LA PRIMAVERA SABE QUE LA ESPERO EN MADRID

En Ciao se ha celebrado una vez más la convocatoria de Amigo Invisible. Su funcionamiento es el mismo que cualquier Amigo Invisible, pero en este caso, el regalo tiene que ser un texto escrito expresamente para esa persona. Me parece siempre una iniciativa estupenda, pero es que además, en esta ocasión, he tenido el inmenso placer de poder escribirle dicho texto a mi amigo Pedro, del blog El búho entre libros 

El regalo en este caso ha sido para mí, que me ha brindado la posibilidad de soñar un texto para Pedro. Y ahora, quiero compartirlo aquí, con los lectores de mi blog:


LA PRIMAVERA SABE QUE LA ESPERO EN MADRID

El lector empedernido bajó de su coche, sin olvidar meterse en el bolsillo el libro que estaba leyendo entonces. Cierto que se había pasado al Kindle meses atrás, pero seguía siendo un enamorado del olor de papel de los libros.


Aquella tarde hacía un frío intenso en Madrid, su querido Madrid, esa ciudad en la que había nacido y que le tenía robada el alma. Pero a pesar del frío, hacía un día luminoso, con ese cielo de un intenso azul que tiene nuestro adorado Madrid y esa luz tan radiante, que si no fuera por la importante diferencia de temperaturas, si te presentasen sólo una foto, no sabrías decir si es invierno o verano.



Mientras ascendía por una calle empedrada de la zona de los Austrias, pensaba que quizá tuviese luego un rato para sentarse al sol en un banco, a pesar del frío, y disfrutar de la lectura. O si no, por qué no sentarse en una terraza, o adentrarse en el interior de uno de esos lugares del Madrid de toda la vida (¿por qué no quizá el Café del Nuncio?, donde paraba Pérez-Reverte en su día?) y sentarse a leer, tomar un café y ver llover por la ventana. ¿Llover? No, esa tarde no llovería, hacía un frío helador, pero ni una sola nube que manchase el horizonte del intenso azul de la ciudad.


Pero, aunque adoraba leer, adoraba perderse entre esas calles del Madrid viejo. Algunas de ellas formaban parte de su infancia. Se había criado muy cerca de la Puerta del Sol y había crecido correteando por esas calles. Aunque desde que se casó abandonase Madrid por una ciudad del sur de Madrid, el kilómetro cero lo tenía tatuado en lo más profundo de su alma. Y eso se notaba.



Él era un hombre extraordinario, pero quizá si te cruzases con él por la calle, no lo notarías. Pero no se sentía extraordinario, ninguna estridencia de ningún tipo se habían hecho para él, un hombre reservado, discreto y, aunque se empeñase en no querer asumirlo, extraordinario.


Con él podrías tener mil conversaciones intensas, te podría hablar de mil historias leídas o soñadas en los miles y miles de libros que había leído en su vida. Sentía predilección por dos géneros en especial: la novela histórica y la novela negra, pero no le hacía ascos a ningún libro que estuviese bien escrito y que emocione a quien lo lea.



Ama las palabras, ama la lectura, ama los viajes, los restaurantes, los museos, los pequeños rincones de su Madrid... En definitiva, ama la vida. Y alguien que ama la vida y que ama compartirla con los demás, se convierte ya de per se en esa persona extraordinaria, ese amigo extraordinario que cuando uno lo conoce, sabe que nunca quiere dejar de tenerlo como amigo.


Yo tengo la inmensa suerte de tener por amigo a ese hombre extraordinario. Lo conocí precisamente a través de Ciao hace ya unos cuantos años, pero he tenido la excepcional oportunidad de conocerlo personalmente y compartir con él cafés y conversaciones, eso sí, nunca aún en el Café del Nuncio. Pocas son las cosas que nos separan y muchas en cambio aquéllas que nos unen, gustos y pasiones comunes por cosas tan variopintas como Madrid, Serrat o Lorenzo Silva por ejemplo.



Pero no hablemos de mí, sigamos hablando de él. Tararea una canción de Sabina. Aunque quizá prefiera a Serrat, Sabina es el más importante trovador de Madrid y mientras asciende la calle Segovia de camino a San Pedro el Viejo, le da por tararear algunas estrofas sabineras. El propio Sabina vivió cerca de donde él se encuentra ahora, no cree que se acercase a misa a esta iglesia precisamente. Pero a nuestro amigo, hoy, le apetece ver la imponente torre de San Pedro el Viejo, algo no muy difícil, ya que ha decidido, por fin, poner rumbo al Café del Nuncio, que está casi, casi... al lado.


