LORCA SIEMPRE SERÁ LORCA



Lorca siempre es Lorca
Da igual que el montaje sea bueno, malo o regular, sus textos, sus historias, los versos lorquianos… llegan al fondo del corazón y erizan el alma.


Hacía mucho tiempo que no veía a Lorca representado sobre las tablas. Por eso, cuando me enteré que el Centro Dramático Nacional representaría Yerma en el Teatro María Guerrero, literalmente no pude resistirme. Las entradas salieron a la venta el pasado 17 de diciembre, y aquella misma mañana estaba yo en internet comprándolas y haciéndome con unas estupendas localidades, centradas, en tercera fila.

Habrían de pasar unas cuantas semanas hasta que llegase la ansiada fecha: el 30 de enero. Y que, emocionada por el universo lorquiano, expectante, me sentase en la butaca roja del María Guerrero, dispuesta a disfrutar del verdadero Lorca, pasase lo que pasase.



LA YERMA DE LORCA, UN TEXTO QUE ERIZA LA PIEL.


Lorca es mucho Lorca. Desgraciadamente, lo mataron y además muy joven. Siempre pienso en la cantidad de obras que podría haber llegado a escribir si hubiese vivido lo suficiente, si su talento no hubiese sido fusilado. Pero, aunque sus obras son pocas (muchas menos de las que podrían haber sido), el universo lorquiano es apasionante. Y sus textos, aún hoy, siguen erizando la piel.

Existen tres obras teatrales de Lorca, que te dejan sin palabras: La casa de Bernarda AlbaBodas de sangre y YermaLas tres son tragedias absolutas, pero también un fiel retrato costumbrista de esa España negra y a menudo podrida, la misma que le enviaría a la tumba antes de tiempo.


Ninguna de estas tres obras (creo que en realidad ninguna obra lorquiana) deja indiferente al lector o al espectador. En este caso, y a pesar de los muchos “peros” que podemos plantear a este montaje, el texto de Yerma, por sí mismo, enamora. Y especialmente, al final de la función, desde tu butaca, se te ponen los pelos de punta por la historia de Yerma y por ese personaje tan intenso y tan único, típico de la mujer lorquiana fuerte y expuesta a los rigores de aquella sociedad machista.

Aunque Yerma es una obra famosa por sí misma y de la que muchos conocemos su argumento, me permito hacer una breve sinopsis para entrar en materia. Huelga decir que, obviamente, esto es un spoiler.


Yerma es una mujer joven en un ambiente rural. Su padre decidió su casamiento con un hombre del pueblo, aunque ella, en realidad, se siente atraída por otro. Sin embargo, es feliz en su matrimonio, a pesar de los fuertes machismos de la época que prácticamente la encerraban en casa. Sin embargo, espera infructuosamente a quedarse embarazada y tener un hijo a quien cuidar y entregar su vida (ya que poco más tenía que hacer una mujer de esa época y esas características en la España de hace un siglo). Pero van pasando los meses y no sucede nada, cada vez la desesperación se va apoderando de ella y su vitalidad y su alegría se van desvaneciendo. Yerma está dispuesta a cometer cualquier locura por lograr ser madre, y en aquella época, la sociedad pensaba que si una pareja no tenía hijos, era culpa de la mujer, aunque en el caso de Yerma parece que más bien es culpa de su marido: que en realidad ni quiere ni puede tener hijos.

El final, si no lo conocéis, lo podréis imaginar fácilmente. Una tragedia lorquiana en toda regla.



YERMA EN EL MARÍA GUERRERO. INTERPRETACIONES


La obra Yerma fue estrenada por primera vez en Madrid, concretamente en el Teatro Español, en 1934. Después, ha sido llevada al teatro en varias ocasiones con maravillosas actrices como Aurora Bautista o Nuria Espert en el papel de Yerma. Incluso se hizo una película hace unos quince años con Aitana Sánchez-Gijón en el papel protagonista.

En este caso, en la presente adaptación del Centro Dramático Nacional, que se está representando actualmente en el Teatro María Guerrero de Madrid, tiene a Silvia Marsó en el papel de Yerma. La verdad es que Silvia Marsó está estupenda físicamente a sus casi cincuenta años (está a punto de cumplir los 49, ahí donde la veis), pero choca un poco con el papel de Yerma, que se supone que debería ser una joven de apenas veinte años o veintitantos a lo sumo.


La interpretación de Silvia Marsó del papel de Yerma (un papel dificilísimo pero también uno de esos papeles absolutos, con que toda actriz sueña) tiene altibajos. Resulta muy in crescendo, ya que mientras que al principio para mi gusto está sobreactuada y resulta poco creíble. Parece más bien que es una actriz de drama, y esa parte de una Yerma ligera, jovial, alegre… la hace demasiado alegre y dispersa, demasiado aniñada quizá, algo que en nada cuaja con el aspecto de Silvia Marsó hoy, por joven que se conserve.

Sin embargo, según va transcurriendo la obra, cuando el universo lorquiano aparece en profundidad sobre Yerma y la aplasta (incluido ese cambio de vestuario, del libre blanco al color oscuro, como la propia tragedia de la vida), Silvia Marsó va tomando fuerza en su interpretación y al final, en el momento apoteósico donde todo el peso de la tragedia cae con fuerza sobre el escenario, convence. Y no sólo convence, sino que emociona.


