SER MINIMALISTA POR ENTREGAS. PARTE 4: CONTROLA TU AGENDA

Además de estar terminando mi curso de 8 semanas de Mindfulness y de seguir leyendo libros sobre minimalismo, recientemente he hecho un curso de gestión del tiempo. Entre todo, creo que he sacado una serie de conclusiones sobre la esclavitud de la agenda que me gustaría compartir con los que de un modo u otro pasáis por aquí.

Uno de los principios del mundo capitalista en el que nos movemos es que nos hayan convencido como sociedad que necesitamos muchas cosas en nuestra vida. En realidad, que necesitamos mucho de todo, porque quien dice cosas dice actividades, experiencias, reuniones, citas familiares, compromisos de muchos tipos… cientos de cosas que llenan nuestras agendas, nos roban nuestro tiempo y ¿nos hacen más felices? Piénsalo un momento.

Perdemos el equilibrio vital haciendo posturas funambulistas imposibles para llegar a todo, con esa sensación de no llegar a nada o a casi nada. El minimalismo aplicado a tu vida también implica eliminar actividades, compromisos y citas para tener más tiempo para ti y para lo que es verdaderamente importante. En este punto, te invito también a pararte a pensar, ¿qué es lo realmente importante?

En un libro sobre minimalismo leí que, al contrario de lo que muchas veces podemos pensar, ser minimalista no explica tener pocas cosas, o realizar pocas actividades, sino que ser minimalista es relacionarte con el mundo de otra manera. Si dejas a un lado lo que no aporta, lo que no es importante, lo que no es indispensable y sin aquello que puedes vivir perfectamente e incluso mejor, tendrás menos gasto, menos estrés, podrás disponer de más tiempo para ti o para cosas importantes.


Manos a la obra: revisa tu agenda y elimina obligaciones

Hace un par de semanas escribí un post muy personal que se titulaba ¿qué pasa si no lo hago? y que pretendía hablar de un minimalismo impuesto. Resumiendo, que en mi vida personal pasaron cosas que no estaban previstas, que dieron al traste con la planificación que yo tenía en mente y me obligaron, sobre la marcha, a modificar mucho mis agendas, adaptarme como pude y en el fondo sobrevivir.

Sin embargo, lo cierto es que mi agenda vital suele estar demasiado repleta de cosas y muchas veces, incluso en temporadas normales sin grandes sobresaltos, me hace vivir una vida demasiado rápida y cansada. Por ello, he decidido, de un tiempo a esta parte, meterle tijera a mi agenda. No es fácil, porque de 24 horas que tiene al día, tengo la mala costumbre de dedicar 7 horas (y mejor si son ocho, si pueden ser 9 ó 10 un fin de semana, ya tiro cohetes) a dormir, otras 7 horas a trabajar, 3 horas más se me van en comidas, desplazamientos y tiempos varios, y, de media, dedico entre 3 y 4 horas cada tarde a estar con mi hija. 7+7+3+4=21 horas ya vienen ocupadas por defecto y en esas 3 horas que faltan muchas veces pierdo el tiempo, otras veces hago algún curso, voy al teatro, paso tiempo con amigos… El problema además es que ni siquiera esas 3 horas suelen ser seguidas, sino que son espacios de tiempo que vas perdiendo aquí y allá. De hecho, tengo la sensación muchos días, de no tener esas 3 horas “libres”, ni siquiera tener unos minutos libres.

Ante esto, yo veo dos caminos:

El primero: desocupa parte de tu agenda, elimina cosas.

El segundo: ordena lo que tienes.

En realidad, no estoy descubriendo nada nuevo, cualquier manual del orden y la simplicidad en general se basa, de una u otra manera, en estos dos principios: ten menos y ordénalo de manera que lo encuentres; haz menos y ordena el tiempo que dedicas a cada cosa. Al final, es lo mismo. Una regla que parece muy sencilla, pero que luego en el caos de esta vida de locos que llevamos, ¿por qué se nos olvida una y otra vez? Dicen que el ser humano es el único animal que tropieza dos veces en la misma piedra, ¡benditas dos veces!, ¡quién las pillara! Yo, me temo que con determinadas piedras tropiezo muchas, muchísimas veces más.


Desocupa espacio y tiempo, elimina obligaciones


Coge tu agenda (física o mental) y revisa.

¿Qué cosas haces por rutina o por el mero hecho de que se tienen que hacer?, ¿has pensado en alguna forma de hacerlas de otra manera?, ¿crees que existe un modo en que se hagan solas?, ¿se puede encargar alguien de hacerlas en lugar de tú mism@?, ¿qué ocurre si las hace otra persona?, ¿qué ocurre si no se hacen?, ¿y si simplemente las cambias de tiempo y las haces más adelante?

Todas esas preguntas hablan de esos términos tan de moda que son eficiencia, delegar, ordenar etc. Pero de moda o no, muchos de esos trucos funcionan.

Os voy a poner un ejemplo gilipollesco total: la camiseta blanca del espectáculo de mi hija del próximo lunes. Mi hija, tras un curso entero yendo a clase de chiquirritmo tiene el próximo lunes el espectáculo para los padres, algo que para ella, objetivamente, es muy importante. Bien, ese espectáculo tiene su hueco en mi agenda y para mí también es súper importante asistir. Pero, el problema viene que, entre las cosas que tiene que llevar como vestuario está una simple camiseta blanca, un elemento de fondo de armario que yo tengo en mi armario pero no en el suyo. No os podéis hacer una idea del tiempo que llevo pensando en esa dichosa camiseta blanca, que he invertido en preocuparme y que aún no he ido a comprar. Pienso mucho, no hago nada: ¡mal! El caso es que, ayer, volviendo a casa conduciendo, a toda velocidad como siempre, puse en calendario que el domingo por la tarde (el resto del finde estamos a otras cosas) y de repente se me encendió la bombilla: ¿y si le digo a mi costillo que la compre? Normalmente yo siempre me ocupo de estas cosas (tendría que ahondar en el por qué lo hago), pero en esta ocasión no tenía más tiempo disponible y me agobiaba. Solución: vete a la tienda X, compra una camiseta blanca, lisa y de manga corta (más fácil imposible) y de esta talla (con talla en número y en centímetros, para que no haya equivocaciones). La camiseta al parecer ya está en casa, y os puedo asegurar que si no es exactamente como yo creía y hay algo incorrecto en mis instrucciones, esta vez me va a dar igual y no le voy a poner pegas.

Pues bien, como esto: todo. Las cosas que son importantes se quedan, las que te hacen felices también. Da igual que esté cansadísima, ir al teatro y disfrutar de unas cañas y una buena conversación un miércoles por la noche, aunque me quite horas de sueño me da horas de felicidad. En ese caso, conscientemente decido estresar mi agenda.

Las cosas que no son importantes, se van. Irse, no se suelen ir, pero yo puedo sacarlas de la agenda. Bien haciéndolas pronto y quitándotelas del medio, o bien no haciéndolas. Puedo decidir no hacerlas o puedo intentar delegarlas.

