HEY, WOODY!!!

Mi verdadero nombre es Allan Stewart Konigsberg, pero casi nadie me conoce por él, normalmente todo el mundo me llama, desde hace ya muchos años, Woody Allen. Ya ha llovido desde aquel día, allá por mis diecisiete primaveras, cuando decidí cambiarme el nombre y que todo el mundo me dijera, “¡Hey Woody!”, “¿Qué pasa Woody?”, y ese tipo de cosas que se dicen cuando encuentras a un conocido por la calle.

Nací hace muchos años (tengo ya más de setenta), en pleno barrio de Brooklyn, en mi querida New York, New York, una ciudad que ha marcado mi vida, ésa que llaman la Gran Manzana, o la ciudad que nunca duerme… Yo la he vivido profundamente, he procurado retratar sus secretos en mis películas, me he perdido en sus calles, hasta que alguno me decía algo parecido, a ese “¡Hey Woody!, ¿qué pasa?, ¿cómo va eso?”.

Supongo que mucha gente me conoce, algunos directamente, otros por mis películas, mis libros o mis actuaciones de clarinete, nunca se sabe. Siempre he sido, o por lo menos me he sentido, diferente. Es curioso que una persona aparentemente tan seria como yo suela causar gracia a quien me ve; no sé, igual es algo que tiene mi cara. Llevo en esto del humor desde los dieciséis años, casi sin proponérmelo. Todo empezó en mi adolescencia, escribía chistes y los enviaba a algunos periódicos como el New York Post o el Mirror. Parece que a algunos les hicieron gracia y los publicaron. Yo por aquella época era un chico retraído, que no hablaba mucho, pero al parecer las cosas que a veces decía, por alguna extraña razón, causaban gracia. Poco tiempo después empecé la Universidad, pero a los pocos meses la dejé, aquéllo no era lo mío; hubo incluso un profesor que me recomendó que me buscara un psiquiatra. No iba desencaminado el hombre, llevo cincuenta años frecuentando los psiquiatras, ¿qué le voy a hacer si soy carne de diván?.

Yo mientras seguía tocando el clarinete (otro de mis vicios junto al del psiquiatra que no he perdido en cuarenta años), paseando por Manhattan al anochecer, apareciendo de vez en cuando en programas de televisión... en fin, el día a día de cualquiera que haya vivido una vida parecida a la mía. Supongo que al igual que mis chistes, yo también caí en gracia. El caso es que alrededor de los treinta años comencé a rodar películas, y allí descubrí una de mis grandes pasiones. A partir de aquí, casi todo el mundo conoce la historia. En 1968 rodé “Coge el dinero y corre”, que era literalmente lo que yo había pensado muchas veces. Parece que al público le gustó. Después vendrían otras películas como “Bananas”, “El dormilón”, “Amor y muerte”… hasta que llegó "Annie Hall". Con ella me dieron el Óscar (que por cierto no recogí porque tenía concierto de clarinete con mi grupo esa noche), pero también en ella salen dos de mis grandes amores del momento: mi adorada Manhattan y mi no menos adorada Dianne Keaton, quien en realidad me prestó su verdadero apellido, Hall, para mi película. ¡Ay, Dianne!, ¡cuántas cosas han pasado desde entonces…! La vida a veces tiene caminos inescrutables...

Hubo un antes y un después en mi vida tras esta película, ya nada volvió a ser lo que fue… Yo, con esta personalidad tímida que siempre me ha caracterizado, de pronto me vi sin haberlo previsto en la cresta de la ola, todo el mundo me conocía, todos me decían “Hey, Woody!!!” Y dos años después fue aún peor, le dediqué otra película a uno de mis grandes amores, la manzanita de Manhattan, en un film que no podía tener un nombre más obvio que éste, “Manhattan”. Pero no me arrepiento, aunque me hiciera más famoso de lo que quería, mi Manhattan sigue siendo una bellísima carta de amor en blanco y negro a la ciudad que me vio nacer y en la que he vivido todos estos años.