Yerma es una mujer en torno a dos hombres. Por un lado, su marido, Juan, a quien ama pero también odia porque no le da hijos. Precisamente, por ello, siente un “algo” especial por Víctor, un antiguo amor de la infancia. Pero no se permite ni siquiera fantasear con poder llegar a amar a Víctor, ella es de buena casta y la han educado férreamente en la fidelidad a su marido, asumiendo que mientras él viva, no podrá amar a ningún otro, aunque eso la lleve a no tener hijos y ser profundamente infeliz por ello.

El papel de Juan es interpretado por Marcial Álvarez, un actor al que conozco únicamente por alguna serie de televisión y que, aunque físicamente puede dar el perfil para el papel del marido de Yerma, se queda más bien a medio gas. Tiene presencia física, pero no me ha cuajado como Juan.


Lo mismo, o parecido, puedo decir del actor que interpreta el papel de Víctor, papel que pasa casi sin relevancia, cuando realmente es la piedra angular del trasfondo de la historia. En este caso, poco tengo que decir ya que se suponía que el papel debía de ser interpretado por Iván Hermes, pero, por lesión, fue sustituido por Chema León, un actor para mí desconocido. No lo hizo mal, pero, al igual que en el caso de Marcial Álvarez, es una pena porque no dieron de sí lo que podía dar cada uno de sus personajes.

Choca además la juventud de Chema León, que creo que es el único que tiene una edad acorde a la supuesta edad de su personaje. Quizá por la juventud de él, aún chirría más el papel de Yerma en la cara y los gestos de Silvia Marsó, que hace tiempo que dejó de tener edad para este papel.


El problema es que Yerma es un papel para una actriz curtida y eso es difícil de encontrar en una actriz joven. Se me ocurren excepciones, quizá Irene Escolar… creo que esa chica sería capaz de lograr una Yerma creíble tanto físicamente como en cuanto a interpretación se refiere.

MONTAJE ACTUAL: DISECCIONANDO LA ESCENOGRAFÍA.


Estoy segura de que a muchos no les gustará el montaje actual del María Guerrero, pero hay que reconocerle que resulta cuanto menos curioso, y sobre todo rompedor.


Hay algunas escenas, como la de la romería, que buscando el andalucismo (no entendido como independentismo –ni mucho menos- sino como un marcado carácter andaluz, de esa tierra tan maravillosa que es mi querida Andalucía), creo que se pasa de tópicos. El fauno como ídolo central de todo, también se las trae…

Sin embargo, creo que este montaje consigue, en gran medida, representar, de verdad, el universo lorquiano. Símbolos como el agua, fuente de vida, son constantes a lo largo de toda la obra. Un agua que en ocasiones cae sobre el escenario como una absoluta tormenta de lluvia y que a mí, personalmente, me pareció precioso. Más aún si además tienes localidades en la tercera fila, como era nuestro caso.


También se representa muy bien, como contraposición a la fuente de la vida y en relación a la falta de hijos de Yerma, la arena, la roca, el desierto…

Quizá, si algo se echa de menos es ese universo oscuro lorquiano, ese ambiente de pintura negra en el que se masca la tragedia. Sí que es cierto que se produce un cambio, cuando Juan, celoso de Yerma y que ésta hable con Víctor la recluye en casa y la deja al cuidado de sus dos hermanas (que parecen más dos cucarachas gigantes que otra cosa), la propia Yerma empieza a cambiar, y lo hace ya desde su propio aspecto físico. En concreto sus ropas claras del principio (la época de la felicidad, del anhelo, de la credulidad) se tornan oscuras cuando Yerma ya es consciente de la cárcel y el terrible destino en los que vive. Pero aún así, ese ambiente no es verdaderamente negro, no logran un ambiente verdaderamente lorquiano… y terrible.


LA EXPERIENCIA DE ITACA.


Así comenzaba y así también terminaré: Lorca es siempre Lorca, y Lorca es mucho Lorca. Cierto que existen aspectos de este montaje que creo que podrían ser mejorables, pero en general, me ha gustado bastante. Resulta innovador y sorprendente y sobre todo, bajo todo ello, lo bueno y lo malo, está ese texto de Lorca que es capaz de emocionarte y situarte en el clímax de la tragedia y la pasión absoluta.

Lo dicho de los actores principales, físicamente no me encajan casi ninguno y a nivel de interpretación, creo que son mejorables todos ellos. Pero aún así, por razones obvias, compensa ver esta obra y disfrutar de ella como se merece.


Me temo que quien quiera ir a verla no llega a tiempo, ya que, aunque estará en cartel, sobre las tablas del María Guerrero, hasta el día 17 de febrero, me temo que hace tiempo que ya están todas las entradas agotadas. Yo las compré el día que salieron a la venta y además pillé unas entradas maravillosas, en tercera fila y un día del espectador, al irrisorio precio de 10 euros. No se puede decir que no a algo como esto.

2 comentarios:

  1. La verdad es que no se puede decir que no, está claro.

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