SER MINIMALISTA POR ENTREGAS, PARTE 2: MINIMALISMO Y MEDITACIÓN


Probablemente existan definiciones mejores para la meditación, pero al fin y al cabo meditar significa coger tus pensamientos, sentarte con ellos, y simplificarlos evitando que te preocupen. No existe la mente en blanco como creen algunos, pero a través de la meditación aprendes técnicas que con ejercicio continuo se convierten en hábitos y que te hacen enfocar tu vida de otra manera (y mejorarla).

Si los monjes budistas renuncian a todas sus posesiones y se dedican a meditar, será por algo. Al no tener cosas, tampoco tienen que preocuparse por ordenarlas, limpiarlas, organizar su armario y encontrarlas, porque lo cierto es que cuando tienes tantísimas cosas frecuentemente no sabes dónde están. Si empiezas a vivir con menos cosas, tu mente se calma más. Si vives con menos preocupaciones, podrás hacer más cosas y mejor; si consigues alcanzar tus objetivos, te sentirás más realizado.

He leído hace poco el libro El arte de ser minimalista, de Everett Bogue. He podido sacar bastantes conclusiones de su lectura y una de las partes que más me ha gustado es precisamente aquélla que se refiere a la meditación, o a la tranquilidad en tu día a día. Como ya os conté, estoy metida de lleno en un curso de 8 semanas sobre Mindfulness y la meditación, la concentración, el bajar el ritmo es algo que puede ayudarnos mucho. Y en ésas estoy ahora mismo. Comparto con vosotros una de las cosas que más me han gustado del libro de Bogue, un minimalista que dejó su trabajo y su ciudad, Nueva York, para ir por el mundo trabajando por internet, viviendo donde quiere en cada momento y llevando una vida más simple pero también más sana y feliz (minimalista).


16 trucos simples para despejar tu mente

Una mente llena de preocupaciones es uno de los mayores obstáculos de la vida y sin embargo nuestra mente (al menos la mía) se pasa la vida saltando de tema a tema, de preocupación en preocupación, a la velocidad de la luz. El cerebro es muy útil y nos ayuda a conseguir cosas increíbles, pero muchas veces se obstina en no callarse. La mente a menudo se encalla en un problema y entra en un círculo vicioso de negatividad que te impide conseguir tus metas. Pensar demasiado puede llegar a ser igual de malo que tener demasiadas cosas. Pon en tu calendario tiempo para intentar liberar tu mente. No es necesario que tu mente esté llena de pensamientos a todas horas, sino que la mente debería estar quieta para que las acciones lleguen a su pleno potencial.

Siéntate en silencio

Pon una almohada, una manta doblada o una esteriila enrollada  en el suelo, apaga las luces y siéntate por 15 minutos. Escucha la conversación en tu mente e intenta no interactuar con ella. Intenta sentarte más tiempo cuando tengas un poco de práctica y también repetir estos pequeños momentos de silencio a menudo en tu día a día.


Da un paseo

Meditar mientras te das una vuelta es el mejor camino para calmar tu mente. Hay algo en la repetición del movimiento de poner un pie ante el otro que es muy relajante. Anda durante 20 ó 30 minutos sin destino fijo, disfrutando del paseo y las sensaciones, tu mente se calmará mucho.



Escribe

Abre un cuaderno, coge un boli y entrégate a la corriente de escribir hasta que el oleaje de tu mente se haya calmado. En muchas ocasiones, el hecho de ordenar las ideas, pararnos a identificarlas y escribirlas nos hace estar mucho mejor y ver las cosas desde otras perspectivas.


Ríete

En general la vida suele ser bastante ridícula y necesitas un poco de sentido del humor y en ocasiones aceptar la locura. Ríete de los pensamientos de tu cabeza. Con algo de suerte, riéndote te darás cuenta que tus pensamientos no son tan serios, y tu mente se relajará.


Respira profundamente

Inhala y exhala muy profundamente por 10 minutos. Toma cada respiración lenta y deliberadamente. Tu mente se calmará a partir de la décima exhalación. No sé si ocurre a partir de la décima pero respirar profundamente es una de las actividades que generan más sosiego.  


Muévete más despacio

Rebaja el ritmo, empieza a prestar atención a cada acción. Fíjate en cada movimiento que haces desde el principio hasta el final. Todo ello ayudará muchísimo a tu a tu mente a enfocarse en la tarea del momento y calmará la conversación interna.

Habla con alguien

De vez en cuando la mejor manera de calmar la mente es hablar y compartir tus pensamientos con otra persona. No transmitas tu frustración, porque eso sólo producirá otra persona frustrada. Simplemente cuéntale sin acritud lo que pasa por tu mente y tal vez juntos encontraréis una solución.


Tira tu lista de cosas pendientes

De vez en cuando la lista de ToDo se hace tan larga que resulta abrumadora. Hay tantas cosas que hacer en tu día a día que parece que nunca llegarás al final. ¿Por qué no dejar de hacer algunas de ellas? Una de las habilidades más importantes de cualquier persona es aprender a dejar las cosas cuando es hora de no seguir adelante. Tómate el tiempo de abandonar y tu mente te lo agradecerá.


Acuéstate en el suelo

Donde estés, interrumpe lo que estás haciendo y déjate caer. Asegúrate que no haya nada con que puedas tropezar. Entonces quédate acostado en el suelo por 15 minutos y respira.


  Hazte un sándwich.

La acción de preparar con atención una comida sencilla (un sándwich, una ensalada etc.), colocar el pan, cortar unas hojas de lechuga y un tomate, preparar el jamón y el queso… puede ser una buena manera de calmar tu mente. Si focalizas tu atención en cada uno de los pasos y no corres, cuando comiences el primer bocado tu mente estará silenciosa.