Mira el reloj, no tiene prisa. Cierto que dentro de unas horas tiene que ir a un lugar a donde nunca ha ido, donde nunca se había planteado ir... No quiere pensarlo fríamente, quizá le den demasiadas ganas de dar marcha atrás sobre sus pasos, coger el coche y conducir hasta su casa, tranquilo hogar y fortaleza que nos salva de locuras ajenas... pero no de las propias. Pero él no suele tener muchas locuras ni muchos pájaros en la cabeza. Quizá lo que le ha faltado en esta ocasión fue decirle a su interlocutora aquella mañana que no, que aquella idea le parecía ridícula. Pero en el fondo, también le picaba la curiosidad, y al fin y al cabo, no le hacía daño a nadie...



Pasó delante de la Torre de San Pedro el Viejo. Pensó que hacía muchos años que no se acercaba a aquella puerta en el fervor de las noches frías de Semana Santa donde sacaban en procesión la imagen que guardaba esa iglesia y recorrían aquellas calles serpenteantes. Cierto que Madrid no era Sevilla, ni falta que le hace. Cada cual, a su estilo.


Se fijó en la grieta de la torre, y pensó los siglos que contemplaban aquella torre, lo que aquellas piedras habrían contemplado, si sería verdad la leyenda sobre la campana que lucía orgullosa allá arriba. Esperaba que aquella grieta no fuese a más, que no se quebrase y nos quedásemos sin torre, aquel Madrid no sería igual sin ella.



Un poco más adelante, en la calle del Nuncio, giró a mano izquierda y bajó las escaleras. Abrió la puerta y pidió un café humeante. Por delante le quedaba más de una hora para leer, para pensar, para escribir... Entre sorbo y sorbo de café, le dio un rápido repaso a la semana, intentando no reparar demasiado tiempo en el trabajo y cederle más tiempo aún, ya que aquella tarde era suya, sólo suya. Al menos, lo que quedaba de tarde hasta la hora X. Ay, aquella chica, aquella alocada chica...



Abrió el libro, leyó unas cuantas páginas, entre sorbo y sorbo de café. Le gustaba aquella historia de aquel bailarín que quizá su autor había fraguado en su cabeza precisamente en aquel lugar. Sabía que Reverte solía parar por el Nuncio, al menos cuando no era tan conocido. Pensaba qué parte de Max Costa habría sido imaginado allí, quizá mientras su autor miraba por la ventana, imaginando el horizonte azul de Madrid que desde allí no veía, pero soñaba.



Aquel bailarín.... y aquellas pasiones insensatas con Buenos Aires, Niza o el sur de Italia como telón de fondo.


No, él poco tenía de personaje de novela, menos aún de personaje canalla y vividor. Su interlocutora de aquella mañana, su pareja de baile con dos pies izquierdos tampoco creía que él tuviese nada de canalla ni de vividor, pero insistía en que tenía que explorar su faceta de bailarín.



¿Bailarín yo?


Le daba la risa floja sólo de pensarlo. O le salía una sonrisa socarrona, sí, en esa sonrisa quizá se pareciese lejanamente, muy lejanamente, a cualquier protagonista de novela de aventuras, por bailarín que fuera. Pero sus dos pies izquierdos... No, aquello no encajaba.



Claro que bailarín tú!!!


Su interlocutora no le dio tregua en la corta e intensa llamada telefónica de aquella mañana. Ahora le parecía casi un sueño... o una pesadilla.



Aquella chica era un Guadiana que entraba y salía en formato comentario en una página web en la que ambos colaboraban, o en los blogs que ambos escribían, leían y viceversa, o incluso algún email perdido en la lontananza... Pero lo de aquella mañana había sido de traca. ¿Cómo narices se le había ocurrido apuntarse a un curso de bailes de salón? Bueno, ella podía apuntarse a lo que quisiera, pero... ¿apuntarlo a él? Es más, arrastrarlo con ese ímpetu de palabras encadenadas y tiradas con escopeta, sin darle margen de maniobra... obligándole al sí o sí.... Aquello era un atropello en toda regla. Y él aún estaba a tiempo de dar marcha atrás sobre sus pasos...


