MI AMIGO ANTONI

Érase una vez un día primaveral en la bella ciudad de León. En pleno centro, frente a la Casa de los Botines había mucha gente, porque además era una mañana de domingo. Los niños correteaban alegres, los turistas husmeaban cámara en ristre, incluso había justo frente al edificio una feria de libros que hacías las delicias de mayores y pequeños en aquella mañana estupenda para pasear primero y luego irte de cañas y tapas por el Barrio Húmedo.


Antonio Gaudí seguía de piedra (o metal en este caso), sentado en el mismo banco de siempre, frente a una de sus obras. Curioso cómo el destino llevó a este catalán desde su amada Barcelona a tierras leonesas, donde realizó dos de sus obras más conocidas: el Palacio Episcopal en Astorga y la Casa de los Botines en León. Aunque la mayor parte de su obra la erigió en su tierra, hay algunas otras obras suyas en tierras leones o en tierras Cántabras, como es el caso de El Capricho de Comillas. Él continúa mirando abstraídamente los planos, frente a él se alza su obra leonesa, imponente y esplendorosa en aquella mañana de domingo, ajena como la estatua del propio arquitecto al bullicio y las algarabías del día festivo y de las centenas de paseantes que transitaban por doquier.

Todo consiste en la abstracción, en medio del ruido, todavía es posible concentrarse, incluso dejar de oír al propio ruido. Para eso, simplemente hace falta pensar, poner atención a los pensamientos, como parece que lo está haciendo el propio Gaudí, absorto en una idea, quizá la de su próxima obra.

Hay muchas estatuas desperdigadas por el mundo, pero como las personas a quien representan, sólo algunas son especiales. Sólo unas pocas elegidas son capaces verdaderamente de parar el tiempo, de hacer que las manecillas de ese reloj del mundo queden sostenidas en un tiempo infinito. Pero para captar su esencia y su alma, es necesario tener una cierta sensibilidad. Hay quien pasa alrededor de esas estatuas y ni las ve, hay quien sí las ha visto pero no ha descubierto su alma oculta. En una mañana bulliciosa en el centro de León, con la vida en la calle, con la alegría sobre los adoquines, el bullicio, el griterío… todas esas cosas que dispersan la atención, quizá resulte aún más captar la esencia de esta escultura de Gaudí, concentrado en su obra, absorto en su particular mundo de las ideas.

Yo me quedé embelesada en medio del bullicio y la algarabía domingueros. Era una estatua, como tantas otras. Una estatua de Gaudí, también como otras que yo había visto a lo largo de mis viajes vitales. Pero su esencia, su pose, su cadencia, esa forma infinita de habitar el mundo de las ideas y los sueños, fue lo que la hizo especial. Ya conocéis algunos ésa manía mía de hablar con las estatuas , dicen que por menos hubo a quien encerraron de por vida, otros peinan bombillas, cada uno se entretiene como puede.

La concentración de ese Antonio Gaudí en metal es tal, que ni la paloma también de metal que tiene al lado se atreve a acercarse e inoportunarlo. Yo me quedé un poco cohibida al principio, debatiéndome entre las ganas de sentarme a su lado y conversar o el respeto a dejarle pensar en su siguiente gran obra. Al final, como le pasó al gato, conmigo también pudo más la curiosidad, aunque, por suerte, no llegó a matarme. Como no podría haber sido de otra manera, terminé sentándome a su lado, un poco con respeto, casi con temor reverencial (no quería perturbar la paz y la concentración del maestro). Como tampoco habría podido ser de otra forma, terminamos entablando conversación y hablando un poco de todo. Incluso terminó enseñándome los planos de su obra, contándome las ideas de las siguientes, el maravilloso universo de sueños que habitaba su cabeza.

Y aquella conversación llevó a otra. No solamente a mi manía de hablar con las estatuas, gesto que me agradeció.

- Estamos muy solos, me dijo, casi nadie se acuerda de nosotros, a veces se hacen fotos conmigo y no me dicen ni hola, otras veces los niños o incluso los perros me saltan encima. Por eso agradezco mucho cuando alguien como tú se acerca a pasar un rato conmigo y conversar.