Lava los platos

Los profesores budistas adoran lavar los platos y al parecer tienen buenas razones para ello, ya que el acto de limpiar lentamente un plato después del otro, secarlos y colocarlos es una manera muy poderosa de enfocarse y calmar la mente. La llegada del lavavajillas nos ha privado de un ritual que podríamos aprovechar a nuestro favor.


 Date un baño

Entra en la ducha y deja fluir el agua caliente. Puede ser la limpieza profunda de tu mente. No te apresures, deja que el agua corra por tu cabeza por tu cuerpo. Una ducha caliente, especialmente justo antes de dormir, puede calmar hasta las mentes más frenéticas.


 Enciende una vela

Observar el movimiento de una vela es una manera muy buena de calmar los pensamientos. Pon la vela cerca de un lugar donde puedas sentarte cómodamente. Enciéndela y mira como se deshace la cera.


 Escucha música relajante

No hay nada tan calmante como la música para silenciar el cerebro. Pon música suave, mejor sin palabras, y observa como tus pensamientos se van silenciando poco a poco.


Practica una postura de yoga

Otra manera de sosegar la mente es ponerte hacia abajo.


Deja ir los problemas

En algunos momentos es posible que estés pensando en algún problema que no consigues resolver y del cual sabes que no hay solución, y que nunca lograrás lo que quieres lograr. Dile a ti mismo que no lo harás. Que está bien así, ya que lo has intentado. Abre espacio para una nueva meta ambiciosa y deja esta antigua abandonarte.



Algunos de estos consejos me resultaron curiosos (nunca le había visto la parte positiva a lavar los platos por ejemplo), pero la verdad es que la mayoría de ellos son útiles, los puedes hacer de un modo relativamente fácil en tu día a día y te ayudan a bajar el ritmo y estar mejor contigo mismo y con el mundo.

Yo suelo ir a toda velocidad por la vida. Mira que intento bajar el ritmo, pero reconozco que me cuesta mucho. Pero lo que sí he logrado es empezar a dar pequeños pasitos. Por ejemplo, bajar el ritmo de vez en cuando y hacer movimientos lentos, ir tranquilamente andando de mi casa al garaje, parar, focalizarme en hacer algo... Poco a poco. 

Y tú, ¿crees que vives demasiado rápido? 

Ser Minimalista por entregas. Parte 1: Cosas

SER MINIMALISTA POR ENTREGAS. PARTE 1: COSAS

Mi interés por el Minimalismo va en aumento desde hace tiempo, especialmente por la parte en la que si consumes menos, necesitas menos y por tanto tienes más tiempo y más espacio para ti. Últimamente estoy leyendo varios libros sobre minimalismo. Algunos de ellos, como La magia del orden (de la que os hablé aquí) se basa en tener muchas menos cosas y en aprender a ordenarlas. Pero estoy descubriendo que el Minimalismo es una auténtica filosofía de vida que pasa por tener menos cosas pero que tiene muchas más implicaciones a nivel personal, laboral, emocional…

El Minimalismo, como casi todo en la vida, parecer ser la búsqueda de tu propio camino. Los libros que leo tienen en común darte algunas pautas o directrices para lograrlo (casi todos los libros de cualquier disciplina se basan en eso), pero luego está la conciencia crítica de cada uno. Quizá el Minimalismo no sea tu camino, pero creo que hay algunas cosas dentro de él que nos pueden ayudar a cualquiera. Y en este post quiero compartir algunos de mis aprendizajes sobre la vida o la filosofía minimalista, en concreto sobre las cosas (aunque el Minimalismo se extiende más allá de lo material, mi idea es ir publicando varios posts con los aprendizajes sobre diferentes áreas minimalistas).


Consume lo que necesitas

En este principio se engloban varios puntos, desde tener muchas menos cosas hasta que tus cosas sean de mejor calidad (piensa quién las crea, qué valor tienen, qué salario percibe quien las ha hecho).
Lo cierto es que si tienes menos cosas tendrás más espacio y más tiempo. Más espacio para vivir mejor y sin agobiarte por tener torres de cosas que ni te caben ni te sirven para nada. Y más tiempo porque no desperdiciarás tanto tiempo en limpiar, buscar, ordenar…
Pero también tendrás más dinero disponible. Si no gastas tanto en todas esas cosas que no necesitas, gastarás mucho menos dinero, tendrás más dinero disponible y te puedes plantear también trabajar menos o en otras cosas que te apasionen más, aunque no te den tanto dinero a cambio.
Al final, llegas a la inevitable conclusión de que consumir más y tener más cosas no te hace más feliz. Más aún, tener más tiempo libre y poder disfrutar de él como quieres sí te dará mayor felicidad.

A este respecto, los autores que hablan sobre minimalismo nos dan muchos consejos que van desde la lista de las 100 cosas (que todas tus posesiones no superen las 100 cosas) hasta el esperar 30 días a comprar algo (muchas veces te das cuenta si dejas pasar ese tiempo que no necesitabas esa cosa en cuestión), pasando por los días sin consumir, tirar una cosa cada día y un largo etcétera de tácticas.