Un no a tiempo ayuda mucho más de lo que crees. Quien me conoce sabe que soy una persona a la que no le pesa demasiado decir no (a pesar de que es una palabra maldita en esta sociedad). Hace años cuando decía que no solía poner una excusa, pero he descubierto hace ya tiempo el poder liberador del no. Lo primero es que puedes decir no y no tienes por qué justificarlo con una súper explicación. Ahí es donde normalmente la gente inventa cosas que sostengan ese no. Lo segundo, que en determinadas relaciones, momentos o personas, puedes decir no y decir la verdad, incluso cuando la razón por la que has dicho que no es porque no te apetece, porque es tu prioridad o porque eso no es importante. Os sorprenderíais, las relaciones sanas aguantan el no y las que no lo aguantan muchas veces es porque no son relaciones sanas. También para pensarlo, no sólo sobre los demás sino sobre nosotros mismos, ¿Cómo aceptas que te digan que no?


Y ahora, ordena lo que tienes

Hemos quitado la obligación de tener que ir hoy al curso (porque se espera que vaya, porque lo he pagado, porque cómo no voy a ir…), la de ir corriendo a comprar una camiseta (se ha ocupado mi costillo), la de llamar por decreto a la abuela (o la has pospuesto a mañana), la del gimnasio (a mi cuerpo le suele venir bien pero hoy me siento demasiado cansada y no pasa nada por no ir, no se acaba el mundo)… pero no puedes dejar de ir a trabajar, dejar de cumplir tus horarios, dejar de ir a buscar a tu hija al cole etc.

Hay cosas que tienen que seguir ahí: por urgencia, necesidad, importancia, felicidad… Otras cosas simplemente las puedes recolocar. Voy el sábado a hacer la compra en lugar del jueves, pongo la lavadora cuando esté llena, ya llamo otro día a fulanita. Desocupa espacio, ten más tiempo para ti y aprovecha ese tiempo.

Hay muchas cosas que nos quitan mucho tiempo pensando en que las tenemos que hacer: deja de pensar  y hazlas. Deja de procrastinar (otra palabra de moda), ponte a hacer la maleta, o a hacer la lista de las cosas que vas a meter esta tarde en la maleta, ponlo en tu agenda y dedícale un tiempo, ni más ni menos que el que necesita.


Las que puedes dejar para otro momento, déjalas pero agéndalas. Las harás en el momento que mejor encajen, pero buscarás ese momento, te dedicarás a ello cuando llegue y hasta entonces te olvidarás.

Y con el tiempo que has logrado reunir para ti y lo importante, dedícatelo y hazlo bien. Si has logrado tener media hora para ti, utilízala en algo que te guste: si te gusta escribir un post, hazlo; si prefieres dar un paseo y pensar, ¿a qué esperas?; si tienes sueño, duerme. Pero hazlo con sentido y con conciencia. Aprovecha esos momentos, paladéalos, son sólo tuyos.

Es imprescindible cuidarnos a nosotros mismos, desconectar, tener tiempo para nosotros. No pasa nada porque no contestes al teléfono aunque suene, ni porque no hayas contestado a los 357 mensajes del grupo de whatsapp, ni siquiera que no los hayas leído (quizá debas pensar si te compensa estar en ese grupo, empezando por ahí); tampoco pasa nada porque no pongas la lavadora todos los martes y los viernes (yo compro mucha ropa de más, especialmente para mi hija, a sabiendas de que no es nada minimalista pero que me permite vivir sin preocuparme de las lavadoras y me da mucha más tranquilidad). En realidad, hay muchas cosas que pueden esperar. Y otras que si no te aportan, no te hacen feliz y te puedes permitir el prescindir de ellas: hazlo, es liberador.


El secreto de la felicidad: escoge tus prioridades

Probablemente no exista el secreto de la felicidad como tal, pero de existir, seguro que tiene que ver con tu propia elección. No siempre te dejan elegir, pero muchas veces, por costumbre, no lo hacemos. Muchas veces hablamos y pensamos alrededor de lo que nos gustaría hacer, pero no lo hacemos, ni siquiera lo intentamos. Piensa qué quieres y cómo conseguirlo. Dedica tiempo cada día en alcanzar tu verdadera meta. Y cuando vayas consiguiendo progresos en el camino, recompénsate, celébralo y mímate.


Empieza a eliminar lo superfluo de tu vida y vive con intensidad las cosas que te ocurren.


SER MADRE (MI PERSPECTIVA, QUE NO TIENE POR QUE SER LA TUYA)

Hace tiempo que este blog se ha convertido en un auténtico cuaderno de bitácora donde plasmo lo que quiero y como quiero. Si sigues leyendo, me temo que aceptas las reglas del juego, y en este caso voy a volver a escribir un post muy personal.

Ayer llegué a un texto que al parecer incendió parte de las redes hace ya un tiempo y que sin duda ha sido capaz de sacudirme bastante. En él, una mujer joven, sin hijos ni ganas de tenerlos, dice ciertas cosas como las siguientes:

Creo que, actualmente, la gente que tiene hijos se atonta y se amuerma, se vuelve prosaica y gris, envilece su mente y estanca su intelecto. Al mismo tiempo, creo que la gente que decide no tener hijos se vuelve psicótica y ególatra, convierte sus manías en dogmas (su perro es Dios, por ejemplo) y lleva su excentricidad a límites risorios.

Lo cierto es que pocas veces me interesan los comentarios de las mujeres que tienen bebés. Me interesarían si escuchara “ayer se despertó de la siesta y me miró a los ojos y parecía que entendía mi tristeza”, “voy a empezar a leerle poesía de Bécquer por las noches, quiero que aprenda palabras nuevas: pensil, fulgor, madreselva, cadencia, celosía…”

Si alguien tiene interés, le invito a que lea el texto entero a través de este enlace. Como réplicas al susodicho artículo, en el mismo medio online, podemos encontrar un texto escrito por una madre y un texto escrito por un padre. Una vez más, recomiendo que si habéis llegado hasta aquí leáis ambos textos, que al fin y al cabo dan su propia visión desde la experiencia de ser padres. Alguien me dijo una vez que para estar informado había que acudir a muchas fuentes de información, y eso obviamente conlleva leer cosas contradictorias, opiniones opuestas, y así, mediante la información completa, conformar tu propia opinión.

Bien, aquí el debate parece que surge porque una chica joven sin ninguna necesidad de tener hijos explica sus teorías sobre la abominación de tenerlos. Puede ser totalmente respetable, yo nunca tuve el llamado instinto maternal, y sin duda hace cinco o seis años vivía una vida no muy diferente a la que intuyo que puede vivir (por lo que cuenta) la persona que escribió el primer texto. Yo también veía a las parejas con niños como extraterrestres y había (y sigue habiendo) cosas que no podía (ni puedo) entender. Sin embargo, creo que nunca se me habría ocurrido escribir un texto como ése, especialmente por dos cuestiones: primero, porque no muestra ningún tipo de respeto hacia lo que los otros quieren o no hacer; y segundo, porque habla de algo que desconoce y del que sólo ha experimentado una percepción subjetiva. Personalmente, decir que la gente que tiene hijos se atonta y se amuerma me parece audaz. Yo me pregunto cuántas personas sin hijos van amuermados por la vida. Y me refiero a los que quizá encarrilen noches de borracheras, o se enchufen a telebasura cada noche, o eligen a quién votar mirando las papeletas el mismo día de la elección en plan pinto, pinto, gorgoritoHay muchos tipos de aburrimientos, de muermos y de otras muchas cosas. También tenemos demasiados prejuicios como sociedad y nos creemos con el derecho de juzgar constantemente a los demás pensando y, a veces aún peor, opinando sobre lo que los otros deben hacer. Consejos vendo, pero para mí no tengo.