Le recordé entonces que no era aquélla la primera vez que conversábamos. No lo recordaba, y es que, no en vano, habían pasado muchos años.

- Imposible, me dijo, yo llevo aquí sólo siete u ocho años.

Y es que no había sido allí, en la ciudad de León, sino en Comillas, hacía quizá veinte años, o casi. Yo era una niña, pero la manía de hablar con las estatuas ya había aflorado en mí por aquél entonces. Gaudí hizo memoria y pareció acordarse. Yo recordaba perfectamente aquella tarde de verano, en la terraza de una de sus grandes obras, “El Capricho” de Comillas, hoy reconvertido en restaurante ¿japonés?, si no me equivoco. Allí estaba Gaudí, también en metal y alma, que no en alma de metal. También ensimismado, pero en este caso, embelesado mirando a su obra, con una pose un poco mirando al cielo y las golondrinas pasar. Pero es que a ese otro Gaudí no se le tenía tanto temor reverencial, o a su pose. Quizá fuera que yo era una niña y a esa edad los temores reverenciales son un concepto raro que nadie entiende. Pero allí estaba yo, tantos años atrás, hablando con Gaudí en una tarde de domingo. Y aquí estaba yo de nuevo, tantos años después, volviendo a hablar con Gaudí en una mañana de primavera.

Y es que a las personas, y a las estatuas, en seguida se les coge cariño tras una buena conversación. Y cuando, tiempo después, vuelves a encontrarlas, no puedes evitar sentir que has vuelto a encontrar a un amigo por los inescrutables caminos del mundo. Ésa fue exactamente mi sensación después de tantos años, al volver a sentarme al lado de Gaudí, al evocar aquella primera conversación ya lejana en el tiempo, al volver a hablar sobre tantas y tantas cosas…
Conozco tu obra, la he seguido casi por media España- Le dije.

Hablamos de su tierra, de las casas barcelonesas (La Pedrera, la Battló, La Vicens), el Parque Güell con su Palacete, La Sagrada Familia (su Catedral inacabada), El Capricho de Comillas donde nos conocimos hace tantos años, El Palacio Episcopal de Astorga y La Casa de los Botines de León, que se alzaba frente a nosotros justo en esos momentos.

- ¿Cuál es tu preferida? – me preguntó.

¿Cómo quedarse con una sola de sus obras? Menuda encrucijada, además con lo que me gusta a mí el Modernismo. Lo pensé unos segundos y creí encontrar mi favorita en un rápido repaso a la memoria.

- El Parque Güell – respondí.

- Hummmm, interesante –dijo- ¿Por qué?

Me gusta el Modernismo, esa explosión de colores y formas, y el parque Güell lo encarna como pocas otras obras son capaces de hacerlo. Me vinieron a la memoria recuerdos de atardeceres desde su bancada multicolor, las bellas vistas de Barcelona a sus pies, la columnata de formas vegetales que sostiene la plataforma, las formas de pura ensoñación de las casas de la entrada, el famosísimo Dragón del Parque Güell frente al que pocos resisten la sensación de tocarlo y hacerse una foto. Tantos y tantos lugares…

- Es curioso, yo diría más: triste – le comenté.

- ¿Qué? –En seguida me preguntó él.

- Que tú no estés allí –Le dije-. Si no me equivoco, no hay ninguna estatua que te represente en el Parque Güell, no puedes ver las maravillosas vistas sobre Barcelona, ningún caminante puede hacer una parada en el camino y sentarse a conversar contigo, a darte las gracias por aquel sueño hecho realidad. Es muy triste pasear por aquel lugar maravilloso y no poder contarte las sensaciones, que no veas en la cara de las personas que lo transitan ese gesto de alegría infinita que evoca ese lugar. Porque se te puede decir en otro lugar, evocando los recuerdos que la memoria nos ha dejado, pero no es lo mismo.

- Hay cosas mucho más tristes que ésa en la vida –me dijo- , también después de la muerte.

Pero no nos pongamos tristes, que un reencuentro con un viejo amigo a veces da nostalgia, pero no nos debe embargar la tristeza, sino todo lo contrario: la alegría.