Lo cierto es que detrás de todo ello viene una gran y única pregunta: ¿qué necesitas? Quizá necesites tener 1.000 libros, 10 abrigos, 3 coches, 1 colección de 800 sellos y 8 juegos de sábanas. Quizá.
Yo crecí en una casa con miles de libros y aunque sigo teniendo un sentimiento especial hacia el papel impreso, así como guardo libros que son verdaderos tesoros para mí (aunque en realidad no valen nada, no estoy hablando de incunables precisamente), hace tiempo que me he pasado al formato electrónico. He coleccionado a lo largo de mi vida un montón de cosas inútiles y he ido acumulando cosas sin control. Probablemente tengo 10 abrigos (quizá no abrigos como tal, pero sí chaquetones, plumíferos y otras prendas de abrigo, he perdido la cuenta de lo que tengo) y hay muchas cosas en mi casa duplicadas, triplicadas, quintuplicadas… ¿sigo? Me doy cuenta de que en realidad no necesito más de la mitad de las cosas que tengo, de hecho hay un gran número de cosas que ni siquiera recuerdo que tengo.


Y sin embargo, me siento vinculada emocionalmente a esas cosas. No a todas, pero sí a muchas de ellas. Sin embargo, según va pasando el tiempo y lo voy pensando, voy siendo capaz de deshacerme de muchas cosas, a veces en rondas posteriores. Y también de plantearme, antes de comprar algo, si realmente lo necesito.

No sé si habréis visto un programa que ponen en Divinity por las tardes y que se llama algo así como Mini Casas. Sí, ya sé que soy una rara avis, que no ve prácticamente la tele y luego se dedica a ver cosas de lo más raras. Pero el tema decoración parece que está de moda (como el de cocina), pero me gusta el concepto mini casas. Es un programa estadounidense que demuestra otra forma de consumo. Curiosamente, en USA creo que hay dos tipos diametralmente opuestos de personas: quienes creen que el sueño americano consiste en tener una casa enorme con jardín, garaje, dos coches, dos niños, un perro y muchísimas cosas; y quienes abandonan sus casas grandes y caras por irse a una mini casa, en ocasiones incluso abandonando sus trabajos y la gran ciudad, en pos de una vida más tranquila.



Las mini casas las hay de todo tipo, desde cajas de cerilla de 20 metros cuadrados donde yo no me vería viviendo en familia (y eso que viví tres años y medio en un estudio de 27 m2, pero estaba yo sola); hasta casas de 50 metros y más, que yo no catalogaría como mini-casas. Pero en cualquier caso la filosofía suele ser la misma, pasar de vivir en casas de 200 metros cuadrados (es increíble el espacio que tienen en algunos lugares estadounidenses) a casitas más pequeñas, con menos cosas, con menos gastos, menos coste de adquisición y de mantenimiento y que te permite vivir mejor, tener más tiempo e incluso trabajar en algo que te guste aunque ganes menos (eso debe de formar parte de un tipo de sueño americano). Como curiosidad, os diré que muchas de esas personas que se trasladan a mini-casas lo hacen para ahorrar y poder viajar por el mundo, me parece un propósito vital estupendo.

Y hasta aquí mi reflexión minimalista de hoy, ¿realmente necesitas todo lo que tienes?, ¿te hace feliz?, ¿serías más feliz con menos cosas? 

Ser Minimalista por entregas. Parte 2: Minimalismo y Meditación

LECTURAS INSPIRADORAS 3: LA MAGIA DEL ORDEN, MARIE KONDO: EL MÉTODO KONMARI

Al fin he hecho caso a mi amiga Esther y he leído La magia del orden, de Marie Kondo, un libro que además de ser un best-seller mundial tiene mucho que aportarnos sobre el orden, la simplicidad y la eficiencia en nuestro entorno, y por ende en nuestra vida. Soy un desastre con patas, mira que en los últimos tiempos he intentado volver más ordenada, pero estoy lejos de conseguirlo, así que lecturas como ésta me resultan muy inspiradoras, especialmente por el hecho de que, de un tiempo a esta parte, tengo la certeza (ha dejado hace tiempo de ser sensación) de que vivo con demasiadas cosas (y la gran mayoría del tiempo están desordenadas).

Marie Kondo nos cuenta en este libro que cuando consigues tener tu casa realmente ordenada, sientes cómo se ilumina tu mundo. No estoy segura de si esa magia cuasi-onírica existe, porque entre otras cosas aún no he conseguido tener mi casa ordenada, pero sí creo que muchas de las cosas que se dicen en este libro (ojo, no todas, porque algunas se las traen y además no las comparto) pueden ayudarnos mucho a vivir mejor.  Tiene gran parte de razón cuando dice que si ordenas tus cosas estás ordenando tu propia vida y tu pasado, de manera que puedes entender con claridad qué necesitas y qué no.

La autora de este libro lleva años desarrollando un trabajo que consiste en ayudar a la gente a ordenar sus casas, y por ende su vida. Una filosofía muy zen y muy japonesa que quizá nos viniese bien por estos lares. En cualquier caso, me han gustado muchas de las cosas que cuenta en su libro y por eso me animo a compartirlas aquí con un pequeño resumen.


Paso 1: Desecha

Uno de los grandes errores cuando nos ponemos a organizar u ordenar nuestras pertenencias es que sólo pensamos en cómo colocarlos o ubicarlos mejor, para que quepan más o que tengan mejor presencia. Pero sin duda lo primero que debemos pensar es si realmente necesitamos todo lo que tenemos (yo estoy segura de que no, por lo menos en mi caso). Y una vez que hayamos contestado a esa pregunta eliminar todas aquellas cosas que no tienen cabida en nuestra vida. En esta primera etapa, Marie Kondo nos dice que sus clientes llegan a deshacerse de 45/50 bolsas grandes de basura, lo que conlleva cientos de kilos y a veces miles de cosas. Es alucinante todo lo que acumulamos.


Paso 2: ¿Te hace feliz?

