turista que visita Praga. Los viajeros preferimos perdernos por el Josefov en dirección contraria, entrar en un café y pedirnos un humeante café latte mientras conjuramos nuestros recuerdos y nuestras ilusiones mirando a los adoquines a través de las cristaleras. Es otra forma de vivir los viajes, de sentir las ciudades, de parar el tiempo y captar el instante…


Era la primera vez que me disponía a entrar en aquel lugar, había bastante gente, pero no demasiada. Gente de Praga, gente de fuera, pero los foráneos éramos viajeros, se nos notaba en la mirada, no había ningún turista dispuesto a terminar con el encanto que pudiera tener aquel lugar a golpe de guía y voz en grito. Aquel lugar era… ¿cómo definirlo? Parecía estar colgado de algún punto de la memoria, como si el reloj hubiese parado sus manillas el último día que Kafka se tomó un café allí, en el momento en que salió por aquella puerta para no volver jamás. En ese tiempo detenido, si cerrabas los ojos, podías imaginar aún a Kafka leyendo sentado a cualquiera de las mesas de alrededor.


El café tiene dos partes, una sala frontal desde la que puedes ver a la gente pasar a través de los ventanales, y una parte posterior con dos pequeñas salas que dan a la parte trasera del edificio. Cada una tiene su encanto, en una ves la vida pasar, en otra sientes la literatura envolverte. Se agradece que casi todo lo hayan dejado igual, las mesas y los bancos de madera, la barra centenaria, el ambiente del local… Quizá se echa de menos una remodelación en los servicios en la planta de abajo, especialmente en la oxidada escalera de caracol de hierro que parece transportarte al inframundo, a una especie de bunker a medio camino entre lo sucio y lo ajado, que te devuelve como un bofetón las penurias que el pueblo judío sufrió también en Praga durante la Segunda Guerra Mundial. Y es que hay lugares a los que la atrocidad les marca, les deja una huella indeleble y dolorosa. Pero en contra de lo que algunos piensan, es bueno tener presente el dolor, afrontar las cicatrices de nuestra historia, precisamente para recordarla y no cometer el error de volver a repetirla. El Josefov es un laberinto de calles intrínsecas de la memoria, y el Café Kafka, forma también a su modo parte de ello.


Me pido un café latte y me asombro al recibir una réplica exacta de los cafés latte que bebía cuando vivía en Italia. Si cierro los ojos, me teletransporto a una de las tardes de domingo de otoño, en la terraza del Ariosto en la Piazza l’Ariostea ferraresa. Recuerdo llama a recuerdo, vida llama a vida al fin y al cabo… Retomo fuerzas, evoco a Kafka, a los judíos que murieron, a los habitantes de Praga que hoy subsisten… Pienso en a dónde me llevarán mis pasos al salir de aquí, el frío que hace fuera, la tienda de relojes de la esquina de la calle de al lado que me tiene fascinada. Incluso pienso que este lugar está lleno de emociones contenidas, y que al volver a España espero ser capaz de condensarlas en un texto y publicarlo, para que sean otros quienes leyéndolo evoquen a su vez mis propios recuerdos, se transporten hasta este lugar, hasta el frío que hace en Praga en octubre, hasta los recuerdos de un Kafka desconocido, los sabores de este café latte que parece verdaderamente italiano, el calor de este lugar como un refugio en el camino.


Y aquí me volverán a traer mis pasos varias veces más mientras me aloje en Praga, mientras me pierda en sus mercadillos y en las calles de Malastrana, en el parque que Kafka tanto amó, entre las calles adoquinadas, entre las tumbas del cementerio judío y las nubes grises que amenazan tormenta. Praga es como un cuento de hadas con un toque tenebroso, si le borraran el barroco de un plumazo sería mucho más bonita. Se asemeja en parte a brujas, que parece un cuento de hadas con un toque mágico. Aún así, existen rincones maravillosos en esta ciudad, aquellos en los que las hordas de turista aún no han pisoteado las margaritas que se esconden entre los adoquines. Si piensas que nunca has visto una de esas margaritas, quizá debas replantearte lo que te permiten ver tus ojos, si sólo ves lo evidente o si eres capaz de ir más allá, si sólo visitas lo que te dice una guía o si tu alma de trotamundos se dispara dispuesta a descubrir tesoros en cada viaje.


