FRENTE A LA GIRALDA

Estoy segura, empiezo a tener nostalgia de la primavera sevillana. Y es que en esta primavera tan invernal que seguimos viviendo en Madrid, ya pienso en semana santa, en el olor a azahar, a incienso, en el solecito, el pescaíto frito, la gente en la calle, la alegría... Y también en la procesión del Cristo del Cachorro en Triana. Y pensando, pensando, he recordado la copita que nos tomamos frente a la Giralda el año pasado, en la Terraza del EME Hotel, un sitio muy pijo pero con unas vistas impresionantes, donde pasamos un rato de lo más majete.

Lo reconozco, yo adoro Sevilla, y aún más en Semana Santa con el intenso olor a azahar e incienso en sus calles. Ya no puedo entender una Semana Santa lejos de allí tras tantos años asistiendo puntual a mi cita con esta ciudad. Pero si hay un día especial para mí en estas fechas, se trata de la tarde del viernes santo, el momento en que el Cachorro sale de Triana para recorrer la ciudad y volver ya de madrugada a su barrio. Desgraciadamente, la climatología no ha sido benévola con nosotros ni con el Cachorro en más de la mitad de los años de la última década. Y eso, aún hace más especial ese anochecer del viernes santo, cuando ya quedan atrás las aglomeraciones de la Madrugá, hay menos gente en la calle, se respira otro ambiente, y además el Cachorro desciende desde la Catedral a Triana con orgullo y devoción. No hay nada comparable con la estampa de este crucificado cruzando el Guadalquivir por el puente de camino a su recogida en Triana. Es uno de esos momentos mágicos, que se te quedan grabados en la retina, en la memoria y en el corazón.

Pero la tarde del Viernes Santo del año pasado, mientras el Cachorro entraba en la Catedral, nosotros nos subimos a la Terraza del Hotel EME, daikiri en mano, dispuestos a disfrutar de la tarde-noche.

Siempre he sentido fascinación por las terrazas y azoteas, si fuera rica, no dudaría en comprarme un ático con una gran terraza y buenas vistas, probablemente en Madrid, pero desde luego no le haría ningún asco a Sevilla. Uno de mis amigos me comentó que las buhardillas de esa zona de Sevilla (plenísimo centro, por supuesto) se habían vendido por dos duros hace cosa de diez años, antes de ponerse de moda. De acuerdo con que una buhardilla no es un ático, también con que según mi amigo eso es un cocedero en verano y que allí no puedes estar (ya buscaríamos alternativas, no hay tanto problema), pero desde luego las vistas a la Giralda desde allí son impresionantes, no hay palabras para describirlas.

Como no vivo en Sevilla, ni tengo tanto dinero como para comprarme un ático, ni para alojarme en el EME, pero sí puedo permitirme una copa frente a la Giralda iluminada en la que probablemente es la terraza más chic de todo Sevilla, allí estaba yo encaramada en pleno viernes santo. Y desde luego las vistas no podían ser mejores.

Y es que, a ver quién es el guapo al que no le gustaría tener semejante terraza y con esas vistas, para disfrutar de los atardeceres y amaneceres de la ciudad más bonita del Guadalquivir y una de las más bonitas de España.

Sin embargo, no me sientía más chic ni más cool con un daikiri aguado en la mano que me ha costado 12 euros y medio. No, no me creo una nueva rica, de hecho creo que ya se podían haber estirado un poco más, que con lo que cobran el chorrito de ron debería haber sido un poco mayor, que le sobra trozos de lima y por supuesto la mitad de los hielos. A los tres sorbitos, y digo sorbitos, bien en –ito, bien en pequeño, ya se ha acabado lo que se daba. Y ni te sube ni nada, qué te va a subir si te han puesto cinco centilitros!!!! ¿Cuánto alcohol puede tener eso??? Luego te pasas veinte minutos esperando a que el hielo se deshaga y mordisqueando los trocitos de lima y limón.

Pues bien, merece la pena la experiencia simplemente por las vistas. Vale que el sitio es caro (pidas lo que pidas lo es, y el cuenquito de frutos secos que te ponen para cinco no lo hace más barato), incluso es demasiado chic para mi gusto (pero a gustos, colores, ya se sabe) y encima te quedas con sed si es que la tenías. Sin embargo, las vistas son es-pec-ta-cu-la-res!!!!! Y sólo por eso, ya merece la pena. Si además no hay agobios de gente, puedes sentarte más o menos donde tú quieres, no te azuzan para que consumas y te vayas y puedes disfrutar por el mismo precio de las agradables sensaciones del anochecer del viernes santo en Sevilla, envuelta por aromas de incienso y azahar.

Al fin y al cabo, la vida está hecha de pequeños momentos, de sensaciones agradables, de disfrutar del aquí y del ahora, y eso exactamente es lo que hice yo aquel anochecer frente a la Giralda iluminada, y se lo recomiendo a cualquiera que quiera probar la experiencia. Recomiendo fervorosamente que, si vais a Sevilla, como seguro que llegaréis hasta la Catedral, paréis un ratito en esta terraza, especialmente al atardecer o ya de noche. Acordaros del Carpe Diem romano, que aún hoy no ha pasado de moda, porque hay que atrapar el instante, disfrutar del momento, embelesarte con la belleza de la Giralda, multiplicada primero por la luz del atardecer y luego por la iluminación nocturna. Es otro modo de ver Sevilla y de disfrutar de ella desde las alturas, otra perspectiva muy diferente de el pie de calle.

Y es que, aunque no haga falta que lo diga ninguna canción, ni tampoco que yo lo escriba y lo vuelva a escribir hasta la saciedad, Sevilla tiene un color especial y además sigue oliendo a azahar, ese olor intenso y característico, que mezclado con el olor también intenso y característico del incienso, la hacen aún más especial que nada. Y allí sentados frente a su símbolo, la Giralda, en una tarde de Viernes Santo, una siente a Sevilla más cerca que nunca, y se da cuenta de que esta ciudad deja huella, te enamoras perdidamente de ella y cuando recoges en tu memoria recuerdos como los de aquel momento, no puedes evitar esa honda sensación de nostalgia por estar tan lejos de ella.

1 comentario:

  1. Tengo curiosidad por ver la procesión del Cachorro, que mi madre dice que para su gusto es la más bonita de todas. Pero es que esto de la Semana Santa, los pasos, las aglomeraciones de gente, etc. me da un poco de mal rollo... Eso sí, lo de las vistas seguro que merece la pena.

    ResponderEliminar

Este blog no es nada sin tus comentarios :)