La siguiente pregunta que debemos hacernos a la hora de deshacernos de todo lo que nos sobra es coger una por una cada una de nuestras pertenencias y preguntarnos si realmente esa “cosa” en concreto nos hace feliz. Si no te produce alegría, no debe estar en tu vida.

Ojo, seamos razonables, a mí no me producen ninguna alegría las sartenes de mi cocina, pero obviamente tienen un sentido práctico. Ante ello, puedo desecharlas y comprarme otras que me gusten más (aunque esto vaya en contra de todas las teorías sobre el minimalismo y el consumo responsable, reconozco que hace años tuve unas sartenes de color morado que me enamoraban), o al menos revisar si todas las sartenes que tengo en mi casa realmente me sirven y las uso. He puesto el ejemplo de las sartenes, cuando en realidad no me he puesto a revisarlas y además la cocina es un territorio compartido con mi marido, que no estaría de acuerdo en quedarnos con dos sartenes, dicho sea de paso. Pero a buen entendedor… muchas veces tenemos cinco sartenes, o cinco cosas de cualquier otra índole, parecidas o que no usamos. Es el momento de verles la utilidad y no quizá en el tema sartenes, pero sí con la ropa, los objetos personales, los libros etc., descubrir si realmente ese objeto te hace feliz. Porque nadie necesita tener miles de libros en casa (creedme, la biblioteca de casa de mis padres tenía fácilmente cuatro mil volúmenes, y yo crecí allí), pero quizá algunas cosas que no uses y que en realidad no sean útiles te hagan felices. Y esas cosas se quedan.


Paso 3: Ordena por categorías

Cuando leí esto me pareció un buen consejo. Te pones a desechar, ordenar, organizar… ¿por dónde empiezo? Pues bien, las categorías que la autora nos recomienda van por este orden: empieza por la ropa, continúa con los libros, los papeles, objetos varios y termina con las cosas que tienen un valor sentimental o especial para ti. Se supone que este orden te lleva a desechar y ordenar primero las cosas más sencillas y luego las que te resultan más difíciles de eliminar, de manera que cuando llegues a ellas, las verás de otra manera y estarás mucho más preparado para ordenarlas y desechar parte de ellas.

En el tema de la ropa, he de decir que yo creía que era una persona con poca ropa, nunca he tenido los cinco armarios llenos que tienen otras personas, y en mi casa jamás se ha hecho eso del cambio de temporada, toda mi ropa cabe en mis armarios y mi cómoda. Pero aunque el año pasado vendí por aplicaciones de segunda mano parte de mi ropa, también es cierto que compré muchas otras cosas. Y aunque mi ropa está bastante ordenada (sobre todo teniendo en cuenta cómo estaba hace un tiempo), en realidad me he dado cuenta de que tengo muchas cosas que no uso, que tengo para por si acaso, que ya no me gusta, o no me queda bien, o sigue por ahí…

En el tema libros, hace años era incapaz de deshacerme de ninguno de ellos. Creo que también he evolucionado mucho en este aspecto, comenzando por el hecho de que hace tiempo que me pasé al libro electrónico. Sigo estando enganchada al olor de las páginas de un libro nuevo y por supuesto que me encanta tenerlos, pero Marie Kondo tiene razón en que tener libros durante años cogiendo polvo en una estantería no produce ninguna felicidad. Y si revisas tus estanterías, hay decenas de libros que no te dicen nada, que leíste y no te gustaron, o dejaste a medias, o nunca llegaste a leer. Todos esos: fuera.

De la parte de los papeles, ya ni hablamos… He siete u ocho bolsas con cosas increíbles, sobre todo porque no puedo entender por qué los he mantenido durante años. Y en cuanto a los objetos personales, hay de todo. Muchos de ellos, si aplicas la regla de la utilidad, el uso real y la felicidad, se van fuera. Pero otros de ellos, por la felicidad se quedan.


Consejo 1: Hazlo todo de una vez

Seamos sinceros, no dudo que si esta chica asiste a gente en sus casas, se pongan a desechar cientos o miles de cosas en unas horas y lo consigan. Pero en una vida normal, con hija, y sin poder dedicarte por entero a ello, es francamente imposible. Tampoco dudo que poniéndote a fondo con ello conseguirás muchos más resultados, pero en mi caso, voy por tandas. Probablemente ni sea tan eficiente ni logre cambiarme (la plasticidad del cerebro), pero lo hago lo mejor que puedo o que las circunstancias me dejan. Eso sí, en estas últimas semanas me siento muy orgullosa por haber ordenado unos cuantos armarios, muchos cajones y algún que otro rincón de mi casa. Me queda muchísimo por hacer, mucho más de lo que he hecho hasta ahora, pero al menos en mi caso no queda otra que el piano piano. Marie Kondo sostiene  que si haces un poco cada día nunca acabarás, esperemos que no tenga razón.


Consejo 2:  No utilices productos de almacenaje

No sé si estoy muy de acuerdo con ello, Marie Kondo insiste en que utilicemos cajas de zapatos, pero qué queréis que os diga, las cajas de almacenaje de Ikea para cajones por ejemplo a mí me van fenomenal. Especialmente en los cajones de mi hija, que tiene mucha ropa pequeña y que me permiten ordenar muy bien. Creo que para productos pequeños son ideales y se adaptan exactamente a las dimensiones de los cajones (también de la tienda sueca obviamente).


Consejo 3: No dejes que te vea tu familia

Yo creo que con este consejo la autora se refiere sobre todo a adolescentes que pueden preocupar a sus padres. Con gente adulta que vive en su propia casa, no creo que esto tenga mucho sentido. Tú puedes sentirte libre de tirar lo que te dé la gana sin dar explicaciones a nadie siempre que sean tus cosas. El problema se plantea con las cosas que no son tuyas en exclusiva y con las cosas de los demás (sobre las que no debes tener poder de decisión).