El frío se incrementa cada día que transcurre en Praga, el invierno se adivina cruento, difícil… Cada vez aferro con más ganas mi humeante vaso de café latte, intento que su líquido contenido me proporcione fuerzas para seguir adelante, para abrir bien los ojos, ver margaritas, descubrir tesoros, vivir intensamente todo lo que esta ciudad tenga a bien ofrecerme. Franz Kafka, sé que me estás mirando desde los recuerdos, desde tu cara estampada en los sobres de azúcar, desde las páginas de tus libros que no he leído, desde la desmemoria de los que sí leí, desde tu alma de viajero en Praga, a pesar de habitarla durante décadas. También a ti te gusta ser evocado en este escrito, recordar o evocar vagamente tú también el sabor de los cafés que tú un día lejano también te tomaste en este lugar, es posible que incluso sentado en el lugar donde yo ahora me siento. Y es que a los dos nos ha gustado siempre ver la vida pasar a través de las cristaleras, fijarnos en los detalles, buscar personajes para las historias que escribimos y las que no llegaremos a escribir nunca. Por eso me gusta pensar en ti, evocar tu recuerdo, pensar que estuviste aquí, soñar con que bajo los adoquines hay arena de playa y entre ellos margaritas, aunque suene cursi o por lo menos raro.


He venido tres veces y hoy es mi última tarde en Praga, mi último café latte en el Café Kafka. Al final nos hemos comprado tres relojes en la tienda de la esquina de la calle de al lado que tanto me llamaba la atención: uno de pared con caja, otro de pared sin caja y otro de bolsillo. Parece una locura, encima pasearlos por media Europa aún, porque desde aquí proseguimos camino. Pero los pequeños tesoros también forman parte de los viajes. De algún modo quería que las paredes del Café Kafka formaran parte de mi despedida de Praga. Mañana nuestro vuelo sale por la mañana, nos iremos directamente desde el hotel, por lo que esta última tarde-noche la considero nuestros últimos momentos en esta ciudad de cuento de hadas tenebroso. Con mi humeante café entre las manos, vuelvo a entrar en calor, fuera hace frío, cada día se intensifica más, dicen que mañana va a nevar… He estado tres días recorriendo tu ciudad, Kafka. He visitado algunos de sus monumentos, me he perdido en sus callejuelas, intentando siempre ir en dirección contraria a las hordas de turistas. Me he sentado en sus tabernas y en sus cafés, he husmeado en sus mercadillos en busca de pequeños tesoros, he leído y he soñado, me he sentido aterida de frío pero con el corazón caliente, he comido en puestos callejeros, he hecho un poco de turista y me he parado a ver cómo el reloj astronómico daba las horas y representaba su papel entre flashes. He hecho algunas fotos, se me ha encogido el alma en el cementerio judío, me he perdido entre las callejuelas del Josefov, he cruzado el puente Carlos, me he sentado frente al río, he amado, he soñado…


Me gusta sentarme aquí y evocar estos recuerdos recientes que me llevo en mi mochila de viajera ligera de equipaje, como decía Machado. Probablemente a él también le hubiera gustado esta ciudad y el otoño de Praga. Ojalá hiciese sólo un poquito menos de frío. Pero aquí me siento bien, entre el tiempo detenido y tu recuerdo, organizando mi equipaje mental y las vivencias que me llevo de esta ciudad. Hoy me toca cerrar la puerta de este café tras de mí, oír el clack, con la esperanza de volver algún día, no sé si cercano, no sé si lejano. Y ese día, volveré aquí a sentarme contigo y con tu recuerdo, con tu figura que puedo soñar entre sombras en cualquiera de los rincones de este lugar.


Adiós Kafka, adiós Praga… Hasta siempre!