LA MUJER DESVENCIJADA

Llego tarde… Lo sé. Pero tampoco me he dado mucha prisa en escribir la reseña sobre esta obra ya que, al fin y al cabo, fui a verla la última semana que estuvo en escena. Por ello, una vez finalizadas sus representaciones en el Teatro Valle Inclán (una de las sedes del Centro Dramático Nacional), no tenía mucho sentido darse mucha prisa en escribir la reseña correspondiente.
Las representaciones de Nada tras la puerta en el Teatro Valle Inclán tuvieron lugar entre el 20 de septiembre y el 20 de octubre pasados.
NADA TRAS LA PUERTA.
Así que, extemporáneamente, aquí vengo a hablaros sobre mi experiencia con el montaje teatral de Nada tras la puerta, la obra elegida por el Centro Dramático Nacional para abrir su temporada en el Teatro Valle Inclán. Este montaje se basa en casos reales obtenidos a partir de reportajes periodísticos que tienen a la mujer como víctima de conflictos de muy diversa índole: sexuales, socioculturales, raciales…

La verdad es que el montaje en sí está francamente bien, pero resulta sumamente difícil de deglutir y asimilar. Sobre todo porque las historias que se cuentan en él suceden cada día en este 
mundo difícil.


Asistimos a una separación física entre lo que podríamos llamar opresores y oprimidos.

En la mano izquierda del escenario vemos a tres personas, pertenecientes a una clase social alta, que ven un partido de fútbol en el televisor, recostados en lo que pretende ser un hogareño y confortable salón. Parece que la cosa no va con ellos, aunque en determinados momentos sus personajes se desdoblan, pasando al otro mundo, el de las mujeres oprimidas y vilipendiadas, mostrando allí su cara más terrible.

A mano derecha, cuatro actrices que representan todas las caras heridas de una mujer: niñas víctimas de violaciones, guerras, repudio, odio y horror, en manos de hombres blancos que las consideran objetos de usar y tirar y las dejan luego arrinconadas y desvencijadas, pobres muñecas rotas.

ACTRICES (Y ACTORES) SOBRE EL ESCENARIO.

Este montaje resulta arriesgado. Estamos hablando de situaciones tan delicadas, tan complicadas y tan reales que son capaces de levantar ampollas por sí mismas y que deben ser tratadas con una extrema sensibilidad. Por ello, las almas que los interpretan, actores pero sobre todo actrices que les dan cara y voz, se hacen imprescindibles y son la razón por la cual este espectáculo puede funcionar y no convertirse en algo zafio (lo de terrible ya lo lleva intrínseco).

Además, dispone de una escenografía y un vestuario completamente bellos y livianos que hacen que casi se toque un aura o un resplandor, a pesar de las historias miserables que se narran.

Las sensaciones y sobre todo las emociones son encontradas, pero florecen en el espectador a cada instante. La música de Mikhail Studyonov, que al piano interpreta las Variaciones Goldberg de Juan Sebastián Bach narra con hermosura historias terribles y miserables.

El elenco está conformado por siete actores: cinco actrices y dos actores. Huelga decir que tanto los textos como el montaje son absolutamente femeninos y es la mujer, rota, desvencijada, herida, ultrajada, la que tiene el verdadero protagonismo.

Nos resultarán familiares muchos de los rostros de las actrices. Sin ir más lejos, Carolina Lapausa, a quien recordaremos por sus papeles en La Señora y La República realiza una interpretación magistral, llena de sensibilidad. En un momento determinado, cuando acepta su aciago y único destino posible, hace que el espectador note cómo se le eriza el vello y el alma.

También recordaremos de sus trabajo televisivos a Ángela Cremonte, con esa mirada dulce y esa cara de ángel. Yo la recuerdo recientemente de series comoHispania, su secuela Imperium y también de Gran Reserva. Ángela Cremonte interpreta a una mujer que intenta por todos los medios vengar la violación de su madre, matando a su padre.

Marta Larralde y Sandra Ferrús también me resultaban familiares, aunque no tanto como las anteriores. La mirada dulce de Marta Larralde pasa de la esperanza a la decepción más absoluta, a la melancolía y tristeza llevadas al extremo. Por su parte, Sandra Ferrús tiene un momento culmen, cuando le explica a su hijo las razones para abandonarlo. Son escenas que te cortan la respiración.

