LAS HISTORIAS QUE ACABAN MAL NO SE ACABAN NUNCA

España entera, de norte a sur, de sur a norte. Si la única torre viuda de la Catedral de Oviedo contemplaba desde el horizonte la terrible infancia y adolescencia de la vida de Ángel González, eran las almenaras de la Alhambra quienes desde las alturas velaban los sueños de la infancia del poeta Luis García Montero. Porque García Montero, además de escritor, columnista, profesor, ensayista… es por encima de todo un gran poeta. La amistad se fraguó entre los dos, de sur a norte, de norte a sur. Y fruto de esa amistad nació un libro, maravilloso, lleno de arquitectura de las palabras y de los sentimientos: “Mañana no será lo que Dios quiera”.

EL OVIEDO DE LAS REVOLUCIONES, DESDE LOS OJOS DE UN NIÑO.
Angel González nació en 1925, hijo de un profesor de izquierdas y agnóstico, y de una mujer hija a su vez de otro profesor no tan agnóstico pero también de mirada ancha. Además, nació en Oviedo, capital asturiana, y Asturias siempre ha sido de izquierdas y ancha de miras. La Asturias de las revoluciones obreras del 34, la Asturias que guardaba silencio en la calle y hablaba mucho en las reuniones clandestinas, que luchaba por las libertades y los derechos, que se rompía el alma porque los demás también aprendiesen a ampliar sus miras.

La infancia de Angel González en Oviedo, no fue fácil. Oviedo, como el resto de España, era sacudida año tras año por las noticias de revoluciones, contiendas sociales, guerra civil, represiones, persecuciones. Todo aquello lo vivió el pequeño Angel en su niñez, aunque a veces no lo entendiera, no era fácil, ni sigue siéndolo, entender ciertas cosas. Además, el tenía dos hermanos, Pedro y Manolo, que cada cual a su modo luchaban por sus creencias en un mundo en que cada vez era más difícil luchar por la vida y la libertad, por las propias conciencias de cada uno. Un mundo hecho de oscuridades, de clandestinidades, de silencios, de comentarios en voz muy queda, de miedo en los salones, de esperas agazapadas en los armarios y los huecos de las escaleras… Ése era el mundo que Angel González vio durante su niñez y que en muchas ocasiones no entendía, los retazos de mundo que fue uniendo durante su adolescencia, su madurez, su senectud… Y de eso precisamente trata este libro, del mundo y las vicisitudes políticas y sociales que le tocó vivir al poeta y de cómo pudo asumirlas o adaptarse lo mejor posible a ellas.

Yo también crecí en Oviedo, y fue en esta misma ciudad, en sus mismas calles, donde transcurrieron mis años de infancia y adolescencia. Afortunadamente, a mí no me tocó vivir los tiempos difíciles que tuvo que vivir Angel González, y las calles que transitamos ambos en nuestra niñez fueron las mismas, pero a veces tan diferentes… Mis ideas y sus ideas, a pesar de todos los años que nos separan, por el contrario no creo que sean muy diferentes.

A pesar de los tiempos difíciles y de las historias difíciles que se leen entre las páginas del libro, he disfrutado mucho con Angel bajando también con él a través de sus recuerdos la calle Fuertes Acevedo, yendo con él al Colegio, acercándome al Campo San Francisco en las tardes de verano, manteniendo en mi mente los contornos de la calle Asturias en la que su hermano Pedro cogió aquel camión para huir de lo inevitable. Supongo que Oviedo ha cambiado demasiado en los más de cincuenta años que separan su infancia y la mía, pero las ciudades, vistas por los ojos de los niños, siguen teniendo unos contornos muy similares… Luego Angel crecerá, pasará su adolescencia entre ausencias, se hará mayor y en su juventud recorrerá las calles de Madrid como yo las recorro ahora también en la mía. Quizá sean sólo casualidades, guiños del destino, pero según recorría las páginas del libro, no podía evitar ver conexiones entre su tiempo y el mío, por mucho espacio que hubiese entre ambos.

LA GUERRA CIVIL.

