PODER, PASIÓN Y SEDUCCIÓN. CLEOPATRA Y CÉSAR

Tras varias semanas de desierto teatral, este miércoles me senté de nuevo en el patio de butacas, envuelta en esa sensación mágica que sólo da ese lugar (el que lo haya experimentado alguna vez, sabe de qué hablo). El lugar, el Teatro Bellas Artes de Madrid; la obra, César y Cleopatra; el elenco, un lujo. Creo que si has llegado a leer hasta aquí habrás intuido las tremendas ganas que tenía de volver a disfrutar de una tarde de teatro, y en este caso en concreto además me llamaban muchísimo tanto la obra como las actrices y actores que la representan y la dirección. Normalmente nos olvidamos de los directores, pero Magüi Mira hace tiempo que tiene un hueco en mi panteón particular. La he disfrutado como actriz en varias ocasiones (se me vienen a la memoria Descalzos por el parque en mi teatro fetiche, el Lara, hace ya unos años, y La anarquista en la sala pequeña del Español hace unas temporadas ya, que por cierto me entusiasmó). Pero como directora, cada vez que veo algo suyo me gusta más. Y para muestra, un botón, léase Katie y el hipopótamo, El estanque dorado o ahora ya puedo incluir César y Cleopatra.

Regreso a César y Cleopatra, que lo de irme por los cerros de Úbeda se me da demasiado bien. Mis expectativas sobre esta función eran muy altas, por diversas razones. Me atraía la historia, no sólo la relación personal entre César y Cleopatra, una simbiosis de pasión y poder, sino la propia figura de Cleopatra, reina de Egipto, mujer enigmática y poderosa, no tratada probablemente lo bien que debería por la Historia (que todos sabemos quién la ha escrito durante siglos). Esta obra, aunque no exactamente con este elenco, se estrenó en Mérida el verano pasado y desde entonces la tenía fichada en la retina.


Pero también por los actores, en concreto por los dos hombres de esta función: Emilio Gutiérrez Caba y Ernesto Arias.

Poco que añadir a lo que cualquiera sabe de Gutiérrez Caba, uno de esos grandísimos señores de la escena española. Yo me enamoré perdidamente de su forma de interpretar en los comienzos del verano del 2006, cuando interpretó La mujer de negro, si no recuerdo mal en el Teatro Infanta Isabel. Volvió a interpretar esta misma obra hace un par de años y se me pasó la oportunidad. La última vez que había visto a Emilio Gutiérrez Caba sobre las tablas fue exactamente en este mismo escenario del Teatro Bellas Artes, hace unos años, en un diálogo también sobre el poder, Poder absoluto. Su interpretación de este César en la eternidad, del que el paso de los años ha borrado las ansias de poder, el ímpetu y la belicosidad, pero al que no han quitado un ápice de magnanimidad.

César y Cleopatra, en esta versión, que aún no lo he dicho, nos muestra una imagen diferente de la historia y la relación de estos personajes. Un César mayor se encuentra con Cleopatra en algún punto de la eternidad, cuando han pasado más de dos mil años desde que se conocieran en Egipto. No son los mismos, el paso de los años (y más sin han transcurrido dos milenios) cambia a cualquiera. Pero ese encuentro resulta mágico, dos personas que un día tuvieron mucho en común, a los que la muerte y la eternidad separó y que vuelven a converger en un punto mucho tiempo después, cuando las viejas heridas se cerraron o si se recuerdan se hace de un modo muy diferente.

Pero, como no podía ser de otro modo, evocan ese tiempo que estuvieron juntos y lo enfocan desde cinco perspectivas diferentes: la de ella, la de él, la del tiempo, y también la de Cleopatra y la de César jóvenes tal y como lo vivieron intensamente en su día.

Para ello, Gutiérrez Caba nos regala un César magnánimo, sólido pero al que al tiempo ha cambiado y apaciguado

De partneaire la tiene a ella, una Cleopatra maravillosa interpretada por una sublime Ángela Molina. No sé vosotros, yo a esta actriz nunca la había visto en teatro, sí en cine y televisión (curiosamente una de las últimas cosas que vi suyas fue Gran Reserva, donde también tenía una relación muy especial, aunque mucho más oscura, con Emilio Gutiérrez Caba). Tiene un punto en su voz, su entonación, que la hace diferente y especial pero que a veces te descoloca como espectador. Pero su interpretación de la madura Cleopatra, con ese punto irónico y esa posición por encima de todos los males que le da la perspectiva de la eternidad es sublime. Sin ninguna duda ella es la gran estrella de esta función, está muy bien acompañada, todo hay que decirlo, pero brilla con luz propia y es una luz cegadora como diría el gran Silvio. Sé que esta interpretación de Ángela Molina de esta Cleopatra suya tan especial y única se quedará grabada en mi memoria teatral y la evocaré muchas veces en el futuro. Menuda, delgada, tremendamente elegante e ingrávida, Ángela Molina llena la escena y enamora al espectador, canta, interpreta, baila… en definitiva, enamora.

Y como salidos de los recuerdos, del mundo onírico de la eternidad, tenemos a César y Cleopatra en su versión joven, carnal, intensa, bélica, pasional… Encarnados maravillosamente por un gran actor como es Ernesto Arias y una jovencísima actriz que es Carolina Yuste y que ha sido un gran descubrimiento para mí.

De Ernesto Arias tampoco creo que tenga mucho que añadir que no haya escrito antes, aunque no haya sido en este post. Es un actor al que admiro mucho y desde hace mucho tiempo. He seguido su trayectoria, en mayor o menor medida, a lo largo de estos años y siempre que actúa en Madrid y puedo ir a verlo intento no dejar pasar la oportunidad. Para mí fue una sorpresa saber que formaría parte de este elenco en el Bellas Artes y una oportunidad fantástica para poder volver a disfrutar de su buen arte. Su interpretación es sólida, muy creíble y da muy bien el perfil para ese César de edad similar a la suya, bélico, amante y pasional que ve en Cleopatra una mujer a la que apoyar y a la vez poseer.

Para esa Cleopatra joven han escogido en estas funciones a Carolina Yuste, quien también da muy bien el perfil por edad, físico y a la que esta chica es capaz de dotar de mil detalles interpretativos y sensuales. Cuando descubres a una joven actriz con tanto talento te ilusionas al pensar todo lo que será capaz de hacer en el futuro, y sin duda esta chica apunta maneras y borda a esa Cleopatra joven, segura de sí misma, quien ve en César a su aliado (nunca sabremos si por pasión o por necesidad, probablemente por ambas). Ambos actores desarrollan un feeling muy creíble y sobre todo otra dimensión, totalmente alejada de la de Cleopatra y César mayores y que fundamenta mejor aquélla.

Una obra sin duda absolutamente recomendable. Estará en Madrid en el Bellas Artes hasta el 5 de junio, no sé qué estáis haciendo si no vais a disfrutarla.



Nota  y momento único personal: cuando Ángela Molina canta la primera estrofa del poema de Kavafis, Itaca. No hay palabras en el mundo para explicar lo que siento cada vez que la Itaca de Kavafis se cruza en mi vida. Lo intenté una vez aquí, pero el texto no le hace justicia. No creo que se hayan inventado las palabras para definir mi Itaca, aunque Kavafis sí lo logró. Y cuando Ángela Molina cantó a Itaca, no hay palabras para definir lo que sentí. 

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