LAS HISTORIAS QUE ACABAN MAL NO SE ACABAN NUNCA

España entera, de norte a sur, de sur a norte. Si la única torre viuda de la Catedral de Oviedo contemplaba desde el horizonte la terrible infancia y adolescencia de la vida de Ángel González, eran las almenaras de la Alhambra quienes desde las alturas velaban los sueños de la infancia del poeta Luis García Montero. Porque García Montero, además de escritor, columnista, profesor, ensayista… es por encima de todo un gran poeta. La amistad se fraguó entre los dos, de sur a norte, de norte a sur. Y fruto de esa amistad nació un libro, maravilloso, lleno de arquitectura de las palabras y de los sentimientos: “Mañana no será lo que Dios quiera”.

EL OVIEDO DE LAS REVOLUCIONES, DESDE LOS OJOS DE UN NIÑO.
Angel González nació en 1925, hijo de un profesor de izquierdas y agnóstico, y de una mujer hija a su vez de otro profesor no tan agnóstico pero también de mirada ancha. Además, nació en Oviedo, capital asturiana, y Asturias siempre ha sido de izquierdas y ancha de miras. La Asturias de las revoluciones obreras del 34, la Asturias que guardaba silencio en la calle y hablaba mucho en las reuniones clandestinas, que luchaba por las libertades y los derechos, que se rompía el alma porque los demás también aprendiesen a ampliar sus miras.

La infancia de Angel González en Oviedo, no fue fácil. Oviedo, como el resto de España, era sacudida año tras año por las noticias de revoluciones, contiendas sociales, guerra civil, represiones, persecuciones. Todo aquello lo vivió el pequeño Angel en su niñez, aunque a veces no lo entendiera, no era fácil, ni sigue siéndolo, entender ciertas cosas. Además, el tenía dos hermanos, Pedro y Manolo, que cada cual a su modo luchaban por sus creencias en un mundo en que cada vez era más difícil luchar por la vida y la libertad, por las propias conciencias de cada uno. Un mundo hecho de oscuridades, de clandestinidades, de silencios, de comentarios en voz muy queda, de miedo en los salones, de esperas agazapadas en los armarios y los huecos de las escaleras… Ése era el mundo que Angel González vio durante su niñez y que en muchas ocasiones no entendía, los retazos de mundo que fue uniendo durante su adolescencia, su madurez, su senectud… Y de eso precisamente trata este libro, del mundo y las vicisitudes políticas y sociales que le tocó vivir al poeta y de cómo pudo asumirlas o adaptarse lo mejor posible a ellas.

Yo también crecí en Oviedo, y fue en esta misma ciudad, en sus mismas calles, donde transcurrieron mis años de infancia y adolescencia. Afortunadamente, a mí no me tocó vivir los tiempos difíciles que tuvo que vivir Angel González, y las calles que transitamos ambos en nuestra niñez fueron las mismas, pero a veces tan diferentes… Mis ideas y sus ideas, a pesar de todos los años que nos separan, por el contrario no creo que sean muy diferentes.

A pesar de los tiempos difíciles y de las historias difíciles que se leen entre las páginas del libro, he disfrutado mucho con Angel bajando también con él a través de sus recuerdos la calle Fuertes Acevedo, yendo con él al Colegio, acercándome al Campo San Francisco en las tardes de verano, manteniendo en mi mente los contornos de la calle Asturias en la que su hermano Pedro cogió aquel camión para huir de lo inevitable. Supongo que Oviedo ha cambiado demasiado en los más de cincuenta años que separan su infancia y la mía, pero las ciudades, vistas por los ojos de los niños, siguen teniendo unos contornos muy similares… Luego Angel crecerá, pasará su adolescencia entre ausencias, se hará mayor y en su juventud recorrerá las calles de Madrid como yo las recorro ahora también en la mía. Quizá sean sólo casualidades, guiños del destino, pero según recorría las páginas del libro, no podía evitar ver conexiones entre su tiempo y el mío, por mucho espacio que hubiese entre ambos.