Quiero tomar prestadas a Luis García Montero unas palabras que incluye en este libro:

“La guerra es un saco sin fondo, un saco en el que cabe todo, ruidos, manchas de aceite, olor a pólvora, cristales que tiemblan, cristales que se rajan, cristales que se rompen, miedos, formas de llamar a la puerta, llamadas fuertes, llamadas débiles, llamadas sin respuesta, nuevas amistades, mañanas de sol, vacaciones interminables, sorpresas y costumbres, inquietudes y calmas, tumultos y soledades, tragedias y relámpagos de dicha, hallazgos, pérdidas, palabras vacías, palabras destruidas, palabras oportunas, silencios más llenos de la cuenta, secretos, colas interminables, racionamientos, apagones, horas de sed, y un largo, penetrante, orgulloso azar que cose con hilo resistente los episodios y las emociones, las fechas y las cicatrices sentimentales, para tejer el vértigo en un presente demasiado frágil y las perforaciones de unos recuerdos endemoniados, imprevisibles y sólidos, que se hacen dueños de la memoria, en la primera o en la última fila, durante demasiado tiempo”.

La Guerra Civil que estalló en el 36 es con toda seguridad el episodio más oscuro de nuestra historia reciente. Angel seguía siendo un niño, 11 años cuando comenzó, 14 cuando terminó. Pero aquella guerra, como a los de todos los de su generación, marcaría su vida. A través de sus ojos de niño obligado a madurar de un plumazo, Angel vivirá aquella guerra cruenta, en la que sus hermanos son protagonistas directos y él indirecto pero presente. Todos esos acontecimientos, con el paso del tiempo se convertirán en recuerdos que evocará y le contará a Luis García Montero, quien luego los reflejará entre las páginas de este libro.

Una guerra siempre es una guerra, maldita, insolente, absurda, que todo lo puede, que todo lo destruye… Pero en algún lugar debería seguir existiendo una caja de Pandora, que, al abrirla en medio de toda la destrucción, de una u otra manera, debería seguir manteniendo la esperanza.


DESPUÉS DE LA GUERRA NO LLEGÓ LA PAZ, SINO LA NADA DURANTE DÉCADAS.

“Mañana no será lo que Dios quiera” se centra sobre todo en la infancia y adolescencia del poeta Ángel González, con un punto de inflexión que marcaría su vida, la muerte de su hermano Manolo y como él tuvo que ser mensajero y portador de la terrible noticia.

Los escenarios de esta parte de la vida del poeta son las calles y los sótanos de Oviedo, los tiempos de alegría y los de silencio y temor. Después de una guerra nunca nada puede ser como era antes, mucho menos si hemos perdido tanto en ella: una madre y una hermana defenestradas, un hermano exiliado en Chile y otro muerto en la impunidad de la furia, sin siquiera una tumba donde llorarlo. Y el niño Ángel, que es obligado a hacer su vida, a seguir hacia adelante a pesar de los pesares. En España gobernaba Franco y el silencio de los liberales era la única ley posible. La familia de Ángel, republicana y liberal, tuvo que morderse los labios, llorar e hipar en silencio, bajar la cabeza como tantas otras…

Una historia muy triste la del poeta carbayón, una vida terrible hecha de girones de desesperanza. Lo que la fortuna le destinó en gracia era más una desgracia que nada, pero la vida seguía, a pesar de los días grises, a pesar de todos los pesares.

Ángel creció, se hizo mayor, padeció una terrible enfermedad que a punto estuvo de llevarle a la tumba antes de tiempo. Estudió Derecho pero cambió los códigos penales por el violín, se perdió en calles de muchas ciudades y muchos mundos, emulando al jinete del poema que leyó aquella tarde de guerra en la que ni siquiera sabía lo que era un jinete. Al final, su vida y su alma recalaron en Madrid, en una casa con dos despachos y una cafetería en la esquina, en el paraíso de calma de la Plaza de San Juan de la Cruz, en medio del bullicio de la ciudad y tan lejos de él al mismo tiempo. Allí también en Madrid recaló su muerte y hoy, medio huérfanos, sólo nos quedan sus poemas.

