LA CASITA DEL RATÓN PÉREZ

Buenos días a todos:

Me llamó Pérez y soy un ratón, por lo que desde hace mucho tiempo todo el mundo empezó a llamarme el Ratón Pérez o el Ratoncito Pérez. Realmente soy un ratón adulto, pero como para un humano soy algo muy pequeñito y a veces no se me ve bien, por eso me llaman ratoncito. Yo vivía apaciblemente con mi mujer y mis hijos en una tranquila casita ubicada en una caja de metal de galletas Huntley en el número 8 de la calle Arenal, concretamente en la pastelería de Carlos Prats. Cada noche, sin que nadie lo supiese, iba de casa en casa recolectando los dientes de leche que le caían a los pequeños cachorros humanos, y salvo alguno que otro que se despertó cuando no debía y me vio en medio de mi labor, el resto del mundo nunca había sabido a ciencia cierta si mi existencia era real o se trataba simplemente de leyendas o habladurías del Madrid de la época.

Hace muchos años sin embargo me hicieron la tremenda faena de sacar mi historia a la luz. El padre Coloma, a instancias de la regente María Cristina, escribió mi historia en un libro, que en principio estaba orientado para el disfrute del príncipe Alfonso, que años después se convertiría en el monarca Alfonso XIII de España. Sin embargo, con el paso del tiempo mi historia se popularizó y miles de reimpresiones de esa misma historia fueron distribuidos por doquier, con lo que la intimidad de la que había gozado hasta entonces se rompió en mil pedazos porque todo el mundo sabía dónde vivía y dónde trabajaba, todo el mundo quería conocer al ratoncito Pérez. Yo más o menos me habitué a convertirme sin quererlo en un personaje popular, incluso disfruté algunas aventuras con el propio príncipe Alfonso en una noche por Madrid. Su madre le llamaba cariñosamente Bubby y yo pude llamarlo también así, nos hicimos amigos, incluso vino a visitarme a mi casa… Sin embargo mi familia no llevaba igual de bien el hecho de tener que convertirse en personajes públicos. Cierto que el más público de todos era yo y que ellos en cierta medida podían mantener el anonimato, pero no les gustaba que las ventanas de nuestra casa estuviesen llenas de paparazzis dispuestos a robar instantáneas de la familia Pérez.

Sin embargo, ni siquiera presentíamos la que se nos venía encima. Mientras la confitería de Carlos Prats estuvo en pie, más o menos pudimos mantener nuestra vida normal, pero cuando cerró, vagamos por las calles de Madrid en busca de una nueva casa. No estuvo mal, pudimos trasladarnos a un lugar donde recuperamos en parte el anonimato y pudimos volver a vivir tranquilos. Pero hace un par de años un particular decidió hacernos un regalo maravilloso, regalarnos una casa imperial en el mismo número 8 de la calle Arenal, en el mismo lugar donde vivimos felizmente tantos años. Fue una alegría para todos volver a nuestros orígenes, aunque tuvimos que acostumbrarnos a volver a convertirnos en personajes públicos y que la gente viniera a visitarnos, ya que nuestra casa se iba a alojar en medio de un museo que visitarían decenas de personas cada día, especialmente niños, deseosos por conocer dónde se guardan los dientes que en su día se les cayeron y yo me llevé, dejándoles a cambio estupendos regalos.

He de decir que no nos costó demasiado volver a la vida pública, de hecho hacía relativamente poco tiempo incluso habían hecho una película de mi vida y mis aventuras. Además, lo único que tenemos que hacer es dejar que los visitantes vean nuestra casa, situada en el centro de la sala del museo, pero no tenemos por qué estar presentes, ni tampoco realizar ningún número acrobático o algo por el estilo. Mi mujer y mis hijos están casi siempre fuera, por lo que no suelen ser vistos por los visitantes del museo, pero a mí a veces me gusta quedarme en casa, esconderme y ver la cara de ilusión de los niños sin que me vean. Otras veces simplemente me siento en el sofá confortablemente disfrutando de una lectura y veo por el rabillo del ojo cómo me ven y se ilusionan al verme, diciéndole a su madre: “mira mamá, ahí está el Ratoncito Pérez”. Y es que tengo que reconocer que a uno le hace mucha ilusión que le reconozcan y sobre todo que los niños le quieran tanto.

