EL REGRESO DE WILLIAMS B. ARRENSBERG, EL VIAJERO DE ÚRCULO

 Dicen de Oviedo que es la ciudad de las mil y una estatuas. No es falsa su fama, ya que por lo menos hay un centenar de ellas adornando cada uno de sus rincones. Algunas por cierto son maravillosas y están llenas de encanto.

 Sin embargo, existe una estatua especial, la estatua llamada popularmente El viajero aunque en realidad guarda una curiosa historia a sus espaldas. El verdadero nombre de esta estatua es El regreso de Williams B. Arrensberg y representa la figura de un viajero que, ataviado con un abrigo y un sombrero, y rodeado de maletas, parece que acaba de llegar a Oviedo después de hacer un largo viaje. 

La escultura la hizo Eduardo Úrculo, un escultor y pintor de nacimiento vizcaíno pero corazón asturiano,  cuya obra, de formas y colores rotundos lo convirtió en uno de los exponentes de la pintura pop en nuestro país. Trabajó muchos registros pero esos sombreros tan característicos (como el que lleva el propio Williams B. Arrensberg) y sus maletas se convirtieron en su verdadera marca de identidad. 
La escultura de El Viajero retrata al que fuera su amigo Williams B. Arrensberg, quien tiene una historia que contar tras su silencio de bronce y tiempo detenido, mientras parece que acaba de llegar y que contempla la única torre de la Catedral de Oviedo por vez primera. 

Quizá sea mejor que demos la palabra al propio Williams B. Arrensberg: 

Mi nombre fue Williams B. Arrensberg y se dijo de mí que fui un escritor maldito, arisco, solitario, bastante insociable y viajero empedernido. Hay quien me relaciona con otros escritores malditos de otros tiempos, como Baudelaire, aunque en mi opinión, poco o nada tengo que ver con ellos. Digamos que simplemente fui una persona con un marcado carácter independiente, que nunca me gustó bailarle el agua a nadie, pero que de mi carácter, que llaman arisco, se ha fabulado más que otra cosa.
Además, aunque parezca extraño, nunca publiqué nada. Y a pesar de eso, hay quien me tiene por un buen escritor, si es que eso es siquiera posible.

 Pero perseguí una idea durante toda mi vida, hasta el día de mi muerte, cuando mis piernas hacía ya mucho tiempo que se habían parado y me veía encerrado dentro de una silla de ruedas. Hasta aquel último día, aquel momento en que un infarto paró mi corazón en pleno parque de Central Park, en el corazón de Manhattan, seguí buscando la flor que me había enamorado en mi juventud, de la que tantas veces había hablado y tantas otras había escrito.

Mi flor, aunque no todos lo crean, existió de verdad. Yo mismo la sentí, la vi, inspiré su aroma único… pero tal como apareció, desapareció también de mi vida. Me dediqué toda mi vida a recorrer los parques y jardines del mundo, en su búsqueda, tratando inútilmente de aprehender de nuevo su aroma, de contemplar otra vez su belleza misteriosa y única, pero no lo conseguí. Aquella mujer convertida en flor que un día me rozó los labios y me dejó su aroma bajo mi piel, su intensidad en el fondo de mi alma… Aquella mujer, aquella flor, que me obsesionó todos y cada de los segundos que me quedaban por vivir, pero que nunca pude volver a ver.

 Ella llenó frases y hojas de esa novela fragmentada que llamé Eternity at Central Park, quizá presagiando que mi eternidad se cumpliría precisamente en ese lugar y en ese parque. Quizá sufrí aquel infarto por volver a verla, volver a sentirla, volver a rozarla siquiera…

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 Pero volvamos a la estatua que mi amigo Úrculo hizo a mi imagen y semejanza… Es cierto que nunca permití que nadie me retratase en vida, quizá por eso sorprendió tanto que le diese permiso a mi amigo Eduardo Úrculo para que me convirtiese en estatua, creando un mito de mí mismo, que permanecerá en forma de bronce bajo las mil y unas lluvias de la ciudad de Oviedo. No hay nada extraño en ello, a veces, las personas cambiamos de opinión, o lo hacemos una única vez y por razones que sólo nosotros conocemos y que no creo que deban ser proclamadas a los cuatro vientos.

 Además, la mayoría de quienes contemplan la estatua que Úrculo hizo de mi persona, ni siquiera me conocen. Esta estatua es conocida popularmente como El viajero y así debe seguir siendo. Al fin y al cabo, yo no fui ni más ni menos que un viajero que intentó vivir intensamente y a su modo, descubriendo los rincones del mundo que tuve oportunidad de visitar. Mi atuendo, casi siempre con maletas alrededor y mi sempiterno sombrero que me regalase en su día el gran Arthur Miller, no se aleja tanto de la efigie de cualquier viajero de la época. Al llegar a un lugar como Oviedo, era inevitable además que llevase uno de mis abrigos y un paraguas para la lluvia.

No hace falta que nadie conozca mi nombre. Yo fui como tantos otros viajeros del mundo. Y esa estatua representa a cualquier buen viajero que se precie. En mitad del camino, con su equipaje y sus sueños, con una historia que contar, aunque la calle para siempre.

 Hay quien dice que surgen demasiados interrogantes al verla. ¿De dónde viene?, ¿A dónde irá?, ¿Acaba de llegar?, ¿O está a punto de marcharse?, ¿Dónde está?, ¿Qué guardan las maletas?, ¿En qué otros lugares habrá estado?, ¿En cuántos otros lugares estará?, ¿cuánto tiempo se quedará?, ¿cuándo emprenderá de nuevo viaje a lejanas tierras?

 Todas esas preguntas, como tantas otras cosas en la vida, serán siempre incógnitas para quien se las formule. Un viajero casi siempre esconde una o mil historias en sus maletas. Podría contarte muchísimas historias sobre las ciudades que ha visitado, las ciudades que visitará, de las cosas que ha conocido allende los mares. O quizá podría hablarte de una obsesión, un recuerdo que ha marcado su vida: el aroma y la presencia de esa flor única, bella e infinita que nunca más ha vuelto a encontrar, por muchos años que han pasado y tantos escenarios recorridos a lo largo del ancho mundo.

Pero su secreto, se irá con él a la tumba, o se quedará colgado de un eterno interrogante que se planteará el caminante que contemple su rostro, convertido en estatua de bronce. 

5 comentarios:

  1. Pues no sabía yo exactamente de quién era esta estatua...

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  2. Me llamó la atención la estatua (tengo fotos) pero no sabía su historia

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  3. Estuve hace tres años viéndola con una amiga de allí, pero me contó la historia muy por encima, así que me ha venido genial.
    Un beso!

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  4. Pues no sabía yo su historia... Y tengo hasta una fotito con este Viajero... Gracias!
    Besotes!!!

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  5. Muy interesante.
    He llegado a tu blog buscando información del Viajero de Úrculo. Hemos estado en Gijón en la Vespaniada y nos acercamos a Oviedo. Me llamó la atención la escultura y al llegar hoy, me he puesto a buscar infornación y he llegado hasta aquí.
    Quería pedirte permiso para citar tu enlace cuando publique la foto.

    Te dejo mi correo. laume74@gmail.com

    Un beso desde Béjar.
    Laura.

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