Sobre lo de leerle a un bebé o a un niño pequeño poesía de Bécquer, mejor ni hablamos. Quien dice Bécquer también puede decir el Así habló Zaratrusta, de Nieztsche. El pobre niño o niña van a entender lo mismo. Y ya puestos, si hablamos de poesía, se me ocurren otras cosas más interesantes que Bécquer (aunque mi hija no tiene edad para entenderlas), pero oye, eso ya es a gustos de cada uno. Quizá esta chica si alguna vez pasa por la fase de tener hijos tenga un bebé que con diez meses comprenda el verdadero significado de Rimas y leyendas.

Las réplicas escritas por madre y padre respectivamente, me parecen al menos más respetuosas. No todo el mundo tiene que tener hijos, no todo el mundo quiere tener hijos y tampoco todo el mundo puede tener hijos. Estoy bastante harta de este mundo de etiquetas y juicios, pero como no me mude a un lejano planeta fuera de la galaxia, sé que lo tengo crudo. Y la verdad, dudo mucho que Luke Skywalker quiera venir a rescatarme y convertirme en su padawan. Pero eso no me impide primero, no aceptar juicios ni etiquetas del primero que pase por la calle y segundo, intentar aplicarme el cuento y no poner etiquetas y enjuiciar a todo bicho viviente que zumbe a mi alrededor. No siempre lo consigo, todo sea dicho, ni lo uno ni lo otro.

Escribo esto desde mi experiencia y mi perspectiva, que, insisto, ni serán las mejores ni las más correctas, pero son las mías; y, al menos, han pasado por la etapa de no tener ninguna necesidad de tener hijos, vivir una vida intensa (sobre todo culturalmente hablando), luego decidir querer tener hijos, tener una hija fantástica (de la que hablaré ahora) y vivir una vida mucho menos intensa, mucho menos cultural y con otras cosas incomprensibles hace unos años.

Eso no quiere decir que viva una vida maravillosa. Mi vida no es, ni de lejos, nada Pinterest. Es más, el terremoto vivencial, físico y emocional que sufres (y digo bien, sufres) cuando tienes un hijo es algo para lo que no estamos preparado; y es más, es algo de lo que no se habla. A mí no me gustan los bebés, quería a mi hija porque era mía, pero no hizo que me encantasen los bebés. Eso sí, cuando empezó a interactuar todo cambió mucho y ahora adoro a mi hija y tengo la certeza de que es lo mejor que he hecho en mi vida.

Pero, eso no quiere decir que mi vida sea preciosa, que viva en un mundo glamuroso y de color de rosa, que ser madre sea lo mejor ni que una vida sin hijos no merezca la pena. No, ni mucho menos. Yo tuve un hijo porque fue mi elección y pude tenerlo. Tuve una niña pizpireta, dicharachera, cabezota, intensa, amorosa y que te mira con sus ojos grandes y listos, y nunca para de hablar. Por ella, casi todo pasó a un segundo plano. Algunas cosas pasaron obligadas, otras fui yo quien lo eligió. No me arrepiento de nada. Pero lo cierto es que al año de tener a mi hija tenía un estrés horrible, me pasaba la vida corriendo, con sueño, malhumor, muchos kilos de más, perdía la paciencia, no tenía tiempo para mí, lloraba, gritaba y lo que había sido mi vida anterior se había dinamitado. Yo misma había explotado en mil pedazos. Tiempo después (ahora tiene cuatro años) he logrado mantener cierto equilibrio que me permite vivir, que no es poco, y muchas veces disfrutar, que es mucho más aún. Intento hacer las cosas lo mejor posible, pasar tiempo con mi hija, también pasar tiempo conmigo misma, trabajar, luchar, sobrevivir. A las diez de la noche (desde las seis de la mañana en pie) me suele dar igual que el mundo estalle en pedazos porque yo estaré durmiendo y no lo veré. Me estreso, tengo días malos, días en los que grito y le exijo a gritos que se calle (que hable más que yo a veces me parece una proeza, pero hasta en eso me supera). Y tengo otros días menos malos, otros días normales, otros buenos y también otros muy buenos.

De trabajo, ni hablamos. Porque nos cuenten lo que nos cuenten no es posible ser madre y trabajadora a tiempo completo. Puedes trabajar de sol a sol y dejar que otros cuiden a tus hijos si es tu elección, pero si quieres cuidarlos tú, no hay manera. Entro a trabajar a las 7.30, salgo a las 14.30 y me da tiempo a estar por las tardes, lo que, para mí, a día de hoy, es importante. Porque yo quiero ver crecer a mi hija. De lo que no hablan ninguno de esos tres textos anteriores, por cierto, es de los gurús de la maternidad y la paternidad laboral, de los que creen que todo es posible, porque salvo que tengan la formula de la alquimia, algo no me cuadra: o estás en el trabajo, o estás con tus hijos, o le das prioridad a una cosa o la otra, las dos al mismo nivel no tiene horas suficientes el día. Podemos hablar de niveles de prioridad, pero de poco más. 

Yo voy corriendo a casi todos los sitios, con la sensación de que no llego, no tengo ninguna tribu que me ayude, sí un marido corresponsable, lo que tampoco es moco de pavo. En el trabajo te exigen lo mismo, aunque trabajes menos horas. El coste de vida, el tiempo en desplazamientos, la vida en general, todo es igual. Y me aburren soberanamente las tardes de parque, por cierto. Hay tardes en que tengo paciencia y me encanta estar horas pintando (las menos), pero otras en las que cogería mi mochila, me iría a Lisboa y ya me buscaréis en Alfama mirando al Tajo si queréis encontrarme (otra licencia como cualquier otra, a menudo inalcanzable). Pero sobre todo, tengo esos ojos en mi retina, ese abrazo, esa sonrisa, esa niña que merece tener padres, que merece sentirse querida y que ningún oro ni trabajo del mundo, al menos para mí, merece quitarle el paraíso de su infancia. Es una elección, como cualquier otra, no es fácil y pasa facturas en muchos aspectos, pero es mi elección y yo tengo una hija para que tenga una madre, al menos mientras yo pueda. Eso no quita para que haga Zumba los viernes, vaya al teatro siempre que pueda y me guste remolonear en la cama los fines de semana, hacerme la sorda en determinados momentos y sueñe con los adoquines de Lisboa como un mantra al que aferrarme en medio de las tormentas emocionales.


Ésta es mi vida, nada Pinterest, muy imperfecta, pero es la que quiero vivir. Y, para mí, tener una hija ha cambiado mi vida. No creo que todo el mundo tenga que tener hijos, de hecho hay gente que mejor que no los tenga si piensa como la chica que escribió ese artículo. Porque nuestros hijos, los que tengamos y los que no tengamos nunca, merecen mucho más. Yo ya sólo aspiro a que mi hija sea feliz, tenga valores, crezca sana, feliz y sintiendo la seguridad de que sus padres siempre intentarán que sea feliz, que se equivoque y que salga de sus equivocaciones en este camino de la vida. Aunque no siempre es fácil, no siempre es bonito y pocas veces logramos hacerlo bien, por mucho que queramos.

