VIERNES VITALES 42: ¿QUÉ PASA SI NO LO HAGO?

Hoy vengo a utilizar esta ventanita al mundo como algo totalmente personal y quiero publicar una pequeña reflexión sobre lo que me ocurre.

En la actualidad, mi vida ha cambiado un poco. Una enfermedad y el proceso de adaptación ha hecho que, tras unos meses de calma, me encuentre de nuevo en un laberinto de prisas, emociones y problemas cotidianos que creo que han llegado a desbordarme y me han hecho volver atrás muchas casillas en el juego de la estabilidad emocional. Lógicamente, todo eso tiene consecuencias en mi interior (estrés, cansancio, ira, tristeza…) pero también en lo que tengo alrededor y especialmente en las personas a las que más quiero (las que muchas veces tienen que pagar los platos que ellos no han roto). Afortunadamente, soy consciente de que es algo pasajero y que estamos en el camino de solucionarlo y volver a la “normalidad” pero eso no lo hace menos difícil, al menos mientras está pasando.

Cuando los cimientos de tu día a día se tambalean y no es posible multiplicarte (al menos físicamente) por cuatro, lo primero que tienes que hacer es tomar decisiones, y además hacerlo rápido. Es lo que se denomina eustrés, un estrés bueno que es capaz de hacerte reaccionar frente al peligro y no morir en el intento. Es algo milenario, nos servía en la prehistoria para salir pitando y que no nos comiese un oso cavernario, y hoy, aunque nos encontramos con muchos menos osos, tenemos otro tipo de problemas, sobrevenidos, a los que debemos enfrentar y solucionar. Bien, en mi caso el eustrés funcionó y durante el tiempo hospitalario organicé mi vida, familia, horarios, trabajos, prioridades… Y echando la vista atrás creo que lo hice razonablemente bien, sobre todo funcionó en su momento y sirvió para sobrevivir y seguir adelante.

Pero después del eustrés, el estrés, la adrenalina en vena, salir pitando (todo esto está muy estudiado por la ciencia), ¿viene la calma? No, no viene la calma, viene más estrés, pero ya no del bueno, y llega el bajón. Es un bajón físico (el cansancio acumulado durante semanas pasa factura) y también emocional (tus emociones te dominan, terminas pegando gritos y llorando y sobre todo te sientes una mierda).

Pero mientras, la vida sigue y tienes que seguir sobreviviendo. Ya no tienes el chute de adrenalina que te convirtió en superhéroe durante unas horas (o días en el mejor de los casos) y sí tienes que dar respuesta a tus necesidades y sobre todo a las necesidades de los demás (que suelen ser demasiadas porque ninguno de nosotros nos ponemos a valorar en serio lo que nuestras demandas significan para el otro y mucho menos lo desbordado que puede llegar a estar con miles de demandas disparadas desde todos los ángulos). Y en ese momento se te presenta la gran pregunta ¿qué pasa si no lo hago?

Hay muchas, muchísimas, cosas que hacemos porque hay que hacerlo. Ni siquiera nos planteamos la posibilidad de dejar de hacerlas, esa diatriba sencillamente no existe. Pero cuando lo necesitas, te lo planteas muy seriamente y empiezas a quitar cosas de la lista.

Yo me he empezado a plantear las siguientes cuestiones:

¿qué pasa si no lo hago?, ¿me sentiría mejor?, ¿me ayuda ahora a sobrevivir?
¿alguien saldría perjudicado? ¿decepcionaría seriamente a alguien?
¿lo podría posponer?, ¿lo podría anular?, ¿es realmente imprescindible que lo haga?
¿hay otras opciones?


Te sorprende ver que muchas cosas las puedes dejar de hacer, o en su defecto posponer y no pasa nada. O pasa mucho menos de lo que de base crees que sucedería.

Las circunstancias me han obligado a rehacer mis horarios, quitar actividades de la lista, hacer más cosas en menos tiempo, posponer, dejar de hacer y pedir ayuda externa. Aún así, sigo teniendo el complejo de gilipollas. Y a este respecto, os recomiendo este artículo, porque no tiene desperdicio. Habla del agotamiento a los 30 años (y lo que nos queda), hace un paralelismo entre cómo vivían nuestros padres hace 30 años y cómo vivimos nosotros. La sociedad actual nos obliga a hacer muchas cosas que si las pasas por el filtro de las preguntas anteriores, probablemente no ocurriría nada si dejas de hacerlas. Y sin embargo, seguimos haciéndolas. Creo que debemos replantearnos muchas cosas de manera individual y como sociedad, y que debemos hacerlo ya.

Algunos ejemplos de cosas que he dejado de hacer.