Poco más hay que decir de todos estos años que han sido mi vida. Me he dedicado a leer, a dirigir películas, a escribir guiones, a publicar libros, a actuar en algunas películas y a tocar el clarinete. Me gusta pasear tranquilamente por la vida, hacer las cosas normales y fantásticas que te proporciona la existencia, degustar la vida a sorbitos y ser fiel a mí mismo. No me meto con nadie, simplemente paseo con el mundo, con los ojos muy abiertos en busca de la belleza que pueda esconderse en cualquier rincón.

Nunca me ha gustado hablar de mi vida privada, por ello tampoco voy a empezar a hacerlo ahora a mis años. He amado y he sido amado, he vivido intensamente y a mi manera cada una de las horas de mi vida. Hay quien me tacha de excéntrico, pero cada uno tiene sus vicios, uno de los míos es el de vivir siendo un incomprendido. Creo que es una gran ventaja, cuando a veces te ven como una persona rara cuantos menos, porque tienes acceso a más información de lo que la gente cree. Luego, todas esas historias, todas esas miradas, todos esos momentos… son un material estupendo para divagar aún más y hacer ese tipo de cine que siempre me ha gustado. Aún sigo haciendo películas y quiero hacerlas hasta el día que me toque irme a otro barrio lejos del skyline de New York New York y de las calles olvidadas del Oviedo antiguo. Me gusta cambiar de escenarios y de historias, de actrices protagonistas y de musas, de humor y casi hasta de camisa. Me encanta improvisar y darle más vueltas de tuerca en cada película, pues en el cine yo proyecto simplemente las sombras alargadas de mi personalidad.

Sé que en mi país no despierto demasiadas simpatías, tampoco soy muy consciente de por qué en Europa sí las despierto, pero siempre es un placer volver a la Vieja Europa y perderme entre sus calles de historia. Hace ya unos años, me otorgaron el Premio Príncipe de Asturias en esta bellísima ciudad de Oviedo. No sé si antes había oído hablar de este lugar, pero nunca antes había pisado sus calles. Cuando llegué a su casco histórico, me pareció estar en un cuento de hadas, una expresión que no dudé en hacer pública y que al parecer también causó gracia, cuanto menos a la prensa. Aún le debo una película a esta ciudad como en su día prometí, las cuatro escenas que hay de ella en mi “Vicky, Cristina, Barcelona”, sé que no son suficientes. En esta ciudad además decidieron inmortalizarme en esa estatua que no sólo se parece tanto a mí, sino que soy yo mismo en un momento congelado, metal al sol de las tardes de primavera... Y precisamente me gusta tanto, porque me representa tan fidedignamente... me siento tan yo mismo al mirarla que ya no sé si el verdadero Woody habita dentro de mi propio cuerpo o dentro de esa estatua. Soy yo paseando tranquilamente por el mundo, por las calles llenas de historia de Oviedo, fijándome en los pequeños detalles, las hojas que caen, los pájaros que sobrevuelan la ciudad... ensimismado en mis propios pensamientos, esos míos tan descabellados a veces y que terminan recopilándose en cualquiera de mis películas.

Hay un poeta español que habla de los caminos, los caminos del mundo y los caminos de la vida. Y que en uno de sus versos dice: "soy en el buen sentido de la palabra bueno". Yo no sé si llego a tanto, pero me siento identificado con las palabras del poeta: "nunca perseguí la gloria ni dejar en la memoria de los hombres mi canción..." o en mi caso mis películas, mis a veces absurdos pensamientos, mi raro sentido del humor, mi rostro histriónico, mi histerismo, mi carne de diván... mi yo mismo al fin y al cabo. Yo sólo aspiro a pasear tranquilamente por el mundo sin meterme con nadie, absorto en mis propios pensamientos, en mi pequeño mundo. Me gusta que de vez en cuando alguien me diga al pasar " Hey, Woody!", "´¿cómo va eso?... Al fin y al cabo no es tan diferente a cuando paseaba por Brooklyn o Manhattan. De vez en cuando algún turista se hace una foto conmigo, o algún gamberro se empeña en llevarse mis gafas... Pero yo soy feliz aquí, rodeado de gente cada día, muchos se sorprenden de encontrarme precisamente aquí en Oviedo. Y a mí me gusta seguir paseando y descubriendo esta hermosa ciudad. Creo que ya formo parte de sus calles, los turistas me buscan para sacarse una foto conmigo, e incluso los habitantes de esta ciudad tienen un humor particular. ¿Sabéis que al lado de donde yo estoy han abierto un quiosco de esos de gominolas que se llama el Tutti Woody?. Por si acaso alguno no se había enterado de que yo andaba por aquí.