Pero bien, a lo que viene toda esta parrafada que os estoy echando es para hablaros precisamente de este museo que me han regalado. Para bien o para mal, no es muy conocido por los madrileños, por lo que muchos días podemos disfrutar de una total tranquilidad, aunque en fechas como navidades, puentes, y fines de semana, incluso se organizan colas para entrar a verlo, o más bien a vernos, o al menos intentarlo. El museo es pequeñito, demasiado pequeñito para mi gusto, y eso que yo soy un ratón y a mí cualquier cosita pequeña me vale. De hecho, disfrutamos de una casa enorme para nuestras necesidades, las de una familia de ratones, pero desde el punto de vista humano, aunque sea de un niño, el museo creo que es demasiado pequeño. De hecho, solamente consta de una sala cuadrada, en cuyo centro se ubica nuestra excelente casa, donde podréis ver desde mi biblioteca hasta el magnífico piano donde mi hija interpreta maravillosas piezas de Chopin. Alrededor de nuestra gran casa, podréis ver ciertas curiosidades en las paredes, algunas realmente curiosas. Podréis ver por ejemplo el buzón donde recibo las cartas que me envían los niños, algunos apuntes de Leonardo Da Vinci, una vitrina dedicada al mundo ratonil, donde encontrar a amigos ratones como Mickey Mouse o Speedy González… Aquí también encontraréis un pequeño apartado dedicado a los dientes de leche de algunos de los más ilustres personajes del mundo, a los que yo mismo visité y me llevé sus dientes cambiándolos por regalos. En general, hay muchas cosas curiosas por las paredes de la habitación de mi museo, aunque algunas son demasiado de merchandising, y la verdad es que yo mismo creo que el museo debería ser mayor, ya que para los humanos, no deja de ser una sola habitación, incluso pequeña.

Aún así, os recomiendo que visitéis el museo, sólo cuesta un eurito, y sólo por la preciosa entrada que os darán, ya merece la pena. Además, a los niños les encanta venir a verme, pensar que allí precisamente, en algún lugar, se encuentran sus dientes, sólo por ver sus caras de ilusión, siempre merecerá la pena este trabajo.

También hay una tienda en el museo, aunque casi todo el mundo piensa, yo incluido, que es demasiado cara. Además, hay últimamente una chica atendiendo que no es precisamente muy agradable, algunos visitantes se quejan de ella, yo incluso la he oído tratarles mal. Todos, visitantes, mi familia y yo, echamos de menos a Natalia, una chica rubia angelical que nos quería mucho a todos y que siempre trataba muy bien a los clientes, pero un día se fue a otro museo, y nos dejó a todos un poquito huérfanos. Pero a lo que iba, la tienda es tan grande como la sala del museo, lo que a mi juicio es un error, porque antepone el merchandising a la humanidad, y seamos sinceros, un museo no puede, o al menos no debería, ser tan grande como la tienda del museo, ¿no? Además, los productos que venden en la tienda son monísimos, de hecho en la mayoría de ellos salgo yo, porque aunque suene un poco prepotente, para bien y para mal soy el protagonista de este museo, por lo que los productos de la tienda tienen que estar forzosamente relacionados con mí o con mi familia, pero ellos siguen teniendo algo de miedo escénico y no quieren convertirse del todo en personajes públicos, yo como ya lo soy, no puedo hacer nada. Sin embargo esos productos tan bonitos de la tienda son muy caros, y claro, luego el dueño se queja de que no los compre nadie, pero es que a esos precios, no me extraña que nadie los compre. Todo el mundo comenta lo bonitos que son, pero se asombran al ver el precio y lógicamente no compran. Una pena, a mí me gusta que se lleven mi figura para ponerla en sus casas y mantener la ilusión de la infancia, pero claro, a esos precios no se lo lleva nadie. Como mucho, se llevan el facsímil de mi libro, que está a un precio un poco mejor, pero aún así… En fin, yo no puedo quejarme, que al fin y al cabo me han regalado una casa estupenda y vivo como un pepe viendo la sonrisa de los niños, que es lo que me hace más feliz.

No sé si vosotros conocéis mi historia, supongo que de una u otra manera todo el mundo conoce la leyenda del ratoncito Pérez, que por las noches visita a los niños a los que se les ha caído algún diente de leche y les deja un pequeño regalo o un poquito de dinero debajo de la almohada. Pero probablemente lo que no conoceréis es la historia completa que narra el padre Coloma en el libro que me dedicó. Hay una parte demasiado política en ella, en la que ensalza demasiado a la monarquía; yo no tengo nada en contra de la regente María Cristina, ni mucho menos en contra de Bubby, ese niño tan simpático que recorrió conmigo aquella noche las calles de Madrid, pero sin embargo luego creció y se convirtió en el rey Alfonso XIII, un monarca nefasto para España, aunque tampoco fue fácil la vida que le tocó vivir. Pero bueno, yo nunca he sido un ratón político, y no pienso empezar a serlo ahora. Lo que sí os recomiendo es que leáis la historia que trata de mí, os gustará y os resultará entretenida, y así sabréis algo más de mí.