Consejo 4: La ropa no sabe de temporadas

Este consejo también me lo tomo con pinzas porque comparto lo de no tener maletas de ropa que suben y bajan al trastero, o a los altillos, cada temporada. Yo tengo toda mi ropa siempre en mis cajones y armarios, todo el año. Y es cierto que en determinadas temporadas puedes ponerte alguna prenda que sea de otra temporada. Es decir, en invierno puedes utilizar una camiseta de manga corta de verano, pero no me veo poniéndome un abrigo en el calorcito de verano de Madrid a 40 grados a la sombra.


Consejo 5: Trata tus cosas como a personas

En parte me gusta esta filosofía de la autora, pero sin llevarla a los extremos que ella lo hace. Los calcetines, son calcetines, y tanto como tener que darles las gracias cuando te los quitas por las tardes y ordenarlos metódicamente, no haciendo pelotas con ellos, pues qué queréis que os diga, yo, como que no lo veo. Pero es cierto que dar las gracias genéricamente a tu casa, tus cosas, tu mundo al fin y al cabo, es algo que mejora la positividad.


Consejo 6: Coloca la ropa doblada en vertical en tus cajones

Sin duda, al menos para mí, éste es el gran descubrimiento de este libro. Si doblas bien tu ropa y la colocas en posición vertical en tus cajones (en lugar de en posición horizontal), te sorprenderás de la cantidad de ropa que cabe (mucho más que en la disposición tradicional) y además de que la puedes ver toda de un simple vistazo. Esto resulta alucinante y puedo asegurar que simplifica mucho las elecciones diarias. Entre semana, salvo que tenga algo especial, reconozco que yo me visto con sota, caballo y rey. Por ello, escoger un pantalón, una camiseta y un jersey, se hace mucho más sencillo. Ves toda tu ropa, te cabe mejor y además no se quedan prendas olvidadas abajo del todo en el cajón que ni recuerdas que tenías.

Mirad este vídeo y alucinad, os aseguro que funciona: 


La verdad es que este libro tiene muchos consejos y trucos interesantes para ordenar tu vida y simplificarla. Creo que hay que pasarlos por nuestro radar personal y escoger lo que nos pueda servir, plantearnos otras fórmulas y lo que nos encaje, desecharlo, no es norma de fé cualquier cosa que leemos. Pero es una lectura muy interesante. 


¿Y qué pasa cuando no puedo desechar algo?

Algo no es útil pero sin embargo le tienes cariño y quieres conservarlo. Reconozcámoslo, eso pasa, y mucho. A veces tienes cosas horrorosas pero que son un recuerdo familiar, o una regalo de un amigo, o te recuerdan a otra época de tu vida y te da pena tirarlo. El consejo que nos da Marie Kondo es simple y efectivo: Cuando te encuentres con algo de lo que no puedes desprenderte, piensa con cuidado sobre su verdadero propósito en tu vida. Yo añadiría que además debes hacer varios barridos por los mismos lares, y ahora lo explico. Es cierto que muchas veces coges un objeto del que no puedes desprenderte, te preguntas realmente cuál es su finalidad en tu vida y tú mismo decides desprenderte de él, y sí, funciona. Pero otras muchas veces la vena sentimental te hace dejarlo ahí. Cuando vuelves a pasar y te lo vuelves a preguntar, 1, 2, 5 veces… van cayendo y saliendo de tu vida. Aunque algunos se quedan para siempre.


¿Y si tiro algo que no debo?

Puede ser que te deshagas de algo que luego necesites. La probabilidad de que sea irreparable la pérdida es prácticamente de 1 entre 1 millón, y si la vida está llena de riesgos cada día, tirar algo que más adelante necesites no es uno de los peores, ni mucho menos. Si tiras un papel que realmente necesites, normalmente podrás pedir una copia; si tiras un jersey azul y dentro de tres años resulta que te vendría bien, no suele ser difícil comprar otro. Si lo piensas detenidamente, la mayoría de las cosas ni las recuerdas después de deshacerte de ellas y la mayoría de las pocas que recuerdas eran prescindibles.


Y para todo lo demás, la segunda mano


Esto no viene en el libro, es cosecha propia de la que escribe este testamento en forma de post. Lo cierto es que a mí al menos me sirve. Hay cosas de las que no me desprendería sin más, pero si en lugar de ir a la basura van a parar a manos de alguien que las quiera, las utilice y además me saco algo de dinero por ellas, me parece perfecto. No todo se vende pero hay muchas cosas que sí se venden y que otras personas quieren y tú no quieres para nada más que para llenar tu vida de trastos. Darles una segunda vida además también es bonito. Soy vendedora y compradora habitual de segunda mano. 

MADRID CON NIÑOS 21: DE VUELTA A LA INFANCIA, AQUELLAS MERIENDAS EN EL TEATRO LA ESTACIÓN


Ayer volví a convertirme en niña por un rato, y lo disfruté doblemente al poder jugar con la niña que es mi hija hoy, cantar, bailar, casi desgañitarnos. Creo que no sentía una sensación así desde un concierto de Bon Jovi cuando era adolescente. Definitivamente la maternidad, y ¿la madurez?, cambian nuestras vidas. Porque todo esto sucedió viendo a Fofito y a su hija Mónica Aragón. A veces me miro a mí misma y juro que no me reconozco…

Y no es que precisamente a mí me encantasen los payasos de la tele cuando era pequeña, pero que levante la mano quien no haya cantado alguna vez Susanita tiene un ratón o En el coche de papá. Mi hija las canta ahora a voz en grito, y yo, como me las sé, pues la acompaño y recupero un trocito de mi infancia. La pobre adapta las letras, porque tiene un papá que además tiene coche, pero como casi siempre va en el coche de mamá, pues la canción la ha tuneado.