De momento, pienso seguir por aquí, paseando tranquilamente por esta ciudad que me ha acogido con los brazos abiertos. Muchos piensas que nunca me muevo de esta calle, que nunca llegaré a perderme entre los árboles del Campo San Francisco, al que parece que siempre me encamino y nunca llego. Pero lo que ellos no saben es que, cuando nadie me ve, me gusta perderme entre las calles de Oviedo y sus historias olvidadas. Durante los días me he reciclado en modelo de fotografías frente a turistas, que cuando me ven, rara vez resisten el impulso de fotografiarse a mi lado, algunos incluso me rompen las gafas y se las llevan a trozos para intentar llevarse consigo más fuertemente mi recuerdo. Pero aunque no me gusta el mal gesto, en el fondo me da igual, yo sigo a lo mío, caminando y pensando en mi próxima historia, en mi próxima película, la que aún le debo a esta bella ciudad. Una película que comience a las puertas de la Catedral con su única torre embrujada entre las nubes y la lluvia, para luego perderme en este laberinto de imágenes y excentricidades de mi memoria.

Bueno amigos, hasta aquí hemos llegado en este pequeño paseo que el azar ha hecho que hoy podamos compartir juntos. Si alguna otra vez queréis encontrarme, ya sabéis por dónde estaré, paseando arriba y abajo en el centro de Oviedo, intentando llegar al Parque San Francisco, pero sin llegar nunca a él. Siempre será un placer volver a encontrarme con vosotros y compartir un trozo de conversación, un pedacito de tarde de lluvia o cualquier amanecer. Si por si acaso estuviese inmerso en mis pensamientos (algo muy común en mí) y no os reconociese, no me lo tengáis en cuenta. Simplemente acercaros a mí o saludarme desde la esquina con un simple “Hey, Woody!, ¿cómo va eso?”. Que siempre es un placer reencontrar a viejos amigos, y más cuando no los esperas y el azar un buen día los cruza en tu camino

PROFETA NI MÁRTIR QUISO ANTONIO SER Y UN POCO DE TODO LO FUE SIN QUERER.

“Soplaban vientos del sur… y el hombre emprendió viaje…”

Por si alguno no lo sabe. Antonio Machado, republicano convencido y por encima de cualquier ideología un hombre bueno, abandonó España unos meses antes del fin de la Guerra Civil , acontecimiento éste al que no llegaría vivo. Machado, poeta, escritor, marido, hijo y sobre todo padre y abuelo de generaciones que lo veneramos, era ante todo y sobre todo un hombre bueno. Nació en Sevilla, concretamente en el Palacio de Liria (“Mi infancia son recuerdos de un patio de Sevilla y un huerto claro donde madura el limonero), recalaría como profesor primeramente en Baeza para luego continuar camino hacia Castilla, donde pasaría más de 20 años, en Soria primero, en Segovia después (“Mi juventud, veinte años en Tierras de Castilla). Sería precisamente en Segovia donde enarbolaría desde el balcón del Ayuntamiento la bandera republicana el 14 de abril de 1931.

Algún tiempo después, Machado se trasladaría a Madrid para ocupar una plaza como profesor en un instituto de Madrid. Con el estallido de la Guerra, siendo Madrid territorio republicano y liberal, se marchó a Valencia, viviendo en Rocasent durante casi dos años. Pero los tiempos era difíciles y previendo lo que se avecinaba se fue a Barcelona, donde estaría más cerca de la frontera y poder huir a Francia, algo que hizo a finales de enero de 1939, aquel día en que soplaban vientos del sur y Antonio emprendió viaje.