Gracias si has llegado hasta aquí, y perdón por esta parrafada que ha brotado a borbotones de mi corazón. 

PODER, PASIÓN Y SEDUCCIÓN. CLEOPATRA Y CÉSAR

Tras varias semanas de desierto teatral, este miércoles me senté de nuevo en el patio de butacas, envuelta en esa sensación mágica que sólo da ese lugar (el que lo haya experimentado alguna vez, sabe de qué hablo). El lugar, el Teatro Bellas Artes de Madrid; la obra, César y Cleopatra; el elenco, un lujo. Creo que si has llegado a leer hasta aquí habrás intuido las tremendas ganas que tenía de volver a disfrutar de una tarde de teatro, y en este caso en concreto además me llamaban muchísimo tanto la obra como las actrices y actores que la representan y la dirección. Normalmente nos olvidamos de los directores, pero Magüi Mira hace tiempo que tiene un hueco en mi panteón particular. La he disfrutado como actriz en varias ocasiones (se me vienen a la memoria Descalzos por el parque en mi teatro fetiche, el Lara, hace ya unos años, y La anarquista en la sala pequeña del Español hace unas temporadas ya, que por cierto me entusiasmó). Pero como directora, cada vez que veo algo suyo me gusta más. Y para muestra, un botón, léase Katie y el hipopótamo, El estanque dorado o ahora ya puedo incluir César y Cleopatra.

Regreso a César y Cleopatra, que lo de irme por los cerros de Úbeda se me da demasiado bien. Mis expectativas sobre esta función eran muy altas, por diversas razones. Me atraía la historia, no sólo la relación personal entre César y Cleopatra, una simbiosis de pasión y poder, sino la propia figura de Cleopatra, reina de Egipto, mujer enigmática y poderosa, no tratada probablemente lo bien que debería por la Historia (que todos sabemos quién la ha escrito durante siglos). Esta obra, aunque no exactamente con este elenco, se estrenó en Mérida el verano pasado y desde entonces la tenía fichada en la retina.


Pero también por los actores, en concreto por los dos hombres de esta función: Emilio Gutiérrez Caba y Ernesto Arias.

Poco que añadir a lo que cualquiera sabe de Gutiérrez Caba, uno de esos grandísimos señores de la escena española. Yo me enamoré perdidamente de su forma de interpretar en los comienzos del verano del 2006, cuando interpretó La mujer de negro, si no recuerdo mal en el Teatro Infanta Isabel. Volvió a interpretar esta misma obra hace un par de años y se me pasó la oportunidad. La última vez que había visto a Emilio Gutiérrez Caba sobre las tablas fue exactamente en este mismo escenario del Teatro Bellas Artes, hace unos años, en un diálogo también sobre el poder, Poder absoluto. Su interpretación de este César en la eternidad, del que el paso de los años ha borrado las ansias de poder, el ímpetu y la belicosidad, pero al que no han quitado un ápice de magnanimidad.

César y Cleopatra, en esta versión, que aún no lo he dicho, nos muestra una imagen diferente de la historia y la relación de estos personajes. Un César mayor se encuentra con Cleopatra en algún punto de la eternidad, cuando han pasado más de dos mil años desde que se conocieran en Egipto. No son los mismos, el paso de los años (y más sin han transcurrido dos milenios) cambia a cualquiera. Pero ese encuentro resulta mágico, dos personas que un día tuvieron mucho en común, a los que la muerte y la eternidad separó y que vuelven a converger en un punto mucho tiempo después, cuando las viejas heridas se cerraron o si se recuerdan se hace de un modo muy diferente.

Pero, como no podía ser de otro modo, evocan ese tiempo que estuvieron juntos y lo enfocan desde cinco perspectivas diferentes: la de ella, la de él, la del tiempo, y también la de Cleopatra y la de César jóvenes tal y como lo vivieron intensamente en su día.

Para ello, Gutiérrez Caba nos regala un César magnánimo, sólido pero al que al tiempo ha cambiado y apaciguado

De partneaire la tiene a ella, una Cleopatra maravillosa interpretada por una sublime Ángela Molina. No sé vosotros, yo a esta actriz nunca la había visto en teatro, sí en cine y televisión (curiosamente una de las últimas cosas que vi suyas fue Gran Reserva, donde también tenía una relación muy especial, aunque mucho más oscura, con Emilio Gutiérrez Caba). Tiene un punto en su voz, su entonación, que la hace diferente y especial pero que a veces te descoloca como espectador. Pero su interpretación de la madura Cleopatra, con ese punto irónico y esa posición por encima de todos los males que le da la perspectiva de la eternidad es sublime. Sin ninguna duda ella es la gran estrella de esta función, está muy bien acompañada, todo hay que decirlo, pero brilla con luz propia y es una luz cegadora como diría el gran Silvio. Sé que esta interpretación de Ángela Molina de esta Cleopatra suya tan especial y única se quedará grabada en mi memoria teatral y la evocaré muchas veces en el futuro. Menuda, delgada, tremendamente elegante e ingrávida, Ángela Molina llena la escena y enamora al espectador, canta, interpreta, baila… en definitiva, enamora.

Y como salidos de los recuerdos, del mundo onírico de la eternidad, tenemos a César y Cleopatra en su versión joven, carnal, intensa, bélica, pasional… Encarnados maravillosamente por un gran actor como es Ernesto Arias y una jovencísima actriz que es Carolina Yuste y que ha sido un gran descubrimiento para mí.

De Ernesto Arias tampoco creo que tenga mucho que añadir que no haya escrito antes, aunque no haya sido en este post. Es un actor al que admiro mucho y desde hace mucho tiempo. He seguido su trayectoria, en mayor o menor medida, a lo largo de estos años y siempre que actúa en Madrid y puedo ir a verlo intento no dejar pasar la oportunidad. Para mí fue una sorpresa saber que formaría parte de este elenco en el Bellas Artes y una oportunidad fantástica para poder volver a disfrutar de su buen arte. Su interpretación es sólida, muy creíble y da muy bien el perfil para ese César de edad similar a la suya, bélico, amante y pasional que ve en Cleopatra una mujer a la que apoyar y a la vez poseer.

Para esa Cleopatra joven han escogido en estas funciones a Carolina Yuste, quien también da muy bien el perfil por edad, físico y a la que esta chica es capaz de dotar de mil detalles interpretativos y sensuales. Cuando descubres a una joven actriz con tanto talento te ilusionas al pensar todo lo que será capaz de hacer en el futuro, y sin duda esta chica apunta maneras y borda a esa Cleopatra joven, segura de sí misma, quien ve en César a su aliado (nunca sabremos si por pasión o por necesidad, probablemente por ambas). Ambos actores desarrollan un feeling muy creíble y sobre todo otra dimensión, totalmente alejada de la de Cleopatra y César mayores y que fundamenta mejor aquélla.

Una obra sin duda absolutamente recomendable. Estará en Madrid en el Bellas Artes hasta el 5 de junio, no sé qué estáis haciendo si no vais a disfrutarla.