No sé si en la Plaza de San Juan de la Cruz cantan los pájaros, o si lo hacen en el lugar donde Ángel González está ahora. Ni si lo hacían las tardes de invierno de la represión franquista. Y ahora toca robarle otro verso a otro poeta, el gran Sabina: “Y la vida siguió, como siguen las cosas que no tienen mucho sentido…” Pero todo tiene un principio y un final, también esta historia de cuentas pendientes que la Historia nunca ha saldado, de silencios, de gritos desgarradores, de tardes sin pájaros…

MI EXPERIENCIA.
Si digo que este libro me ha encantado, de lejos me quedo corta. Desde la primera página me di cuenta de que Luis García Montero era como yo lo evocaba, un poeta que escribía en prosa. Me parece que es capaz de hacer la arquitectura más difícil con palabras, esas palabras que aunque narren tiempos tristes, lo hacen engalanadas, como bellos racimos de uvas escogidas. Me ha gustado este libro por muchísimas razones: por la figura de Angel González, a quien yo misma recuerdo por las calles de Oviedo; por esas mismas calles de Oviedo que se reflejan en el libro y que mis propios pies han recorrido tantas veces; por la historia agridulce que cuenta, tan bonita y tan dura a la vez; pero también y sobre todo por cómo lo cuenta, por el estilo de García Montero, por su capacidad de crear arquitectura poética de la palabra en prosa, la forma en que susurra cada acontecimiento, de línea a línea… ¡Golpe a Golpe!, ¡Verso a Verso! (robado al poeta Machado).

Este libro lo he paladeado, me ha detenido en los detalles, en los silencios… He rememorado sus pasajes, pensado en la verdadera historia que se esconde entre sus páginas, no sólo de los nombres que aparecen en él, sino también de los que no aparecen pero están detrás, en el duermevela del recuerdo de la historia. Me he perdido por las calles de Oviedo primero, las de Madrid después, ambas son mis dos ciudades, al igual que un día lo fueron para Angel González. He evocado la figura del poeta en Oviedo, su andar taciturno, su impoluto aire de hombre tranquilo de barba blanca, cuyos ojos tanto han vivido y tanto han tenido que callar… Desde el niño que sonríes pícaro en la portada hasta el anciano que yo vi tantas veces, pero no parecía un anciano, aunque su carnet de identidad dijese otra cosa, por sus venas corría la sangre de quien ha vivido, ha amado, ha sufrido, ha callado, y pasase lo que pasase ha tenido que seguir adelante, aunque las historias que acaben mal nunca acaban del todo.

Precioso homenaje el de Luis García Montero a su amigo Angel González a través de “Mañana no será lo que Dios quiera”, un relato que nos acerca a la vida del poeta y que a su vez hará que su recuerdo permanezca imborrable entre cada de sus páginas. Totalmente recomendable, con tiempo para leer y entender cada párrafo, los silencios y las palabras quedas que se esconden tras ellos. Un libro lleno de amor y de nostalgias, de vida hecha jirones primero y poemas después, un libro que si le dais la oportunidad lo disfrutaréis palabra a palabra. No se me ocurre un homenaje mejor que ni Luis García Montero ni nadie pudieran hacerle a un poeta. Seguro que Ángel González, esté donde esté, también disfrutaría de este libro, de cada uno de sus versos, aunque hayan sido escritos en prosa.

MI AMIGO ANTONI

Érase una vez un día primaveral en la bella ciudad de León. En pleno centro, frente a la Casa de los Botines había mucha gente, porque además era una mañana de domingo. Los niños correteaban alegres, los turistas husmeaban cámara en ristre, incluso había justo frente al edificio una feria de libros que hacías las delicias de mayores y pequeños en aquella mañana estupenda para pasear primero y luego irte de cañas y tapas por el Barrio Húmedo.


Antonio Gaudí seguía de piedra (o metal en este caso), sentado en el mismo banco de siempre, frente a una de sus obras. Curioso cómo el destino llevó a este catalán desde su amada Barcelona a tierras leonesas, donde realizó dos de sus obras más conocidas: el Palacio Episcopal en Astorga y la Casa de los Botines en León. Aunque la mayor parte de su obra la erigió en su tierra, hay algunas otras obras suyas en tierras leones o en tierras Cántabras, como es el caso de El Capricho de Comillas. Él continúa mirando abstraídamente los planos, frente a él se alza su obra leonesa, imponente y esplendorosa en aquella mañana de domingo, ajena como la estatua del propio arquitecto al bullicio y las algarabías del día festivo y de las centenas de paseantes que transitaban por doquier.

