ZAPATOS HUÉRFANOS FRENTE AL DANUBIO

Budapest es una ciudad fría en octubre, muy muy fría.... Hace un viento tan helador y un ambiente tan gélido que se te mete en la piel. Hagas lo que hagas, no eres capaz de sacudirte el frío del cuerpo, ni siquiera con su sempiterna sopa Goulasch, ideada exactamente para eso, para que entres en calor. 

Pero aún así, y a pesar de todo, Budapest es una ciudad preciosa y fascinante a partes iguales. Una ciudad, o más bien dos ciudades (Buda y Pest) que no podrían entenderse sin el Danubio, que las une y las separa y las hace ser quienes son.  Las aguas del Danubio todopoderoso son un espejo en el que se miran ambas ciudades, en el que se reconocen, en el que se recuerdan. Pero sus aguas esconden muchas historias, algunas de ellas demasiado turbias.

Pero existe un lugar en Budapest que resulta especialmente frío, independientemente de si estás en un día de invierno o en un caluroso día de verano. El frío helador que te recorrerá la espalda cuando conozcas la triste historia que hoy voy a contaros, no deja lugar a dudas. Y estoy segura de que este lugar se te quedará grabado a fuego en tu memoria, lo recordarás como si ayer mismo hubieses estado allí, por muchos años que hayan pasado desde tu última visita a Budapest.  

Budapest no podría ser entendida sin el río Danubio pero es que además este río guarda entre sus aguas muchos secretos y muchas historias, algunas de ellas profundamente tristes, dolorosas, intensas, inolvidables...

No deberíamos olvidar ciertas atrocidades, para no tener nunca jamás la tentación de repetirlas.

Frente a las envalentonadas aguas del río Danubio, en la orilla derecha, en la ciudad de Pest, existe una escultura muy especial, estoy segura de que única. Te llamará la atención a primera vista porque seguro que nunca has visto nada así. Podrás haber visto miles de esculturas en tu vida, en todos los rincones del mundo, pero ninguna como ésta, ninguna se le parecerá siquiera.

Al principio, probablemente no entenderás qué hacen allí todos esos zapatos que parecen olvidados. De lejos, pueden parecer zapatos de verdad, que alguien ha dejado desperdigados porque sí. Cuando te acercas, ves que los zapatos son de metal y que están bien anclados al suelo, justo a la orilla del Danubio, como si sus dueños los hubiesen dejado allí y hubiesen saltado a las aguas a darse un chapuzón y quizá en cualquier momento vuelvan a recogerlos.

Digamos que los dueños de esos zapatos existieron de verdad. Y sí, bajaron al Danubio a darse un chapuzón, pero nunca regresaron. Hay una historia tristísima, que es precisamente la que quieren dejar reflejada esas decenas de zapatos desperdigados, esa escultura de la memoria. Sus dueños fueron personas reales, habitantes de la ciudad de Budapest u otras personas que terminaron recalando entre sus calles. No bajaron a darse un bañito al Danubio precisamente; tampoco quisieron suicidarse poéticamente saltando a las aguas del Danubio por decisión propia.

Se trató de otra de las masacres llevadas a cabo contra la raza judía en aquellos terribles años, durante la Segunda Guerra Mundial, ese espacio temporal terrible en el que el mundo perdió la poca humanidad que le quedaba. Los judíos del gueto eran atados por parejas, uno de ellos recibía un disparo y ambos eran arrojados al Danubio, donde encontraban una muerte segura. Antes de ser arrojados al río, se les quitaban sus zapatos, un bien que en plena guerra tenía mucho valor. De ahí que esta escultura recoja precisamente la figura de todos aquellos zapatos huérfanos.

Un episodio histórico terrible, infinitamente triste. Y que no debemos olvidar…

Los zapatos parecen estar esperando a que sus dueños salgan del río, se los vuelvan a calzar y vuelvan a sus casas a continuar con sus vidas. Como si nada hubiese pasado, como si cualquier tarde de estío fuese una ocasión idónea para chapotear entre las aguas del Danubio y disfrutar de la vida.

Pero nunca lo harán… Sus dueños no volverán, los dejarán allí, huérfanos para siempre…

Esta escultura, tan curiosa y a la vez tan infinitamente triste. está situada allí, en el lugar donde todo ocurrió. Cuando estás frente a ella, literalmente se te encoge el corazón. Piensas en toda aquella pobre gente y todo lo que sufrieron y padecieron. Piensas en el horror humano, en el mal por el mal, en lo negro y lo triste que son algunas cosas… Y se te hiela el alma.

Pero esta escultura, absolutamente sobrecogedora, está allí precisamente para eso. Para que no olvidemos, para que episodios así no se borren de nuestra memoria, seamos conscientes de ellos y sobre todo aprendamos para no volver a repetirlos… nunca.

No es raro ver a veces flores, o incluso velas, entre los zapatos, o dentro de alguno de ellos. Flores para los muertos, flores para la memoria, flores para no olvidarnos nunca de los sucesos atroces que allí ocurrieron.

Al parecer, esta escultura fue creada por dos autores, cuyos nombres son Gyula Pauer y Can Togay. Lleva ahí instalada desde el año 2005 y no sé cómo sería antes pasear por la orilla derecha del río Danubio en Pest, mientras esta escultura no estaba allí. Pero desde que está instalada, la primera vez que la veas, te impactará profundamente. Y un paseo por esa orilla del Danubio ya no podrá ser nunca lo mismo.

Yo desconocía su existencia, nunca había leído sobre ella, nunca nadie antes me había hablado de ella… Por eso, al encontrármela de pronto, sin esperarla, al lado del río, frente al edificio del Parlamento, te sobrecoge aún más. Creo que es prácticamente imposible que alguien visite Budapest y no termine paseando precisamente por este lugar, frente al edificio más característico de la ciudad: el Parlamento. Y, consecuentemente, no termine paseando al lado de los zapatos, los mire primero con escepticismo, luego con curiosidad…  Y cuando conozca su historia, la terrible historia a la que hacen homenaje y que no quieren en modo alguno olvidar, es imposible que no se sobrecoja y quede profundamente impactado.

Hay sin duda lugares más bellos en Budapest, pero creo que no hay un lugar más impactante que éste, que se quede más grabado a fuego en lo más profundo del alma. O al menos, yo no lo encontré en mi viaje a esta ciudad.

Pero el recuerdo de este lugar subsiste a través de los años. Echo a volar atrás mi memoria, desempolvo mis recuerdos sobre mi viaje a Budapest y siento que ha sido ayer cuando vi aquellos zapatos por primera vez, cuando conocí su terrible historia… Y no, han pasado más de tres años, pero hay experiencias, recuerdos, que se quedan grabados a fuego en nuestra memoria. Y éste es, sin lugar a dudas, uno de ellos.

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3 comentarios:

  1. La verdad es que sí, tiene que ser impactante. Me ha recordado un poco a la plaza de los héroes del guetto, en Cracovia, que tiene sesenta sillas metálicas ocupando toda la plaza, y representan las pertenencias que les quitaban a los judíos cuando precisamente allí subían a los trenes que los llevaban a Auschwitz, entre otros sitios. También me dejó el corazón encogido...

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  2. Tienes que escribir sobre ese lugar, Espe. Para que los que no hemos estado en Cracovia lo sintamos a través de tus palabras.

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  3. Realmente sobrecogedor... pero me parece bien que ciertas cosas no se olviden para que no vuelvan. Bss

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