Nota  y momento único personal: cuando Ángela Molina canta la primera estrofa del poema de Kavafis, Itaca. No hay palabras en el mundo para explicar lo que siento cada vez que la Itaca de Kavafis se cruza en mi vida. Lo intenté una vez aquí, pero el texto no le hace justicia. No creo que se hayan inventado las palabras para definir mi Itaca, aunque Kavafis sí lo logró. Y cuando Ángela Molina cantó a Itaca, no hay palabras para definir lo que sentí. 

LECTURAS INSPIRADORAS 4: LA GRAN DESTREZA, DE LEO BABAUTA

Mi última lectura ha sido La gran destreza, de Leo Babauta. A este autor lo conocí por los universos de la red, en concreto porque tiene un blog muy famoso en Estados Unidos llamado ZenHabits en el que da muchas claves para vivir mejor y con menos cosas, y por sus escritos ha sido muy inspirador para otros autores como Everett Bogue (al que también he leído últimamente).

A Leo Babauta lo tenía clasificado mentalmente como persona que escribe sobre minimalismo, pero este libro suyo me ha sorprendido porque va mucho más allá. De hecho, creo que es una lectura muy recomendable para alguien como yo, que sigo metida en mi curso de 8 semanas sobre Mindfulness. Cuando lo acabe y repose lo que ha entrado en mí os lo contaré. El caso es que, a grandes rasgos, el Mindfulness propugna una vida más felliz reduciendo el estrés, centrándote en el momento presente, no teniendo miedo (o identificando que lo que tienes es miedo y no dejándote paralizar por él), así como cambiar tu perspectiva y lo que esperas de los demás. Bien, muchas de esas claves, de las enseñanzas que quiero incorporar a mi vida a través de este curso, están presentes en este libro de Leo Babauta. Y si me lo permitís, os quiero hacer un resumen muy sui generis (como casi todo en mi caso) del mismo.

Lao Babauta empieza el libro desde un punto de vista minimalista, invitándonos a que pongamos en práctica el desapego. Nos pone un ejemplo de lo más evocador: un pájaro que vuela y vive la vida sin anclarse por sus pensamientos ni posesiones. Y desde ahí hila con lo que él considera la fuente del estrés: no aceptar la realidad. Normalmente, queremos que las cosas sean de una determinada manera (la nuestra) y cuando los demás o el mundo no responden a nuestras demandas, nos frustramos y nos estresamos.


Primer aprendizaje: acepta y aprecia la realidad

Después pasa a hacer una revisión del hábito de la procrastinación, muy relacionada con el miedo (normalmente interior) a cometer errores. Saltamos de una cosa a otra, casi siempre dejando muchas de esas cosas a medias, por el miedo a fallar, a no hacerlo bien, a no responder a las expectativas de otros o de nosotros mismos.


Segundo aprendizaje: acepta la experiencia

Si somos capaces de practicar el desapego, desvincularnos del modo en que queremos que sean las cosas, el miedo desaparecerá o, al menos, se reducirá considerablemente. Por tanto, no nos queda otra que afrontar el miedo y la procrastinación.

Cuando tienes un ideal de cómo debe de ser algo (y casi todos tenemos ideales sobre muchísimas cosas), tenemos miedo de que no se cumpla. Y si efectivamente no se cumple, nos irritaremos y nos frustraremos.

Os pongo un ejemplo, esta noche espero ir al teatro. Para mí ir al teatro mañana se ha convertido en un acontecimiento súper importante. ¿Por qué? Porque es una actividad que me encanta, porque llevo casi dos meses sin poder ir al teatro (para mí eso se acerca a un drama) y además porque voy a ver una obra con dos actores que me gustan mucho. Obviamente, y sé que no debería hacerlo, mis expectativas están altísimas. Veremos qué ocurre y veremos cómo lo gestiono, porque en realidad lo que debería hacer es desprenderme del ideal y entregarme a la experiencia cuando ocurra. Pero ya veis, por mucho que leo, mi cerebro aún no está preparado.

El miedo es el causante de muchos problemas, porque detrás de él están el temor al fracaso, a la pérdida, al abandono… Si renuncias a tus ideales (en el sentido del que hemos hablado antes) y a tu falta de confianza, la cosa mejora mucho.


Tercer aprendizaje: afronta el miedo 
El autor nos da varias claves muy interesantes para que podamos aplicar a nuestra vida y gestionar nuestras distracciones, nuestras posesiones, trabajar nuevos hábitos… Pero eso lo dejo al lector que se anime a leer este libro. Con vuestro permiso, me salto esa parte y sigo afrontando. Ya hemos hablado de afrontar el miedo y la procrastinación y ahora toca afrontar el cambio y también la pérdida, muy relacionada con el propio cambio.

Un amigo me dijo hace unas cuantas semanas durante una comida que las cosas no seguirían igual. Hablábamos sobre todo de trabajo, pero lo podemos aplicar a cualquier cosa. En realidad, me recordó la ley universal de que todo cambia, todo es impermanente. Y por mucho que nos intentemos adaptar al cambio, o que a veces te encuentres por la vida con iluminados que dicen disfrutar de la actividad frenética de los cambios, no nos engañemos, al ser humano no le gustan los cambios y mucho menos cuando son cambios que no se ajustan a lo que esperábamos.

Lao Babauta habla de la impermanencia, del cambio, reconociendo el miedo que produce, pero también recordándonos que puede llegar a ser liberadora. Por mucho que quieras agarrar fuerte entre tus manos el viento, es imposible. Pues con la vida ocurre exactamente lo mismo, queremos que las cosas sigan igual y cuando no es así, y sobre todo cuando cambian de un modo que no nos gusta, sufrimos.


Cuarto aprendizaje: afronta el cambio

Una parte del cambio es la pérdida, y dependiendo qué tipo de pérdidas es sumamente difícil de afrontar, además tienen su propio proceso de duelo, que si no llevamos bien, tiene consecuencias demoledoras. El autor también habla de la pérdida, como parte de la vida, pero también como sufrimiento. Pero nos recuerda que aunque el sufrimiento es inevitable, sí es posible acortarlo o prolongarlo. Si aceptas tus sentimientos, dejas ir el daño, giras tu atención hacia la realidad y lo bueno que hay en ella, así como abrazas la vida, conseguirás que el sufrimiento por la pérdida sea menor, aunque siga existiendo.


Quinto aprendizaje: desarrolla el desapego

Probablemente termine escribiendo un post de Viernes Vitales sobre el desapego, pero sí que me gustaría mencionar que este libro también nos da unas cuantas claves sobre el mismo. Cultivar el arte del desapego pasa primero por identificar el ideal al que te aferras y dejarlo ir, siendo consciente de la realidad y respondiendo ante ella de la manera más adecuada (esto no suele ser fácil).


Leo Babauta cree que el desapego es una de esas cosas que se entrenan o se practican. Como no es algo fácil, nos propone que comencemos con las cosas más sencillas, en pequeñas dosis, durante cortos espacios de tiempo. El desapego tiene además una fuerte dosis de aceptación y la aceptación resulta liberadora.



En definitiva, un libro que se deja leer de manera muy sencilla y que contiene muchas otras claves que las que os he esbozado en este post. Me pareció una lectura realmente enriquecedora. 

VIERNES VITALES 42: ¿QUÉ PASA SI NO LO HAGO?

Hoy vengo a utilizar esta ventanita al mundo como algo totalmente personal y quiero publicar una pequeña reflexión sobre lo que me ocurre.