Todo consiste en la abstracción, en medio del ruido, todavía es posible concentrarse, incluso dejar de oír al propio ruido. Para eso, simplemente hace falta pensar, poner atención a los pensamientos, como parece que lo está haciendo el propio Gaudí, absorto en una idea, quizá la de su próxima obra.

Hay muchas estatuas desperdigadas por el mundo, pero como las personas a quien representan, sólo algunas son especiales. Sólo unas pocas elegidas son capaces verdaderamente de parar el tiempo, de hacer que las manecillas de ese reloj del mundo queden sostenidas en un tiempo infinito. Pero para captar su esencia y su alma, es necesario tener una cierta sensibilidad. Hay quien pasa alrededor de esas estatuas y ni las ve, hay quien sí las ha visto pero no ha descubierto su alma oculta. En una mañana bulliciosa en el centro de León, con la vida en la calle, con la alegría sobre los adoquines, el bullicio, el griterío… todas esas cosas que dispersan la atención, quizá resulte aún más captar la esencia de esta escultura de Gaudí, concentrado en su obra, absorto en su particular mundo de las ideas.

Yo me quedé embelesada en medio del bullicio y la algarabía domingueros. Era una estatua, como tantas otras. Una estatua de Gaudí, también como otras que yo había visto a lo largo de mis viajes vitales. Pero su esencia, su pose, su cadencia, esa forma infinita de habitar el mundo de las ideas y los sueños, fue lo que la hizo especial. Ya conocéis algunos ésa manía mía de hablar con las estatuas , dicen que por menos hubo a quien encerraron de por vida, otros peinan bombillas, cada uno se entretiene como puede.

La concentración de ese Antonio Gaudí en metal es tal, que ni la paloma también de metal que tiene al lado se atreve a acercarse e inoportunarlo. Yo me quedé un poco cohibida al principio, debatiéndome entre las ganas de sentarme a su lado y conversar o el respeto a dejarle pensar en su siguiente gran obra. Al final, como le pasó al gato, conmigo también pudo más la curiosidad, aunque, por suerte, no llegó a matarme. Como no podría haber sido de otra manera, terminé sentándome a su lado, un poco con respeto, casi con temor reverencial (no quería perturbar la paz y la concentración del maestro). Como tampoco habría podido ser de otra forma, terminamos entablando conversación y hablando un poco de todo. Incluso terminó enseñándome los planos de su obra, contándome las ideas de las siguientes, el maravilloso universo de sueños que habitaba su cabeza.

Y aquella conversación llevó a otra. No solamente a mi manía de hablar con las estatuas, gesto que me agradeció.

- Estamos muy solos, me dijo, casi nadie se acuerda de nosotros, a veces se hacen fotos conmigo y no me dicen ni hola, otras veces los niños o incluso los perros me saltan encima. Por eso agradezco mucho cuando alguien como tú se acerca a pasar un rato conmigo y conversar.

Le recordé entonces que no era aquélla la primera vez que conversábamos. No lo recordaba, y es que, no en vano, habían pasado muchos años.

- Imposible, me dijo, yo llevo aquí sólo siete u ocho años.

Y es que no había sido allí, en la ciudad de León, sino en Comillas, hacía quizá veinte años, o casi. Yo era una niña, pero la manía de hablar con las estatuas ya había aflorado en mí por aquél entonces. Gaudí hizo memoria y pareció acordarse. Yo recordaba perfectamente aquella tarde de verano, en la terraza de una de sus grandes obras, “El Capricho” de Comillas, hoy reconvertido en restaurante ¿japonés?, si no me equivoco. Allí estaba Gaudí, también en metal y alma, que no en alma de metal. También ensimismado, pero en este caso, embelesado mirando a su obra, con una pose un poco mirando al cielo y las golondrinas pasar. Pero es que a ese otro Gaudí no se le tenía tanto temor reverencial, o a su pose. Quizá fuera que yo era una niña y a esa edad los temores reverenciales son un concepto raro que nadie entiende. Pero allí estaba yo, tantos años atrás, hablando con Gaudí en una tarde de domingo. Y aquí estaba yo de nuevo, tantos años después, volviendo a hablar con Gaudí en una mañana de primavera.