Es que aquella chica decía, muy convencida ella, que él era su partenaire perfecto de baile, que llevaban años pisándose uno al otro. Era cierto, pero sólo metafóricamente. Los dos escribían en una página de internet. Durante más de seis años, habían leído muchos libros en común, habían visitado los mismos lugares, visto las mismas películas, escuchado los mismos discos... No todos, pero sí algunos. Incluso en alguna ocasión, habían coincidido, sin proponérselo y sin haberlo comentado previamente, en alguna que otra visita por ese Madrid que ambos querían y conocían tan bien.


Se habían dado pisotones de todos los colores, opinión arriba, opinión abajo... Pero una cosa eran esos pisotones y pasos de baile virtuales entre palabras, y otra cosa era la clase de bailes de salón, esa tortura a la que se veía abocado en veinte minutos, qué rápido corre el reloj... Aún estaba a tiempo de pensárselo mejor. Pudiera ser que un vals.... un hombre elegante como él... o un pasodoble o un chotis como los que se bailan en las verbenas de verano del Madrid más castizo. Todo podría ser cuestión de probar... Esperaba que aquella chica no se volviese más loca de lo que estaba y terminase diciéndole que quería bailar un rap, que se podía esperar cualquier cosa.


Tan ensimismado estaba en sus pensamientos, pensando en si seguir allí, acudir a su cita o dar marcha atrás sobre sus pasos y hacer mutis por el foro. Tan concentrado estaba en sus pensamientos, que no la oyó llegar. Se sentó y pidió un café al camarero. Él la miró... con alegría pero también con escepticismo, pero la sonrisa radiante de ella no admitía réplicas.



Pedro, Pedro.... vamos a bailar un tango


.

¿Un qué...? balbució como pudo.

¿Qué haces aquí?¿cómo sabías que estaba aquí?



Ella sonrió, con esa sonrisa con cierto punto maléfica.

Ya ves, intuición que tiene una....



La chica se acabó el café, se anudó la bufanda al cuello y le instó a irse a la clase de .... ¿Tango?


Pero estás segura... ¿Tango?

Balbuceaba, seguía balbuceando...


Yo, yo.... yo no puedo

.

Claro que sí, el Tango de la Guardia Vieja, ¿te suena?

.


Él iba como podía, callejuela arriba, nada convencido de esa clase de baile.... de tango... ¡qué ocurrencias.....!.........



En Madrid la tarde cada vez estaba más fría, más intensamente fría. Se apagaba el sol y la temperatura iba cayendo en picado según pasaban los minutos. El lector empedernido, quizá algún día bailarín empedernido (cosa que personalmente dudaba mucho de que algún día llegase a suceder), se levantaba la solapa del cuello del abrigo, intentando paliar el intenso frío.


De nuevo, le vino a la cabeza un verso de Sabina...



La primavera sabe que la espero en Madrid...


Vamos que si la esperaba, vamos que si la esperaban...



NOTA: Creo que el Amigo Invisible es una iniciativa preciosa y le doy las gracias a Cay11 por organizarlo. Pero es que además, he tenido la oportunidad de dedicarle este texto a un gran amigo y compañero de baile. Aunque él no lo diga, o no lo crea, baila maravillosamente bien, y yo llevo bailando entre sus opiniones y las mías, a cuatro pies (aunque a veces tengamos más izquierdos que derechos) muchos años. Y no se me ocurre una mejor pareja de baile que él.


Espero, Pedroemilio, que te haya gustado este amigo invisible tan sui generis, con el que espero haberte arrancado una sonrisa. Eso sí, una sonrisa de hombre bueno y extraordinario, que eso es precisamente lo que tú eres.

4 comentarios:

  1. Muchas gracias por este regalo

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  2. Te iba a decir que seguro que sí, le habría encantado, pero ya veo por su comentario que así ha sido.

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  3. No me he atrevido ni se si algún día me atreveré a participar en esta iniciativa, a penas conozco a la gente de ciao y ultimamente paro en ella menos de lo que quisiera.

    Me gusta este regalo que le has hecho, es muy bonito, esta muy bien escrito y es una metáfora preciosa

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  4. Un imprescindible en la blogsfera, además de los pocos hombres que hay en ella.

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