En la actualidad, mi vida ha cambiado un poco. Una enfermedad y el proceso de adaptación ha hecho que, tras unos meses de calma, me encuentre de nuevo en un laberinto de prisas, emociones y problemas cotidianos que creo que han llegado a desbordarme y me han hecho volver atrás muchas casillas en el juego de la estabilidad emocional. Lógicamente, todo eso tiene consecuencias en mi interior (estrés, cansancio, ira, tristeza…) pero también en lo que tengo alrededor y especialmente en las personas a las que más quiero (las que muchas veces tienen que pagar los platos que ellos no han roto). Afortunadamente, soy consciente de que es algo pasajero y que estamos en el camino de solucionarlo y volver a la “normalidad” pero eso no lo hace menos difícil, al menos mientras está pasando.

Cuando los cimientos de tu día a día se tambalean y no es posible multiplicarte (al menos físicamente) por cuatro, lo primero que tienes que hacer es tomar decisiones, y además hacerlo rápido. Es lo que se denomina eustrés, un estrés bueno que es capaz de hacerte reaccionar frente al peligro y no morir en el intento. Es algo milenario, nos servía en la prehistoria para salir pitando y que no nos comiese un oso cavernario, y hoy, aunque nos encontramos con muchos menos osos, tenemos otro tipo de problemas, sobrevenidos, a los que debemos enfrentar y solucionar. Bien, en mi caso el eustrés funcionó y durante el tiempo hospitalario organicé mi vida, familia, horarios, trabajos, prioridades… Y echando la vista atrás creo que lo hice razonablemente bien, sobre todo funcionó en su momento y sirvió para sobrevivir y seguir adelante.

Pero después del eustrés, el estrés, la adrenalina en vena, salir pitando (todo esto está muy estudiado por la ciencia), ¿viene la calma? No, no viene la calma, viene más estrés, pero ya no del bueno, y llega el bajón. Es un bajón físico (el cansancio acumulado durante semanas pasa factura) y también emocional (tus emociones te dominan, terminas pegando gritos y llorando y sobre todo te sientes una mierda).

Pero mientras, la vida sigue y tienes que seguir sobreviviendo. Ya no tienes el chute de adrenalina que te convirtió en superhéroe durante unas horas (o días en el mejor de los casos) y sí tienes que dar respuesta a tus necesidades y sobre todo a las necesidades de los demás (que suelen ser demasiadas porque ninguno de nosotros nos ponemos a valorar en serio lo que nuestras demandas significan para el otro y mucho menos lo desbordado que puede llegar a estar con miles de demandas disparadas desde todos los ángulos). Y en ese momento se te presenta la gran pregunta ¿qué pasa si no lo hago?

Hay muchas, muchísimas, cosas que hacemos porque hay que hacerlo. Ni siquiera nos planteamos la posibilidad de dejar de hacerlas, esa diatriba sencillamente no existe. Pero cuando lo necesitas, te lo planteas muy seriamente y empiezas a quitar cosas de la lista.

Yo me he empezado a plantear las siguientes cuestiones:

¿qué pasa si no lo hago?, ¿me sentiría mejor?, ¿me ayuda ahora a sobrevivir?
¿alguien saldría perjudicado? ¿decepcionaría seriamente a alguien?
¿lo podría posponer?, ¿lo podría anular?, ¿es realmente imprescindible que lo haga?
¿hay otras opciones?


Te sorprende ver que muchas cosas las puedes dejar de hacer, o en su defecto posponer y no pasa nada. O pasa mucho menos de lo que de base crees que sucedería.

Las circunstancias me han obligado a rehacer mis horarios, quitar actividades de la lista, hacer más cosas en menos tiempo, posponer, dejar de hacer y pedir ayuda externa. Aún así, sigo teniendo el complejo de gilipollas. Y a este respecto, os recomiendo este artículo, porque no tiene desperdicio. Habla del agotamiento a los 30 años (y lo que nos queda), hace un paralelismo entre cómo vivían nuestros padres hace 30 años y cómo vivimos nosotros. La sociedad actual nos obliga a hacer muchas cosas que si las pasas por el filtro de las preguntas anteriores, probablemente no ocurriría nada si dejas de hacerlas. Y sin embargo, seguimos haciéndolas. Creo que debemos replantearnos muchas cosas de manera individual y como sociedad, y que debemos hacerlo ya.

Algunos ejemplos de cosas que he dejado de hacer.

He dejado de ir al gimnasio (aunque intento ir a zumba los viernes por lo que me aporta). La verdad es que no echo de menos el gimnasio, creo que estoy tan cansada que no me aportaría nada, y el hecho de pagarlo anualmente tampoco me da ni frío ni calor sabiendo que estas semanas no lo estoy aprovechando, da igual.

He renunciado a ver algunas obras de teatro. De algunas de ellas tenía entradas y no he podido ir; otras pensaba comprar las entradas y no las he comprado. Algunas de ellas me da rabia habérmelas perdido, pero ya habrá otras oportunidades, y si no las hay tampoco se acaba el mundo. La semana que viene tengo entradas para una obra a la que le tengo muchas ganas, pero aún no sé al 100% si podré ir a verla, ni siquiera me paro a pensarlo.

He dormido menos. Esto no es bueno, pero el día no da para más. Espero poder descansar más adelante, realmente mi cuerpo me recuerda, a gritos, que lo necesito. Daría lo que fuese ahora mismo por unas vacaciones para dormir y tomar el sol.

He dejado la casa de lado. Y no pasa nada. Athos tiene que salir a la calle al menos tres veces al día y sale. La mayoría de las veces sale conmigo, pero algunas no (pedir ayuda también resulta imprescindible). No pasa nada por no poner la lavadora en una semana, o porque la nevera esté vacía, por comer pizza el sábado o porque las cosas no estén tan ordenadas y limpias como deberían. Es una fase, espero que, como todas, volveremos a la normalidad.

Intento estar a la altura con lo que mi hija necesita. Mi hija sigue teniendo sus horarios y además está más mimosa (y pegajosa) que de costumbre. Intento estar a la altura con ella, aunque no siempre lo consigo. Dejo de hacer cosas o las cambio de fechas para poder estar con ella, ir a recogerla al cole, hacer cosas chulas… Aún así, me sigue saliendo el complejo de gilipollas que mencionaba antes. Por ejemplo, esta mañana han ido al cole disfrazados de chulapos y el martes estaba como loca (yo) porque no teníamos traje. Punto 1) yo nunca voy al chino, ésta ha sido la primera vez, por lo que me he re-adaptado por las circunstancias. Punto 2) soy una persona bastante previsora y si las últimas semanas hubiese vivido una vida normalizada, os aseguro que tendría el traje de chulapa desde hace mucho más tiempo. Aún así estaba atacada por si no encontraba el disfraz y me tenía que pasar la tarde del jueves recorriéndome Madrid, porque sabía que para ella era importante ir disfrazada con sus compañeros. Pues bien, algunas madres compraron el disfraz ayer (una de ellas compró el último en el chino de la esquina), pero otras ni eso y los niños iban sin disfrazar. No sé, quizá a esos niños no les importaba (hay niños a quien no les importa disfrazarse o no, a la mía desde luego sí que le importa), pero aunque no es algo trascendental, creo que para mi hija sí era importante y para mí también lo es.