A lo que iba, que ayer fuimos al Teatro La Estación a disfrutar de Aquellas Meriendas, un espectáculo de Fofito y su hija Mónica Aragón que hizo las delicias de niños, padres ¡y abuelos! Porque allí, no nos engañemos, cantaba todo el mundo, y probablemente los mayores más que los peques. Mira que inicialmente no me llamaba a mí este espectáculo, pero menudo éxito, mi hija quedó encantada, y la verdad es que la hora escasa que dura se te pasa volando, cantando, gritando, desafinando, recordando tu infancia y sobre todo pasándotelo realmente bien.


Además, da una ternura especial (una regresión a la infancia), ver a Fofito al pie del cañón, como si por él no hubiesen pasado los años (y a pesar de que es exactamente quinto de mi padre). La verdad es que parece que no hubiese pasado el tiempo por él y la magia de este espectáculo, sencillo y de siempre, sigue surtiendo efecto.

Tienen aún varias representaciones en el Teatro La Estación, así que los que andéis por Madrid tenéis aún varias oportunidades para verlos y disfrutar como niños en este viaje a la infancia del que sales con la mejor de las sonrisas. 

REVISIÓN TEATRAL DE MARZO

Me temo que marzo ha sido un mes muy cortito, teatralmente hablando. He asistido a dos representaciones teatrales, ambas de teatro para adultos, por lo que no he podido compartir momentos teatrales infantiles con mi hija. Entre la Semana Santa (que ocupa dos fines de semana) y el finde en el que nos escapamos a Ciudad Rodrigo, el mes se nos hizo bastante corto. Además, pensaba llevar a Henar a alguna función al Teatro Juan Bravo en Segovia, durante los días que estuviésemos en el pueblo, pero no tuvieron programación, ni infantil ni para adultos en toda la Semana Santa, así que me temo que tuvimos que optar por la opción B e irnos al cine a ver Kung Fu Panda.

Por ello, el resumen teatral de marzo va a ser cortito, allá vamos…


El minuto del payaso. Auditorio de Alcobendas

Este monólogo había estado el pasado otoño en la sala Margarita Xirgú del Teatro Español y me habían hablado muy bien de él. No me había llamado la atención en su momento, pero después de la recomendación, y viendo que lo iban a representar en Alcobendas, me animé a sacar un par de entradas y me llevé a una buena amiga. Lo primero que tengo que decir es que no sólo la representación, sino los espectadores, nos acomodamos dentro del escenario. Al parecer, resulta habitual en Alcobendas que para montajes entre semana hagan representaciones íntimas, con muy poco aforo, instalando el patio de butacas sobre las tablas. Y qué queréis que os diga, la experiencia es alucinante para cualquiera que ame el teatro. Al finalizar la obra, abrieron el telón y pudimos contemplar la visión desde el escenario, y aunque el teatro estuviese vacío, os aseguro que es increíble, tiene que ser alucinante para los actores tras una representación con un aforo completo.

Pero vayamos a la obra, El minuto del payaso es un monólogo a cargo de Luis Bermejo al que, si la memoria no me falla, nunca había visto actuar anteriormente sobre las tablas. Amaro Junior, un payaso de una larga tradición familiar de circenses, espera su turno para salir a escena y repasa su vida desde sus inicios en el mundo familiar del circo hasta hoy. La actividad del payaso es un acto absoluto de generosidad, consigue regalar la sonrisa, y muchas veces la carcajada, al espectador, que frecuentemente lleva una vida gris y que es capaz, durante su actuación, de desconectar de sus runrunes internos y entregarse a la magia del espectáculo.

Sin embargo, un payaso no siempre es feliz, aunque su trabajo le exija esa eterna sonrisa cuando está frente al público. Una carcajada puede salvar una vida pero Amaro Junior nos expone una gran tristeza, la tristeza del cómico, en la que el espectador casi nunca repara. Un texto que sin duda te hace reflexionar sobre la mítica frase El espectáculo siempre debe continuar, ya que como espectadores desconocemos cómo se sienten los actores y actrices cuando están actuando, pero lo hacen para nosotros, se ponen sus máscaras y dejan sus problemas para aliviarnos los nuestros. Ésa es la gran generosidad de los que hacen posible el teatro y por la que nosotros, espectadores desde el patio de butacas, siempre estaremos en deuda con ellos, porque una entrada no paga su entrega y su generosidad.



Reconozco que, aunque no puedo sentir más afinidad con el sentido del texto, en ocasiones el humor utilizado para hilarlo se situaba muy lejos de mi sentido del humor (sé que soy muy british y tengo demasiado humor negro para el español), pero también tengo que arrodillarme ante el tremendo trabajo actoral que desarrolla Luis Bermejo. Soy consciente de que si fuese más afín a algunas de las bromas de esta obra, me habría gustado mucho más. Pero con el paso de los años, además del pane et circense, he sabido desarrollar una empatía o una mayor profundidad ante el trabajo del actor. Luis Bermejo estuvo magnífico, en este papel que le lleva de la risa al llanto, lleno de recursos, que exhibe una gran complicidad con el público y que además resulta tremendamente expresivo en esa cercanía. Un trabajo intenso, de una entrega absoluta.