- ¿Sabes? Tengo otro amigo que también es una estatua. En realidad tengo varios, pero a éste lo visito dos veces al año como mínimo, y siempre me siento con él a conversar. Es portugués, se llama Pessoa.

Y seguimos hablando de nuestras cosas, de las nostalgias, de los sueños hechos realidad en piedra y color bajo la obra de un magnífico artista como era el propio Gaudí; de los sueños que nunca se hacen realidad pero que habitan nuestros pensamientos; incluso del frío o el calor que podría pasar en un lugar como León, ahí sentado todo el día, sin inmutarse al paso del tiempo, con las manecillas del reloj para siempre detenidas en un punto infinito e indeterminado. Resulta extraño pensar en la cantidad de cosas sobre las que pueden hablar un par de desconocidos , desarrollando una conversación que puede convertirlos en amigos.

Al despedirnos, con un deje de nostalgia, que no tristeza, en la mirada, me dijo:

- ¿Vienes a menudo por León?

- La verdad es que no.

- Pues cuando regreses, acuérdate de mí como del amigo portugués ése que tienes, y no te olvides de venir a visitarme para que conversemos un rato.

- Cuenta con ello –le dije convencida-

Y me alejé de allí sin mirar atrás, que parece que duele un poquito menos, o quizá sean sólo manías o sensaciones personales, como lo de hablar con las estatuas que se cruzan en mi camino. En realidad, no con todas, sólo con las que me caen bien o me llaman la atención. Porque aunque os parezca mentira, una estatua te puede caer bien o no. Hay un alma dentro de ellas, un verdadero laberinto de emociones por descubrir en su interior de metal.

Desde aquella mañana primaveral de domingo de hace aproximadamente un año, aún no he regresado a León, y por ello, tampoco a ver a Gaudí. Estuve en Comillas en otoño, en un día de esos imposibles, con aire, lluvia, ventoleras… Aparte de bajarme del coche, intentar ingenuamente resistir a la tempestad con un paraguas que de poco me sirvió porque a los tres minutos sucumbió al tornado y rompió una de sus varillas, dejándolo inservible para siempre, lo único que hice fue volver a subirme al coche. No pude saludar a Gaudí, no hubiese sido tampoco el mejor momento para sentarse tranquilamente y disfrutar de una conversación.

No he vuelto a cruzarme con Gaudí en ninguna de sus estatuas. No tengo planes previstos para visitar León, pero siendo asturiana como soy, antes o después recalaré por esos lares en algún viaje yendo o viniendo de la tierrina. Pero si evoco aquel último día en León, me viene a la memoria nítidamente toda aquella conversación, el tiempo detenido, la añoranza…

Ay, amigo Gaudí, espero volver a verte pronto, volver a sentarme a hablar sin prisa y que me cuentes cómo te ha ido todo en este tiempo. ¡Cuántas cosas habrán visto tus ojos de estatua, cuántas otras habrán escuchado tus oídos por casualidad! Quisiera saber si hay muchos otros como yo que se sientan a tu lado, con una mezcla de respeto y curiosidad y comienzan a contarte su vida, retazos de historia que quizá no vayan a ninguna parte, pero que te mantienen entretenido aunque sólo sea durante unos minutos…

¿Pueden los ojos inertes de una estatua demostrar añoranza? Así me miraban los tuyos por un instante en el adiós. Luego, volvieron a su ensimismación, al mundo de los sueños olvidados, a esos mismos sueños que se quedaron detenidos en algún lugar, como las manecillas de tu reloj.
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3 comentarios:

  1. ayyy me encanta este post, ya lo recordábamos ayer :)

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  2. Qué majo Gaudí, que te recordaba de cuando lo visitaste de pequeña en Comillas... La próxima vez que pase por León ya le daré recuerdos de tu parte. :-)

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  3. Genial!!! Tras unas horas agotadoras en el Museo de la Ciencia de Donosti, sorprendí a mi sobrino de 6 años, sentado junto a la estatua de Einstein diciéndole "Hola Alberto, sabes que te llamas como mi abuelo?" y pensé "ojalá siga por siempre hablando con las estatuas, es estupendo". Lo mismo te digo a tí.

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