Y es que a las personas, y a las estatuas, en seguida se les coge cariño tras una buena conversación. Y cuando, tiempo después, vuelves a encontrarlas, no puedes evitar sentir que has vuelto a encontrar a un amigo por los inescrutables caminos del mundo. Ésa fue exactamente mi sensación después de tantos años, al volver a sentarme al lado de Gaudí, al evocar aquella primera conversación ya lejana en el tiempo, al volver a hablar sobre tantas y tantas cosas…
Conozco tu obra, la he seguido casi por media España- Le dije.

Hablamos de su tierra, de las casas barcelonesas (La Pedrera, la Battló, La Vicens), el Parque Güell con su Palacete, La Sagrada Familia (su Catedral inacabada), El Capricho de Comillas donde nos conocimos hace tantos años, El Palacio Episcopal de Astorga y La Casa de los Botines de León, que se alzaba frente a nosotros justo en esos momentos.

- ¿Cuál es tu preferida? – me preguntó.

¿Cómo quedarse con una sola de sus obras? Menuda encrucijada, además con lo que me gusta a mí el Modernismo. Lo pensé unos segundos y creí encontrar mi favorita en un rápido repaso a la memoria.

- El Parque Güell – respondí.

- Hummmm, interesante –dijo- ¿Por qué?

Me gusta el Modernismo, esa explosión de colores y formas, y el parque Güell lo encarna como pocas otras obras son capaces de hacerlo. Me vinieron a la memoria recuerdos de atardeceres desde su bancada multicolor, las bellas vistas de Barcelona a sus pies, la columnata de formas vegetales que sostiene la plataforma, las formas de pura ensoñación de las casas de la entrada, el famosísimo Dragón del Parque Güell frente al que pocos resisten la sensación de tocarlo y hacerse una foto. Tantos y tantos lugares…

- Es curioso, yo diría más: triste – le comenté.

- ¿Qué? –En seguida me preguntó él.

- Que tú no estés allí –Le dije-. Si no me equivoco, no hay ninguna estatua que te represente en el Parque Güell, no puedes ver las maravillosas vistas sobre Barcelona, ningún caminante puede hacer una parada en el camino y sentarse a conversar contigo, a darte las gracias por aquel sueño hecho realidad. Es muy triste pasear por aquel lugar maravilloso y no poder contarte las sensaciones, que no veas en la cara de las personas que lo transitan ese gesto de alegría infinita que evoca ese lugar. Porque se te puede decir en otro lugar, evocando los recuerdos que la memoria nos ha dejado, pero no es lo mismo.

- Hay cosas mucho más tristes que ésa en la vida –me dijo- , también después de la muerte.

Pero no nos pongamos tristes, que un reencuentro con un viejo amigo a veces da nostalgia, pero no nos debe embargar la tristeza, sino todo lo contrario: la alegría.

- ¿Sabes? Tengo otro amigo que también es una estatua. En realidad tengo varios, pero a éste lo visito dos veces al año como mínimo, y siempre me siento con él a conversar. Es portugués, se llama Pessoa.

Y seguimos hablando de nuestras cosas, de las nostalgias, de los sueños hechos realidad en piedra y color bajo la obra de un magnífico artista como era el propio Gaudí; de los sueños que nunca se hacen realidad pero que habitan nuestros pensamientos; incluso del frío o el calor que podría pasar en un lugar como León, ahí sentado todo el día, sin inmutarse al paso del tiempo, con las manecillas del reloj para siempre detenidas en un punto infinito e indeterminado. Resulta extraño pensar en la cantidad de cosas sobre las que pueden hablar un par de desconocidos , desarrollando una conversación que puede convertirlos en amigos.

Al despedirnos, con un deje de nostalgia, que no tristeza, en la mirada, me dijo:

- ¿Vienes a menudo por León?

- La verdad es que no.

- Pues cuando regreses, acuérdate de mí como del amigo portugués ése que tienes, y no te olvides de venir a visitarme para que conversemos un rato.