Por supuesto, otra de las cosas que os recomiendo es que vengáis a visitar mi humilde morada, en ella encontraréis algunas de las cosas más curiosas de las que ya os he ido hablando. Incluso veréis una caja de metal de galletas Huntley, en su interior se ubicaba nuestra humilde morada hace años; ahora tenemos una casa que es tan grande y espaciosa que más bien parece un palacio para ratones. Creo que tanto si sois niños como si ya hace tiempo que habéis dejado de serlo, merece la pena que os acerquéis a ver mi museo, contribuiréis a la causa de la recogida de dientes por una mínima aportación de 1 eurillo por persona, os darán una fantástica entrada que podréis conservar junto con vuestros recuerdos y además prometo que si me avisáis con tiempo, me dejaré ver sentado tranquilamente en el sofá leyendo. Pero eso sí, tenéis que abrid bien los ojos de niño que aún habitan en vosotros, si sólo abrís los ojos de adulto, probablemente no me veáis, porque no hay más verdad que aquélla que dice que no hay más ciego que el que no quiere ver. Y además, como estamos en un sitio tan céntrico y la calle Arenal está preciosa desde que la han cerrado al público, prometo contaros algunos sitios que podéis visitar después de estar en mi casa, y es que recorrer el centro de Madrid tiene su encanto,  Desde un caldito en L’Hardy, unas ostras en el Mercado de San Miguel o un tradicional bocata de Calamares en la plaza Mayor. Que uno es un ratón madrileño de toda la vida y se las sabe todas :)

Mientras, seguiré leyendo tranquilamente en mi rincón, escuchando a mi hija tocar el piano, saboreando los maravillosos cocidos madrileños que hace la Ratona Pérez cada sábado… esos pequeños detalles que hace que un ratón urbano como yo se relame los bigotillos y se considere un ratón feliz. Cada noche, eso sí, llueve o nieve, haga frío o haga calor, me recorro las calles de Madrid dispuesto a visitar a todos los niños que han perdido un diente ese día. Y me encanta ver cómo muchos de esos niños terminan viniendo a visitarme a mi casa, algunos de ellos siguen siendo niños, otros muchos son adultos que en mi casa recuperan la sonrisa de niño con los que yo los conocí hace tanto tiempo. Porque no hay nada en el mundo, amigos míos, como la sonrisa y la ilusión de la infancia, y aunque a veces la perdamos con el paso de los años, es bueno recuperarla, intentar regresar a los sueños que teníamos cuando éramos enanos, y las preocupaciones mundanas no tenían cabida en nuestras vidas. Y si en parte podemos conseguirlo por unos instantes visitando la casita del Ratón Pérez, es decir mi casita y la de mi familia, estaremos encantados de recibiros y de que volváis a recuperar algunos de los sueños de la infancia.

Por último, antes de despedirme de vosotros, dejadme hablaros de la estatua más pequeña de Madrid. Mucha gente también lo desconoce, pero la estatua más pequeñita de toda la villa y corte está dedicada precisamente a mí, el ratón más famoso de toda España. Y es que un ratoncito tiene un tamaño limitado, por lo que estoy encantado de que me hayan inmortalizado en bronce tal y como soy, haber hecho una estatua de las dimensiones de mis amigos el Oso y el Madroño en la cercana Puerta del Sol habría sido un completo absurdo, a cada uno, su tamaño. Por esa cuestión de equidad de tamaño, yo estoy tan contento con mi estatua, aunque como decía mi amigo David el gnomo, ten cuidado y mira, no sea que me pises y cometas una barbaridad… Mi estatua está en los bajos del edificio de calle Arenal número 8, tendrás que pasar por delante de ella para acceder a mi casa museo, pero recuerda mirar, que no hay más ciego que quien no quiere ver, y muchos pasan a mi lado sin darse siquiera cuenta de mi existencia…

Y ya por fin me despido, que menuda parrafada que os he echado, o speech, como diría un british, pero yo soy hispano y a mucha honra. Espero veros pronto por mi casita, y por ende, por el museo que la alberga, que a pesar de tener algunas deficiencias de las que ya os he hablado, es un lugar original y digno de ver, especialmente para los niños y para los mayores que sean capaces de recuperar la ilusión que tuvieron mientras fueron niños y que la rutina diaria hace frecuentemente que olviden. Eso sí, sólo me dedico a la recogida de dientes de leche, así que los que sois mayores, no esperéis que os recompense si os quitan una muela picada, tendréis que recompensar vosotros al dentista por poneros una nueva.  Pero eso sí, os daré todo mi cariño y evocaré los recuerdos que tengo de vosotros cuando erais niños y esperabais que el ratoncito Pérez os trajese un regalito tras perder un diente.

Un abrazo muy fuerte a todos. Espero veros pronto por la casa de los ratones Pérez.

Ratoncito Pérez

Delegado comercial de la empresa Los dientes que perdiste de niño S.L.