LA GUERRA CIVIL.

Quiero tomar prestadas a Luis García Montero unas palabras que incluye en este libro:

“La guerra es un saco sin fondo, un saco en el que cabe todo, ruidos, manchas de aceite, olor a pólvora, cristales que tiemblan, cristales que se rajan, cristales que se rompen, miedos, formas de llamar a la puerta, llamadas fuertes, llamadas débiles, llamadas sin respuesta, nuevas amistades, mañanas de sol, vacaciones interminables, sorpresas y costumbres, inquietudes y calmas, tumultos y soledades, tragedias y relámpagos de dicha, hallazgos, pérdidas, palabras vacías, palabras destruidas, palabras oportunas, silencios más llenos de la cuenta, secretos, colas interminables, racionamientos, apagones, horas de sed, y un largo, penetrante, orgulloso azar que cose con hilo resistente los episodios y las emociones, las fechas y las cicatrices sentimentales, para tejer el vértigo en un presente demasiado frágil y las perforaciones de unos recuerdos endemoniados, imprevisibles y sólidos, que se hacen dueños de la memoria, en la primera o en la última fila, durante demasiado tiempo”.

La Guerra Civil que estalló en el 36 es con toda seguridad el episodio más oscuro de nuestra historia reciente. Angel seguía siendo un niño, 11 años cuando comenzó, 14 cuando terminó. Pero aquella guerra, como a los de todos los de su generación, marcaría su vida. A través de sus ojos de niño obligado a madurar de un plumazo, Angel vivirá aquella guerra cruenta, en la que sus hermanos son protagonistas directos y él indirecto pero presente. Todos esos acontecimientos, con el paso del tiempo se convertirán en recuerdos que evocará y le contará a Luis García Montero, quien luego los reflejará entre las páginas de este libro.

Una guerra siempre es una guerra, maldita, insolente, absurda, que todo lo puede, que todo lo destruye… Pero en algún lugar debería seguir existiendo una caja de Pandora, que, al abrirla en medio de toda la destrucción, de una u otra manera, debería seguir manteniendo la esperanza.


DESPUÉS DE LA GUERRA NO LLEGÓ LA PAZ, SINO LA NADA DURANTE DÉCADAS.

“Mañana no será lo que Dios quiera” se centra sobre todo en la infancia y adolescencia del poeta Ángel González, con un punto de inflexión que marcaría su vida, la muerte de su hermano Manolo y como él tuvo que ser mensajero y portador de la terrible noticia.

Los escenarios de esta parte de la vida del poeta son las calles y los sótanos de Oviedo, los tiempos de alegría y los de silencio y temor. Después de una guerra nunca nada puede ser como era antes, mucho menos si hemos perdido tanto en ella: una madre y una hermana defenestradas, un hermano exiliado en Chile y otro muerto en la impunidad de la furia, sin siquiera una tumba donde llorarlo. Y el niño Ángel, que es obligado a hacer su vida, a seguir hacia adelante a pesar de los pesares. En España gobernaba Franco y el silencio de los liberales era la única ley posible. La familia de Ángel, republicana y liberal, tuvo que morderse los labios, llorar e hipar en silencio, bajar la cabeza como tantas otras…

Una historia muy triste la del poeta carbayón, una vida terrible hecha de girones de desesperanza. Lo que la fortuna le destinó en gracia era más una desgracia que nada, pero la vida seguía, a pesar de los días grises, a pesar de todos los pesares.

Ángel creció, se hizo mayor, padeció una terrible enfermedad que a punto estuvo de llevarle a la tumba antes de tiempo. Estudió Derecho pero cambió los códigos penales por el violín, se perdió en calles de muchas ciudades y muchos mundos, emulando al jinete del poema que leyó aquella tarde de guerra en la que ni siquiera sabía lo que era un jinete. Al final, su vida y su alma recalaron en Madrid, en una casa con dos despachos y una cafetería en la esquina, en el paraíso de calma de la Plaza de San Juan de la Cruz, en medio del bullicio de la ciudad y tan lejos de él al mismo tiempo. Allí también en Madrid recaló su muerte y hoy, medio huérfanos, sólo nos quedan sus poemas.