La escenografía es sencilla y sugerente, evocando el mundo entre bambalinas. Un buen texto, un grandísimo actor y una obra muy recomendable, de la que yo no disfruté al 100%, pero insisto en que es responsabilidad mía.

Hamlet. Teatro de la Comedia

Si me ha costado encontrar las palabras para la obra anterior, con ésta ya ni os digo. Hamlet, una de las grandes obras de la literatura universal y probablemente una obra imprescindible este año con el 400 aniversario de la muerte de Shakespeare (y de Cervantes, dicho sea de paso). Quién no ha visto Hamlet, o Romeo y Julieta alguna vez, o muchas. Parece que es una obra con la que no caben (muchas) sorpresas. Pero una adaptación llevada a cabo por Miguel del Arco sin duda ha de sorprender, a cualquier teatrero que se precie de serlo no le queda duda.

Tenía entradas para el Teatro de la Comedia para ver este montaje desde hace meses, pero las saqué para las últimas semanas de representación y no hacía más que oír, y leer, que el Hamlet de Del Arco era sorprendente y que todo el elenco estaba fantástico, pero que lo que hacía Israel Elejalde sobre el escenario no tenía palabras para ser definido. Mi amiga Beti (compañera de correrías desde nuestros tiempos de colegio hace ya demasiados años) adora a este actor, pero yo no había caído en sus redes. No hace falta que diga que con este Hamlet he caído, y con todo el equipo. No sólo eso, sino que estoy segura de que este montaje será de los que se recuerdan durante años… o décadas.


Hamlet, príncipe de Dinamarca, hijo de un padre asesinado que clama venganza, se vuelve loco y deja demasiados muertos en el camino, constituyendo con toda certeza uno de los personajes teatrales más complejos de todos los tiempos. Personaje que Miguel del Arco dibuja con una profunda ironía, y que nos muestra un alma herida, desgarrado por el dolor de la orfandad y la traición de su madre y su tío.

Pero sobre las bases del Hamlet de Del Arco, Israel Elejalde llega más allá de todo lo imaginable. La puesta en escena ya de por sí te deja sin palabras, pero  la desgarradora interpretación de Elejalde te deja sin palabras. Y en un montaje que supera con creces las tres horas, es algo muy de admirar. La contemporaneidad de todos los elementos (luces, personajes, ambientación) sorprende inicialmente (no si ya has visto otros montajes de Del Arco), porque te esperas un clásico. Pero este montaje recupera lo mejor del Hamlet clásico con una nueva iconografía. Y un Israel Elejalde arrasador, que transita por la locura y nos envuelve en ella. Muy bien acompañado por el resto del elenco (algunos más que otros), del que destacaría a Ángela Cremonte, en el papel de Ofelia y que sorprende absolutamente en su locura final. Está sublime.

Todavía no he dejado de darle vueltas a la cabeza con este montaje, sin duda uno de los que más me han impactado en los últimos tiempos.


Y hasta aquí mi marzo teatral, que aunque haya sido corto, sin duda ha sido intenso como pocos. 

NOTA: Las fotos son las oficiales de ambos espectáculos. 


366HAPPYDAYS MARZO

Sigo con mis 366 happy days, una actividad que te permite terminar el mes, echar la vista atrás, y contemplar, reconocer y agradecer los grandes momentos y la felicidad que te ha regalado la vida en este tiempo. Es un ejercicio de positivismo en vena, que consiste en hacer una foto cada día con un buen momento de ese día. A veces resulta sencillo en días buenos (en los que lo difícil es elegir sólo una foto), pero otras veces no es tan fácil. Sin embargo, siempre hay algo bueno cada día si te molestas en encontrarlo, está ahí, sólo hay que saber mirar.

Marzo es uno de esos meses raros, a medio camino entre el invierno y la primavera, con días terriblemente fríos y días cálidos que sorprenden y agradan por igual (aunque en ese momento te planteas por qué llevas unas botas que te cuecen los pies). Me encanta el estallido de la primavera, un resucitar del mundo, además porque soy alérgica de mayo, así que marzo y abril sólo me deparan alegrías. Mi mes de marzo, este happy month, nos ha dejado, entre otros, estos momentos.


Día 66. Henar y Abu en la nieve

No es que yo haya sido nunca especialmente familiar, pero está claro que sí estoy atravesando una etapa familiar. Esta foto de abuelo y nieta en La Granja, jugando con la nieve antes de ir a ver a la residencia a mi abuela (y por ende bisabuela de mi hija) está llena de ternura.


Día 68: Me encantan las Vespas

Las adoro, para qué engañarnos (aún echo de menos la que me robaron y me encanta la que tengo ahora). Pero encontrarme esta belleza… ¡en la puerta de mi casa!, literal, me dio un empujón vital a cogerla y salir pitando dando una vuelta con ella. Obviamente no pude, pero no sería por falta de ganas…




Día 70: Con ganas de primavera

Lo dicho, muchas ganas de días cálidos y de que la primavera llegue de verdad, más allá del anuncio de grandes almacenes. Tengo la inmensa suerte de vivir a los pies de un parque maravilloso que tenemos literalmente a la puerta de casa y que disfrutamos muchísimo. Y este rincón no me digáis que no es precioso, sólo necesito tener un rato para ponerme a leer ahí (aún no lo he encontrado).



Día 71: Skye viene a Zumba

Mis clases de Zumba los viernes por la tarde son un chute de energía y uno de los mejores momentos de la semana (y eso que en marzo sólo he podido ir a dos). Pero que además aparezca por allí Skye, la perrita de la Patrulla Canina, ya es lo más. No os podéis hacer una idea de la cara de mi hija cuando le enseñé la foto y le conté con quién había estado mamá haciendo gimnasia aquella tarde.