- Cuenta con ello –le dije convencida-

Y me alejé de allí sin mirar atrás, que parece que duele un poquito menos, o quizá sean sólo manías o sensaciones personales, como lo de hablar con las estatuas que se cruzan en mi camino. En realidad, no con todas, sólo con las que me caen bien o me llaman la atención. Porque aunque os parezca mentira, una estatua te puede caer bien o no. Hay un alma dentro de ellas, un verdadero laberinto de emociones por descubrir en su interior de metal.

Desde aquella mañana primaveral de domingo de hace aproximadamente un año, aún no he regresado a León, y por ello, tampoco a ver a Gaudí. Estuve en Comillas en otoño, en un día de esos imposibles, con aire, lluvia, ventoleras… Aparte de bajarme del coche, intentar ingenuamente resistir a la tempestad con un paraguas que de poco me sirvió porque a los tres minutos sucumbió al tornado y rompió una de sus varillas, dejándolo inservible para siempre, lo único que hice fue volver a subirme al coche. No pude saludar a Gaudí, no hubiese sido tampoco el mejor momento para sentarse tranquilamente y disfrutar de una conversación.

No he vuelto a cruzarme con Gaudí en ninguna de sus estatuas. No tengo planes previstos para visitar León, pero siendo asturiana como soy, antes o después recalaré por esos lares en algún viaje yendo o viniendo de la tierrina. Pero si evoco aquel último día en León, me viene a la memoria nítidamente toda aquella conversación, el tiempo detenido, la añoranza…

Ay, amigo Gaudí, espero volver a verte pronto, volver a sentarme a hablar sin prisa y que me cuentes cómo te ha ido todo en este tiempo. ¡Cuántas cosas habrán visto tus ojos de estatua, cuántas otras habrán escuchado tus oídos por casualidad! Quisiera saber si hay muchos otros como yo que se sientan a tu lado, con una mezcla de respeto y curiosidad y comienzan a contarte su vida, retazos de historia que quizá no vayan a ninguna parte, pero que te mantienen entretenido aunque sólo sea durante unos minutos…

¿Pueden los ojos inertes de una estatua demostrar añoranza? Así me miraban los tuyos por un instante en el adiós. Luego, volvieron a su ensimismación, al mundo de los sueños olvidados, a esos mismos sueños que se quedaron detenidos en algún lugar, como las manecillas de tu reloj.
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EL MÍTICO CAFÉ VENECIANO

Hacía tantos años que no pisaba la ciudad de los canales…

Resulta curioso volver a pasear por los mismos lugares tanto tiempo después, intentando reconocer huellas del pasado en nuestro camino. Venecia resulta pacífica y misteriosa como siempre lo ha sido, envuelta en esa neblina que le da un aire aún más ausente.
Llueve sobre la ciudad de los canales, donde se hermanan las aguas del cielo y del mar. Tras pasar el día perdida entre sus miles de islas, vago sin rumbo bajo el repiqueteo de la lluvia en esa grandiosa plaza de San Marco que al caminante siempre deja sin respiración, aunque sea por un breve instante.
Es noche cerrada, noche acuciante de leyendas y espíritus que vagan por Venecia, todos en una danza bajo la lluvia incesante. Apenas hay turistas, las palomas que habitan este lugar se han ido a dormir hace ya tiempo. Y en este vasto silencio se escuchan unas notas de música en la lejanía . Y es que la música forma parte de esta plaza tanto o más aún que su Catedral y su Campanile, que los miles de turistas que la cruzan, que las palomas que la sobrevuelan.
Hace años no tenía dinero para permitirme ese lujo, sentarme en una de las terrazas de esos grandes cafés venecianos de San Marco y escuchar la música clásica que, en directo, un cuarteto de cuerda interpreta para uno. Mientras, sólo hay que disfrutar del momento, beber a cortos sorbos el café que estás pagando a precio de oro líquido, pero a cambio de un momento que tardará en borrarse de nuestra memoria.
No es que me vayan mucho esos momentos chic, pero la verdad es que, años atrás, no podía permitirme ese lujo, y hoy, que sí que puedo, me apetece más que nunca. La noche además incita a ello, a la nostalgia y el recuerdo. Simplemente hay que sentarse a una de las mesas, delante del Café Florian, bajo los soportales que te guarecen de la lluvia que cae incesante en la plaza, con un borboteo sempiterno de gotas que caen una tras otra, sumándose a la danza, también subyugadas ellas por la belleza de la música que empieza a esparcirse por el ambiente.
Es el Café Florian uno de esos sitios de siempre, uno de esos pequeños lugares sempiternos que escapan a epidemias y revoluciones , que día tras día sigue abriendo sus puertas, indolente al paso del tiempo. En noches de verano, aunque lluviosas como aquélla, apetece sentarse en su terraza, o en su defecto, y a causa de la lluvia, bajo los soportales. Por el contrario, en días fríos de invierno donde la neblina de nostalgia de Venecia te cala los huesos y el alma más que nunca, apetece más disfrutar de esos pequeños sorbos de café en el interior del café, en sus fastuosos y algo ajados salones donde de verdad el tiempo parece haberse detenido hace mucho tiempo, y donde si todos fuésemos vestidos de época, no sería difícil imaginarnos dos o tres siglos atrás.