No sé si en la Plaza de San Juan de la Cruz cantan los pájaros, o si lo hacen en el lugar donde Ángel González está ahora. Ni si lo hacían las tardes de invierno de la represión franquista. Y ahora toca robarle otro verso a otro poeta, el gran Sabina: “Y la vida siguió, como siguen las cosas que no tienen mucho sentido…” Pero todo tiene un principio y un final, también esta historia de cuentas pendientes que la Historia nunca ha saldado, de silencios, de gritos desgarradores, de tardes sin pájaros…

MI EXPERIENCIA.
Si digo que este libro me ha encantado, de lejos me quedo corta. Desde la primera página me di cuenta de que Luis García Montero era como yo lo evocaba, un poeta que escribía en prosa. Me parece que es capaz de hacer la arquitectura más difícil con palabras, esas palabras que aunque narren tiempos tristes, lo hacen engalanadas, como bellos racimos de uvas escogidas. Me ha gustado este libro por muchísimas razones: por la figura de Angel González, a quien yo misma recuerdo por las calles de Oviedo; por esas mismas calles de Oviedo que se reflejan en el libro y que mis propios pies han recorrido tantas veces; por la historia agridulce que cuenta, tan bonita y tan dura a la vez; pero también y sobre todo por cómo lo cuenta, por el estilo de García Montero, por su capacidad de crear arquitectura poética de la palabra en prosa, la forma en que susurra cada acontecimiento, de línea a línea… ¡Golpe a Golpe!, ¡Verso a Verso! (robado al poeta Machado).

Este libro lo he paladeado, me ha detenido en los detalles, en los silencios… He rememorado sus pasajes, pensado en la verdadera historia que se esconde entre sus páginas, no sólo de los nombres que aparecen en él, sino también de los que no aparecen pero están detrás, en el duermevela del recuerdo de la historia. Me he perdido por las calles de Oviedo primero, las de Madrid después, ambas son mis dos ciudades, al igual que un día lo fueron para Angel González. He evocado la figura del poeta en Oviedo, su andar taciturno, su impoluto aire de hombre tranquilo de barba blanca, cuyos ojos tanto han vivido y tanto han tenido que callar… Desde el niño que sonríes pícaro en la portada hasta el anciano que yo vi tantas veces, pero no parecía un anciano, aunque su carnet de identidad dijese otra cosa, por sus venas corría la sangre de quien ha vivido, ha amado, ha sufrido, ha callado, y pasase lo que pasase ha tenido que seguir adelante, aunque las historias que acaben mal nunca acaban del todo.

Precioso homenaje el de Luis García Montero a su amigo Angel González a través de “Mañana no será lo que Dios quiera”, un relato que nos acerca a la vida del poeta y que a su vez hará que su recuerdo permanezca imborrable entre cada de sus páginas. Totalmente recomendable, con tiempo para leer y entender cada párrafo, los silencios y las palabras quedas que se esconden tras ellos. Un libro lleno de amor y de nostalgias, de vida hecha jirones primero y poemas después, un libro que si le dais la oportunidad lo disfrutaréis palabra a palabra. No se me ocurre un homenaje mejor que ni Luis García Montero ni nadie pudieran hacerle a un poeta. Seguro que Ángel González, esté donde esté, también disfrutaría de este libro, de cada uno de sus versos, aunque hayan sido escritos en prosa.

2 comentarios:

  1. Vaya, pues no conocía este libro así que tomo nota de tu recomendación. Por cierto, qué estupendo es eso de leer un libro en el que se reflejan sitios que conoces; es como ver de otra manera la historia que te cuentan, más cercana...

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  2. Me alegro de que volvieras otra vez a escribir.

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