Pido ayuda externa. Resulta difícil pedir ayuda, creo que es algo a lo que no estamos acostumbrados. Tampoco estamos acostumbrados a prestar ayuda, o al menos hacerlo cuando alguien realmente lo necesita. Seguimos con nuestras vidas y nuestros horarios (yo la primera) y no somos conscientes de las necesidades de otros. Pero cuando pides ayudas, a veces de manera desesperada, realmente sí ves una reacción en las otras personas. En este período difícil, una gran amiga vino de Oviedo y estuvo unos días en casa, llevando a mi hija al colegio para que yo pudiese ir a trabajar, recogiéndola por las tardes hasta que yo llegaba al parque después del hospital. Otra amiga vino una tarde, los padres de un amigo de mi hija se la llevaron al teatro un sábado, y mi padre y su mujer se la llevaron de vacaciones a Oviedo una semana en la que intentamos volver a la normalidad. Sin esa ayuda no podríamos haber sobrevivido.


En períodos excepcionalmente difíciles hay que tomar decisiones difíciles, rápidas y que te permitan sobrevivir. A veces no son las mejores pero tienen que funcionar, no hay tiempo para ponerte a hacer un estudio de mercado sobre los posibles impactos. Pero después, cuando estás en el período de adaptación o incluso cuando llega la calma tras la tempestad, creo que debemos reflexionar sobre lo aprendido

Y en este caso yo me planteo cuál ha sido mi aprendizaje, probablemente sean esas preguntas de allí arriba: ¿cómo puedo aligerar mi agenda y mis obligaciones? ¿qué pasa si no hago esto o lo otro?

INTENTANDO RECUPERAR MI PASIÓN LECTORA (2): DE NOVELAS Y MINIMALISMO ENTRE OTRAS COSAS

Quería haber publicado este post hace unos 10 días, pero mis planes de abril se fueron un poco de paseo. Sin embargo, no quiero dejar pasar la oportunidad de hablar de los libros que he leído en los dos últimos meses aproximadamente. De nuevo no son muchos, pero tras años de sequía lectora, me hace ilusión poder hilvanar ideas de cuatro o cinco títulos (de ahí lo de escribir cada dos meses aproximadamente, el mensual se me quedaría demasiado cojo).

En este tiempo, le ha tocado turno a dos novelas y tres libros que podríamos tildar de habilidades. Las dos novelas son muy diferentes entre sí, los libros de “habilidades” a su vez se desglosan en dos grupos: los que fluyen alrededor del concepto minimalista (he abierto un nuevo tipo de posts sobre minimalismo) y uno sobre habilidades personales. Empecemos con las novelas, que suelen resultar más sencillas:


Saber perder, de David Trueba

Este libro llevaba descargado en mi kindle desde hace años y por fin llegó su oportunidad. Había leído muy buenas críticas sobre la prosa de David Trueba, aunque nunca hasta ahora me había animado a leer nada suyo. Mi estreno se produjo con Saber perder, una novela coral ambientada en un barrio de Madrid que me recordó inevitablemente a una de mis anteriores lecturas, Los besos en el pan, de Almudena Grandes. En realidad, se trata de libros e historias muy diferentes entre sí pero que me recordaron una a la otra en primer lugar porque apenas transcurrieron unas semanas entre una lectura y otra, y además porque se desarrollan en Madrid, ambas son novelas corales y que cuentan además la vida, con tintes de crisis económica, de personas más o menos normales que pululan por Madrid.

En el caso de Saber perder, se nos narra la historia de una familia: un abuelo, un padre y una hija/nieta, así como un futbolista con quien Sylvia (la hija de Lorenzo y nieta de Leandro) comienza una relación casi imposible. Las vidas de todos se hacen difíciles, por causas muy diversas. A veces sobrevivir es ya en sí una carrera de obstáculos y debemos dejar los prejuicios fuera y mirar hacia adelante.

Me ha parecido una novela con buena prosa, que se deja leer, aunque reconozco que cuando llevaba aproximadamente el 40% la dejé aparcada, crucé entre medias otras lecturas minimalistas y luego le recuperé. Al final terminó gustándome mucho más que al principio.

Nota media: 7



El último encuentro, de Sandor Marai

Hace años conocí a un escritor húngaro bastante desconocido en general y que es un literato impresionante. Se trataba de Sandor Marai. Me enamoré absolutamente del que probablemente sea su libro más conocido, La mujer justa, una historia que disfruté primero a través de sus palabras y después en la adaptación teatral que vi en su día en La Abadía (puedes leerla aquí). Me quedé con un nombre de otro de sus libros en mi lista de libros pendientes: El último encuentro, y con él me ocurrió algo muy similar a Saber perder, también llevaba años en mi kindle durmiendo el sueño de los justos. Pero cuando le llegó su turno, me voló entre los dedos. No es un libro largo, pero la prosa de Marai, absolutamente in crescendo en esta historia, hace que no puedas parar de leer.

El último encuentro narra la historia de dos amigos, que tras más de cuatro décadas sin verse se sientan de nuevo a la mesa donde cenasen tantas veces años atrás, para tener esa conversación pendiente cuando han pasado más de cuarenta años. Una conversación que profundizará en viejas heridas aún abiertas, sentimientos, pasiones y traiciones. Es una historia apasionante, narrada de un modo inmejorable, y aunque en sí constituye una novela, a mí no se me iba de la cabeza la posibilidad de llevarla al teatro. Sé que la han interpretado sobre las tablas en varias ocasiones, pero esta historia podría ser tremenda en manos de actores como Juan Diego, José María Pou, Emilio Gutiérrez Caba… por nombrar algunos que se me vienen ahora mismo a la cabeza. Es una historia en la que la tensión va en aumento y el lector asiste expectante al siguiente paso en este duelo sin armas, cruento y cruel, apasionante.

Nota media: 9



La magia del orden, de Marie Kondo

Ya os hablé pormenorizadamente de este libro (aquí), pero quiero incluirlo, aunque sea de pasada, en esta revisión. Es también una lectura que tenía ganas de realizar y que me ha gustado. Me ha hecho replantearme muchas cosas sobre la necesidad de tener tantas cosas y sobre todo con referencia a nuevas compras. Lo cierto es que me he quitado bastantes cosas, estoy en proceso de desprenderme de muchas otras más y sobre todo me planteo mucho las nuevas cosas que voy comprando (si lo piensas bien, la mayoría ni las necesitas ni te hacen ilusión) y ordenar de otra manera lo que tenemos. No me voy a extender más, pero insisto en que es una lectura que realmente merece la pena.

Nota media: 8,5


El arte de ser minimalista, de Everett Bogue

Rebuscando entre temática minimalista di con este autor y este libro, que por cierto, se deja leer francamente bien y toca muchos aspectos de la vida cotidiana en los que poder aplicar, si quieres, un poco de la filosofía minimalista. El minimalismo no busca otra cosa que simplificar tu vida y, si la haces más sencilla, conseguirás reducir los problemas y obstáculos. No desaparecerán, pero si son menos, bienvenido sea. 