Los camareros de un lugar como el Café Florian también pertenecen a otro tiempo pasado. Todos iguales, impecablemente vestidos, con unos modales de mayordomo de cada grande, dispensan al viajero un trato exquisito, como si de un príncipe o una princesa se tratara. No sólo en la factura viene incluido el precio del café, ni el disfrute de la música, que también viene especificado como tal en la propia factura, sino las maneras exquisitas de los camareros, todos los detalles de la vajilla en la que te sirven, siendo capaces de recrear un lujo absoluto y efímero a la vez, pero ciertamente muy confortable, aunque sólo sea por unos minutos.
Pero no es cuestión de lujos la razón que me impulsa a sentarme allí aquella noche. Es una mezcla de tradición y de nostalgia . Cafés como el Café Florian son imprescindibles en el epicentro de la ciudad de los canales. Quizá no sea este café el más famoso, o el más importante, de los varios que pueblan la plaza de San Marco, pero es uno de esos lugares de siempre. Sus paredes han asistido silenciosas e impertérritas a amores y odios, a secretos en voz baja, a conspiraciones y a sueños. En sus sillones se han sentado venecianos y viajeros, hombres y mujeres de todas las edades, nacionalidades y condiciones. Sus músicos han interpretado miles de piezas durante miles y miles de días, de generación en generación, cosas cambiantes que no afectan a su espíritu, como las hojas que cada año se caen del árbol pero que no cambian a éste, que año tras año resurge en el esplendor de la primavera como un ave fénix floral.
El Café Florian forma parte de las tradiciones venecianas, y en ese espacio de tiempo detenido, mientras las notas de música lo inundan todo , sus tarareos me llevan a recuerdos lejanos… propios y extraños, de este siglo y de muchos siglos atrás. No es difícil retrotraerse, sólo hay que cerrar los ojos y fijarse en los detalles que el alma como un tahúr a veces esconde y otras veces muestra, cosas imperceptibles muchas veces a los ojos pero no a la sensibilidad. Es un “algo” que flota en el ambiente, ese “algo” intangible que flota en los ambientes de aquellos lugares en los que ha sucedido un hecho importante, susurrado, maravilloso o terrible. No estoy muy segura de dónde encuadrar este café, pero seguro que encaja en alguno de ellos.
Muy cerca de allí, a escasos metros que ahora mismo parecen mundos enteros, el Gran Canal sigue transcurriendo tranquilo. La noche es la dueña y señora de Venecia, extendiendo su oscuro manto en cada rincón. Las góndolas reposan dormitando en los embarcaderos, arreciadas por la lluvia y el viento. Las luces se van apagando en esta ciudad del agua y sólo la música y el aroma a nostalgia parece inundarlo todo.
Ay, Venecia, siempre bajo la amenaza de que las aguas o las nostalgias que te aneguen. Y tú, mientras, sólo puedes sonreír indolentemente como en esta noche de lluvia, tranquila, reposada, magnánima, silenciosa… Dejas que la brisa y el agua te acaricien la cara y en ese Café Florian, sentada a mi lado, permites que tu alma se embriague con la poesía musical que hoy están interpretando para ti y para mí. Como siempre, adormilada, acunada entre las notas tras tantos cientos de años y miles de noches como ésta.