"Su orgullo y un poco de fe, un regusto amargo fue su equipaje."
Machado era un hombre con el mismo orgullo que yo tengo hoy, las ideas muy claras y un corazón que no le cabía en el pecho. Pero exiliarse de su propio país, ver cómo las ideas por las que luchó y vivió son incendiadas, aniquiladas, destrozadas… no le gusta a nadie. Mirar atrás era puro dolor, sus versos no podían darle consuelo, ya no servía aquel “Caminante no hay camino, se hace camino al andar…” porque aquel viaje y aquel camino no tenían marcha atrás. Cuánta razón tenía aquel último verso: “y al volver la vista atrás, se ve la senda que nunca se ha de volver a pisar” .


"Miró hacia atrás y no vio más que cadáveres sobre unos campos sin color, su jardín sin una flor y sus bosques sin un roble."
En las guerras siempre hay vencedores y vencidos pero los que siempre pierden son los hombres, el pueblo. En esta guerra los vencidos además tuvieron que aguantar muchas cosas que vendrían después. Pero Antonio no llegó a verlo, lo que sí vio fue un país destrozado, una guerra fraticida donde las dos Españas lucharon hasta sus últimas consecuencias. Los campos arrasados, los jardines ensalados, los bosques quemados… Todo ello es una clara metáfora de las ideas ardiendo, de los anhelos hechos trizas, de la infinita tristeza que acompañó a Antonio Machado en sus últimos días.



"Y viejo, y cansado, a orillas del mar bebiose sorbo a sorbo su pasado."


Machado no era joven, además estaba enfermo físicamente y llevaba la estocada en el alma, la tristeza infinita de que la libertad por la que entregó toda su vida estaba tocando a su fin. No se trata de cuestiones políticas, cada cual puede pensar lo que quiera, pero la libertad de cada uno está por encima de ellas. Si tú coartas mi libertad, o yo coarto la tuya, no estamos siendo justos con el prójimo. Pero por encima de otra connotaciones, '''Machado era un hombre bueno y un libre pensador, que en sus últimos días en Colliure, oficialmente con el corazón partido, lejos de su patria que ya había dejado de ser suya, tuvo que enfrentarse a su vida, a los retazos que le quedaban de todo su camino y beberse sorbo a sorbo su pasado frente al azul infinito del Mediterráneo.''' A mí misma en Colliure me invadió una infinita tristeza frente a ese mismo mar azul, pensando en aquellas tardes de invierno, en las lágrimas que a él pudieron escapársele, en las que se me escaparon a mí tantos años después.

"Profeta ni mártir quiso Antonio ser y un poco de todo lo fue sin querer."


Antonio, mi abuelo Antonio, era un hombre bueno. Un hombre que no buscó protagonismo, que incluso se murió en silencio, en una habitación en la que se colaba por las rendijas la infinita tristeza del azul del mar , compuesto por lágrimas puras, por tantos recuerdos que a veces queremos olvidar ('''“mi historia algunos casos que recordar no quiero”'''). No quiso que le recordásemos como profeta ni como mártir, estoy segura de que querría haberse equivocado, no tener que tener la razón. Pero Antonio fue eso y mucho más, su figura forma parte de los que seguimos creyendo en los sueños, en la calma después de la tormenta, en que a veces a un olmo seco le puedan salir algunas hojas verdes en primavera. Algunos de ellos somos peregrinos que llegamos a Colliure precisamente tras sus pasos, intentando encontrar un trocito de tierra que moralmente sea nuestro, sentir el abrazo del abuelo y decir que sus ideales de hombre bueno siguen vivos y que él es un símbolo, aunque nunca quiso serlo. Que su figura, o su recuerdo, nos sigue manteniendo vivos con un halo de claridad y nostalgia frente a ese azul infinito.
Una gruesa losa gris vela el sueño del hermano. La hierba crece a sus pies y le da sombra un ciprés en verano.