Día 72: Ciudad Rodrigo

No me suelen gustar los mogollones y disfruto de lugares poco transitados. Hacía muchos años que no íbamos a Ciudad Rodrigo, lugar con el que tengo vinculación familiar y emocional. Una oferta a través de Paradores (el Parador de Ciudad Rodrigo admite perros, así que sí es una opción para mí) hizo el resto y decidí no dejar pasar la oportunidad. Una escapada familiar de un par de días, sin los agobios de gente en Semana Santa, era una opción estupenda, y más aún en Ciudad Rodrigo. Ya os conté mi experiencia aquí (por si alguien desea leer), pero fue un finde genial, con bastante buen tiempo, buena comida, un sitio precioso y muy especial.



Día 73: Los atardeceres sobre el río Águeda

 Uno de los momentos más especiales fue el paseo por la muralla al atardecer. Los atardeceres sobre el río Águeda son muy especiales y creo que una imagen vale más que mil palabras.



Día 74: Salamanca

Yendo a Ciudad Rodrigo, resultaba inevitable pasar por Salamanca a la vuelta y por supuesto imprescindible parar. Fue más bien un paseo con visita relámpago que otra cosa, pero le tengo un cariño especial a esta ciudad y a los buenos ratos que he pasado en ella. La foto es del Ayuntamiento, allí me casé hace ya unos años. Es espectacular salir al balcón después de la ceremonia y contemplar el maravilloso espectáculo de la que, para mí, es la Plaza Mayor más bonita de España.



Día 77: Peluquería canina

En realidad la sesión de peluquería canina se produce todos los meses, y muchos de ellos más de una vez. Pero la diferencia es que esta vez recordé hacer una foto (precisamente por los 366 Happy Days) y es muy graciosa. Me da penilla porque el pobre Athejos lo pasa bastante mal, especialmente con ese arma de destrucción que constituye para él un secador encendido. Pero es un momento tan simpático y tan happy!



Día 80: Leyendo frente a la chimenea

Leer frente a una chimenea encendida es uno de los mayores placeres que puede ofrecer un pueblo a una urbanita como la que está escribiendo esto. Y en Semana Santa he tenido algún pequeño ratito de lectura frente al fuego, ¡un placer!



Día 81: Gin-Tonic y risas con Elena

Cuando eres madre el tiempo se evapora y hay ciertas cosas que dejas de hacer. Mi amiga Elena también tiene un niño, y como las dos ejercimos en Semana Santa de malasmadres totales (mi hija con su padre en el pueblo, su hijo con los abuelos), pues salimos a cenar y reírnos un poco de la vida y de nosotras mismas. El día que elegimos no podía ser peor, no llovía, ¡diluviaba! (aquello parecía los inviernos de lluvia eterna en Oviedo durante mi infancia), esa tarde fui al fisio, y cuando salí de la ducha, entre el frío, la lluvia… se me quitaron las ganas. Pero me dije a mí misma: ni de coña, bonita, que no sabes cuándo vas a volver a tener una oportunidad como la de hoy, así que espabila. Y lo hice, me puse mis mejores galas, me peiné con esmero, incluso me pinté algo (sólo ocurre en momentos cruciales), me cogí mi paraguas de Al mal tiempo buena cara y me subí al autobús. La cena fue fantástica, incluyó vino y gin-tonics. Probablemente a cualquier persona con una vida social normal le parecerá una tontería, pero para mí, que no recuerdo exactamente cuándo había tomado mi anterior gin-tonic, fue lo más. Hablamos, nos reímos, nos hicimos confidencias, bebimos, brindamos y pasamos un rato genial. Además conocí un restaurante nuevo y la comida estaba deliciosa. Aunque en la esquina estuviese Noé con su arca recogiendo parejas de animales, la noche fue fantástica. ¡Con qué poquito es feliz una malamadre sola en la ciudad!



Día 82: Car2Go

Ya os hablé sobre el Car2Go aquí, y la verdad es que desde que lo probé con un compañero en febrero (yendo como copiloto), me picó muchísimo la curiosidad. Y como era de esperar, me está encantando. Sin ir más lejos, hoy he ido a trabajar en Car2Go, que hacía frío y no me apetecía helarme en la moto a las 7 de la mañana.  En marzo me saqué el Car2Go y sé que lo utilizaré muchas veces.



Día 85: Semana Santa en el pueblo

Soy perfectamente consciente de que he dicho un poco más arriba que soy una urbanita total y que el pueblo no es para mí. Pero mi hija ha sacado parte de los genes de su padre (míos desde luego no son) y se lo pasa como los indios. Y si no, no hay más que verla. Los genes de amores perrunos son míos.



Día 88: Café para resucitar a los muertos

Aunque técnicamente no me fui de vacaciones en Semana Santa (trabajé de lunes a miércoles y los días de fiesta los pasé en el pueblo, y eso no cuenta), con el cambio de hora, la cura de sueño y demás, al final el primer día necesitaba un buen tanque de café del mío, del que una vez me dijo mi amigo Sergio que si le echaba un poco a unas cuantos del cementerio se iban de rumba conmigo seguro. Incluso esos momentos de tranquilidad, y sueño, son mágicos.


Día 89: Atardeceres que huelen a primavera 


La verdad es que con el frío que está haciendo ahora parece mentira que hayan pasado dos o tres días de esta foto. Pero los atardeceres desde mi ventana ya huelen a primavera. Y como dice Sabina en una de sus grandes canciones: la primavera sabe que la espero en Madrid



¡Adiós Marzo! 
¡Bienvenido Abril!

366 Happy Days: Febrero
366 Happy Days Enero