Las cuatro actrices anteriores conforman el mundo de los oprimidos, de las mujeres vilipendiadas y desvencijadas.


En el otro lado, el de los opresores, encontramos a una mujer y dos hombres. La actriz es Lidia Navarro, también un rostro televisivo, que interpreta a una mujer que no es capaz de amar a un hijo que no es su hijo, con una frialdad escalofriante que, una vez más, nos deja sin respiración. Lidia es la única que cruza de un universo al otro.

Los dos hombres, en esta función tan marcadamente femenina, son Josean Bengoetxea y Alfonso Torregrosa. No me resultan demasiado conocidos ninguno de ellos, he podido leer que ambos han participado en Amar es para siempre, pero desde el renombramiento de esta serie he dejado de seguirla. Ambos dan vida a diversos personajes masculinos de muy diversa índole y que sorprenden.


Mención especial merece la escenografía y la iluminación de esta obra. Si ambas suelen ser importantes en un montaje teatral, en este caso me aventuro a decir que con una escenografía y una iluminación no tan logradas como ésta, la obra no podría ser la misma.

La cercanía que nos ofrece además el escenario de la Sala Francisco Nieva en el Teatro Valle Inclán hace que aún sientas con más fuerza todo lo que esta obra te transmite, que además es muchísimo. Y te puede dejar en algunos momentos prácticamente noqueado.

Es una propuesta arriesgada y bella, pero que no puede dejarte indiferente. Es capaz de hacer surgir en ti todo tipo de sensaciones, muchas veces absolutamente encontradas. 


LA EXPERIENCIA DE ITACA.

Me ha gustado esta obra de teatro y me ha dejado muy tocada; de hecho, me ha costado ponerme a escribir esta opinión, porque para ello tenía que ordenar previamente mis ideas y sentimientos. Y ordenar sentimientos que fluyen con una obra como ésta resulta sumamente difícil. Porque son muchos, muy encontrados y muy profundos.

Sin embargo, como podréis haber adivinado esta obra me ha gustado y me ha impactado a partes iguales. Hacía mucho tiempo que no veía algo tan bello y a la vez tan terrible. Es un tema (o mejor dicho muchos temas condensados en una misma realidad) muy duro. Y resulta sumamente difícil hablar de ello, expresarlo sobre las tablas de un teatro y hacerlo de un modo tan bello y tan respetuoso como consigue este montaje bajo la dirección de Juan Cavestany.

Creo que el elenco está muy bien elegido y todos, en su único o múltiples papeles, lo hacen francamente bien, en un derroche de sensibilidad artística que hace que al espectador se le erice la piel.

Pero esta obra no sería la misma sin su excelente escenografía, atrezzo e iluminación. La hacen algo especial, la envuelven en un halo de luz en medio de la miseria y la oscuridad más terrible de las historias que cuentan a lo largo de cada escena.


No sé si van a hacer gira fuera de Madrid, sus representaciones en el Teatro Valle Inclán finalizaron hace un par de semanas, aunque teniendo en cuenta que el Centro Dramático Nacional está repitiendo este año algunos de los montajes que triunfaron el año pasado, es muy probable que en algún momento vuelva a representarse incluso en el propio Centro Dramático Nacional. Si es así y tenéis la oportunidad de ir a verla, mi recomendación es que la aprovechéis y no la dejéis pasar. Merece realmente la pena, aunque resulta dura y te dejará tocado, tiene una sensibilidad sutil y a la vez abrumadora.

Sobre todo, no debemos perder de vista el hecho de que historias tan duras y tan difíciles como las que se narran en Nada tras la puerta suceden cada día. Y no por ser habituales resultan menos miserables. Algunas de ellas suceden lejos, pero otras quizá más cerca de lo que muchas veces somos capaces de creer.


Asistir a un espectáculo como éste hace que luego le des vueltas, lo pienses, lo interiorices, y que no te quedes de brazos cruzados.

Palabra de Itaca teatrera.


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