Me sorprendió tantísimo descubrir que la tumba de Machado es exactamente como Serrat la describe. Es una gruesa losa gris, situada en el suelo, a la sombra de un ciprés en aquella arrebatadora mañana de verano en la que yo me apoyé en ese mismo ciprés y lloré por lo que pudo ser y no fue, por el abuelo Antonio, por mí misma.

El jarrón que alguien llenó de flores artificiales, unos versos y un clavel, y unas ramas de laurel son las prendas personales.


El día que yo fui no había flores artificiales, pero sí flores de verdad. Yo misma intenté comprarle flores en una tienda cercana, pero tenía el extraño horario de cerrar de 12 a 16 horas. Versos del poeta por doquier, cartas de gente que sigue pensando en él, poemas, fotos, placas conmemorativas… Todos aquellos tributos a un hombre que siempre fue ligero de equipaje por el mundo, pero que aún más ligero quiso abandonarlo (“Y cuando llegue el día del último viaje y esté al partir la nave que nunca ha de tornar me encontraréis a bordo ligero de equipaje, casi desnudo, como los hijos, de la mar…”). Incluso muchas piedrecitas del suelo reposaban sobre la tumba, como caricias de cada viajero que se acercaba a ver al poeta, al padre, al abuelo, al hombre…Estoy segura de que esta tumba es como Antonio la hubiese querido, sin estruendos, sin lujos innecesarios, pero llena de cariño. Sólo con verla uno ya se da cuenta, muchos sentimientos han pasado por ella, muchos ojos humedecidos la han contemplado. No encuentro palabras, porque es imposible regalar palabras a un poeta , por eso, cuando me quedé completamente sola y los curiosos se fueron, tras haberme bebido sorbo a sorbo mi tristeza con el sabor de las lágrimas entre los labios, entoné acorde a acorde varias canciones de Serrat con los versos del poeta, con la esperanza de que más allá del último viaje, dondequiera que llegue la nave que nunca ha de tornar, Antonio, o lo que quede de él, pueda sentir que hay personas como yo, que necesitamos apoyarnos en su recuerdo para seguir vivos y no caernos en mitad del camino junto a las campos arrasados.

del viejo y cansado que a orillas del mar, bebiose sorbo a sorbo su pasado..
Profeta, ni mártir, quiso Antonio ser y un poco de todo lo fue sin querer.

Pero Antonio, estés donde estés, aunque mis palabras no puedan explicar los sentimientos y las sensaciones, tu figura, como profeta, como mártir, como abuelo, sigue siendo tan importante para nosotros… El otro día una buena amiga y compañera de colegio me comentó que yo siempre había tenido fascinación por ti, y es verdad. He seguido tus pasos en Sevilla, Baeza, Soria, Segovia… incluso he querido encontrar tus huellas etéreas y desdibujadas por Madrid. Y siguiendo tu camino, llegué a Colliure, tu última parada, donde reposa tu cuerpo y las esperanzas que junto a él aún se mantienen vivas. De ti hemos aprendido que lo máximo que uno puede llegar a ser en la vida es buena persona, y que por eso tenemos que luchar. Que hay que saber creer y luchar por lo que se cree, tener las ideas muy claras y respetar las de los demás, pidiendo que también respeten las nuestras. Cada vez que contemplo el horizonte nebuloso e infinito de las Tierras de Castilla recuerdo tus poemas, yo también voy soñando caminos de la tarde…
Pero también como a ti…“En el corazón tenía la espina de una pasión. Logré arrancármela un día, ya no siento el corazón.”

Yo aún no me la he arrancado, porque no quiero dejar de sentir, no quiero dejar de vivir, no quiero que el recuerdo de tu última morada se me olvide. Porque yo estoy orgullosa de tu misma España que es también la mía, y por todo lo que ocurrió, lo bueno y lo malo, vertí y vierto mis lágrimas creyendo en lo mismo que tú creías: la libertad.