Everett Bogue es el prototipo de ese joven que vive un nuevo sueño americano, que se ubica justo en el otro extremo del capitalismo, queriendo vivir con menos para vivir mejor. Aunque suene paradójico, si eres capaz de hacerlo, sin duda no lo es. Este chico dejó su trabajo, su vida en la gran ciudad y decidió trabajar por internet y desplazarse de lugar a lugar, sin apenas posesiones. Quizá sea llevarlo al extremo en un tipo de vida que la mayoría de nosotros no desarrollaremos, pero este libro incluye muchas buenas claves minimalistas que poder aplicar a nuestras cosas, nuestra forma de vida, nuestra casa, agenda, el trabajo etc. 

Un libro que se deja leer bien y con el que he aprendido muchas cosas interesantes. Veré cuáles puedo aplicar y cuáles no a mi día a día. 

Nota media: 8,5



La buena suerte, de Alex Rovira 

Llevo ya tiempo oyendo hablar de Álex Rovira, sus libros y conferencias, especialmente de uno de ellos, La buena suerte, pero no le ha tocado el turno hasta hace algunos escasos días. Es un libro cortito que se lee en un rato y que nos habla de las diferencias entre la suerte (la que se te cruza cuando te toca la lotería por ejemplo, pero que como no depende de ti termina yéndose) y la Buena Suerte (que es la que tú buscas, luchas y te construyes y que, como depende de ti, no se va tan fácilmente). 

Más que un libro es un cuento de dos caballeros, el blanco y el negro, que reciben la invitación del mítico mago Merlín para encontrar un trébol mágico de cuatro hojas. Pero llegar a él no será fácil y por el camino aflorarán sus propios miedos, las cosas negativas que les dicen los demás, los obstáculos... vamos, las cosas que en mayor o menor medida nos terminamos encontrando todos por el camino y que muchas veces nos hacen darnos por vencidos antes de tiempo, sin ni tan siquiera intentarlo. Una lectura corta e inspiradora que os recomiendo. 

Nota media: 8,5


Y hasta aquí mi revisión lectora, corta para dos meses, pero intensa y muy dis

frutada :)

SER MINIMALISTA POR ENTREGAS PARTE 3: CONTROLAR TU TRABAJO (Y QUE ÉL NO TE CONTROLE A TI)


Se puede ser minimalista en tu casa, en tus cosas, incluso en tu agenda personal, pero quizá nunca te hayas planteado que podrías extrapolar algunas de las claves minimalistas al trabajo y mejorar tu calidad de vida (asegurado). Una de mis últimas lecturas ha sido El arte de ser minimalista, de Everett Bogue. Él nos da 21 claves para ser minimalista en tu trabajo. Yo he hecho una pequeña selección o resumen, que me gustaría compartir con vosotros. 


 1. Menos tiempo para el trabajo: haz tu trabajo en menos tiempo (sé más eficiente y luego descansa) 

Partimos de una idea incorrecta: que necesitamos 8 horas (o más) para hacer nuestro trabajo. Probablemente hay muchas veces en las que las 8 horas te vuelan y no das a basto pero otras veces se extienden las tareas de manera ineficiente para cubrir esas horas. Lo lógico sería que si acabas antes porque eres eficiente te pudieses ir, pero eso en España es una utopía. Pero puedes echar mano de algunas claves como: 

- Hacer listas con las tareas del día y estimación de tiempos. 
- Déjate un tiempo para pensar. 
- Resérvate un tiempo extra para las cosas que surgen y no podías prever. 
- Vete al grano y haz lo que tienes que hacer (nada de mariposear sin rumbo). 
- Ponte un horario de fin y cúmplelo. 
- Elimina tareas innecesarias (empieza por ver qué sirve y que no y de lo que sirve, qué puede automatizarse o hacerse de otra manera mejor). 
- Evita las reuniones (muchas de ellas son inútiles). 
- No revises el mail cada cinco minutos, ponte horarios para hacerlo. 




2. Lidera y delega 

Yo soy de los que piensan eso de consejos vendo pero para mí no tengo. Y empiezo por aplicarlo directamente a mí misma. Nunca he sido un líder (ni lideresa) y la verdad es que no quiero serlo, especialmente porque creo que muchos de los que van de líderes sólo buscan su propio beneficio y se creen con derecho a pontificar desde su supuesto trono. Pero la vida es otra cosa. Sin embargo, sí es cierto que hay líderes de verdad, que hacen cosas como éstas (y que merece la pena aprender de ellos). 

- Un líder toma decisiones, muestra iniciativa y asume riesgos. 
- Sabe elegir los proyectos importantes. 
- Delega y confía en su gente. 
- Tolera el fracaso y aprende de él. 
- Busca soluciones (de verdad) y no culpabiliza al de al lado. 

 Esos son los líderes de verdad, si dicen una cosa pero luego hacen otra, si piensan siempre mal (desconfían porque en el fondo se sienten inseguros), si echa la culpa al de al lado o dan discursitos que en el fondo no se los creen ni ellos, ni son líderes ni merece la pena hacerles caso. 



3. Aprende a vivir con menos

Probablemente el principal late motive del Minimalismo, ¿por qué no aplicarlo también al trabajo? Muchas personas trabajan mucho porque tienen un estilo de vida que no es sostenible, con demasiados gastos y sin tiempo.  Si aprendes a vivir con menos, podrás trabajar menos tiempo. Personalmente, prefiero tener un buen horario, ingresar menos pero vivir más. Implica no tener ciertos gastos ni ciertos lujos, pero las cosas verdaderamente importantes de la vida no suelen depender, la mayoría de las veces, de tener dinero para pagarlas. 



4. Siempre habrá un mañana, deja de apagar fuegos

Las cosas llevan su tiempo y en el trabajo los proyectos normalmente tardan semanas o meses en realizarse. Tómate tu tiempo para descansar y recuperarte para el día siguiente: vete a casa a tu hora, vive, descansa, y mañana ven con fuerzas, el proyecto no se irá a ninguna parte esta tarde. Deja de apagar fuegos porque casi nada es una emergencias y si corres por el mundo resolviendo  problemas de otras personas, nunca conseguirás terminar tus propios proyectos.



5. Sé positivo 

Ser positivo no sé si te abre puertas externas, que también, pero mejora mucho tu vida. Mira las cosas positivas de tu vida y tu trabajo, intenta hacerlo aún mejor, más positivo, más sencillo, con más proyectos bonitos... No te dejes enmarronar con cosas que ni te van ni te vienen y concédete un tiempo para ti y tus propios proyectos (el famoso 80/20 de San Google). 




6. Si odias tu trabajo: vete

Esto es probablemente lo más difícil de todo. Más aún como está el patio, pero ningún trabajo que te ahogue merece la pena. Piénsalo: pasas la mitad de tu vida en el trabajo, no puedes permitirte a ti mismo odiar la mitad de tu vida. Y si te paraliza el miedo (o la comodidad), intenta iniciar tu propio proyecto personal en paralelo, trabajando desde casa o en tu tiempo libre en otras cosas. 



Son claves básicas, pero que muchas veces olvidamos. Hacer nuestra vida (y por ende nuestro trabajo) un poquito mejor, tener claras nuestras prioridades, reservar más tiempo para nosotros mismos y utilizarlo bien, así como vivir con menos. Si no necesitas gastar tanto, tampoco necesitas tener tantos ingresos, ni quizá con suerte trabajar tanto. Piénsalo, otro mundo es posible. 


Feliz Viernes! Disfruta del día único que hoy estás viviendo.