He dejado de ir al gimnasio (aunque intento ir a zumba los viernes por lo que me aporta). La verdad es que no echo de menos el gimnasio, creo que estoy tan cansada que no me aportaría nada, y el hecho de pagarlo anualmente tampoco me da ni frío ni calor sabiendo que estas semanas no lo estoy aprovechando, da igual.

He renunciado a ver algunas obras de teatro. De algunas de ellas tenía entradas y no he podido ir; otras pensaba comprar las entradas y no las he comprado. Algunas de ellas me da rabia habérmelas perdido, pero ya habrá otras oportunidades, y si no las hay tampoco se acaba el mundo. La semana que viene tengo entradas para una obra a la que le tengo muchas ganas, pero aún no sé al 100% si podré ir a verla, ni siquiera me paro a pensarlo.

He dormido menos. Esto no es bueno, pero el día no da para más. Espero poder descansar más adelante, realmente mi cuerpo me recuerda, a gritos, que lo necesito. Daría lo que fuese ahora mismo por unas vacaciones para dormir y tomar el sol.

He dejado la casa de lado. Y no pasa nada. Athos tiene que salir a la calle al menos tres veces al día y sale. La mayoría de las veces sale conmigo, pero algunas no (pedir ayuda también resulta imprescindible). No pasa nada por no poner la lavadora en una semana, o porque la nevera esté vacía, por comer pizza el sábado o porque las cosas no estén tan ordenadas y limpias como deberían. Es una fase, espero que, como todas, volveremos a la normalidad.

Intento estar a la altura con lo que mi hija necesita. Mi hija sigue teniendo sus horarios y además está más mimosa (y pegajosa) que de costumbre. Intento estar a la altura con ella, aunque no siempre lo consigo. Dejo de hacer cosas o las cambio de fechas para poder estar con ella, ir a recogerla al cole, hacer cosas chulas… Aún así, me sigue saliendo el complejo de gilipollas que mencionaba antes. Por ejemplo, esta mañana han ido al cole disfrazados de chulapos y el martes estaba como loca (yo) porque no teníamos traje. Punto 1) yo nunca voy al chino, ésta ha sido la primera vez, por lo que me he re-adaptado por las circunstancias. Punto 2) soy una persona bastante previsora y si las últimas semanas hubiese vivido una vida normalizada, os aseguro que tendría el traje de chulapa desde hace mucho más tiempo. Aún así estaba atacada por si no encontraba el disfraz y me tenía que pasar la tarde del jueves recorriéndome Madrid, porque sabía que para ella era importante ir disfrazada con sus compañeros. Pues bien, algunas madres compraron el disfraz ayer (una de ellas compró el último en el chino de la esquina), pero otras ni eso y los niños iban sin disfrazar. No sé, quizá a esos niños no les importaba (hay niños a quien no les importa disfrazarse o no, a la mía desde luego sí que le importa), pero aunque no es algo trascendental, creo que para mi hija sí era importante y para mí también lo es.

Pido ayuda externa. Resulta difícil pedir ayuda, creo que es algo a lo que no estamos acostumbrados. Tampoco estamos acostumbrados a prestar ayuda, o al menos hacerlo cuando alguien realmente lo necesita. Seguimos con nuestras vidas y nuestros horarios (yo la primera) y no somos conscientes de las necesidades de otros. Pero cuando pides ayudas, a veces de manera desesperada, realmente sí ves una reacción en las otras personas. En este período difícil, una gran amiga vino de Oviedo y estuvo unos días en casa, llevando a mi hija al colegio para que yo pudiese ir a trabajar, recogiéndola por las tardes hasta que yo llegaba al parque después del hospital. Otra amiga vino una tarde, los padres de un amigo de mi hija se la llevaron al teatro un sábado, y mi padre y su mujer se la llevaron de vacaciones a Oviedo una semana en la que intentamos volver a la normalidad. Sin esa ayuda no podríamos haber sobrevivido.


En períodos excepcionalmente difíciles hay que tomar decisiones difíciles, rápidas y que te permitan sobrevivir. A veces no son las mejores pero tienen que funcionar, no hay tiempo para ponerte a hacer un estudio de mercado sobre los posibles impactos. Pero después, cuando estás en el período de adaptación o incluso cuando llega la calma tras la tempestad, creo que debemos reflexionar sobre lo aprendido

Y en este caso yo me planteo cuál ha sido mi aprendizaje, probablemente sean esas preguntas de allí arriba: ¿cómo puedo aligerar mi agenda y mis obligaciones? ¿qué pasa si no hago esto o lo otro?

5 comentarios:

  1. Si yo hubiera sabido que te atormentaba lo del disfraz... no me hagas tanto coaching y pide de vez en cuando :)

    Muy interesantes tus reflexiones de hoy. Hay que perdonarse la vida más a menudo.

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    1. No te preocupes, AZ, es que últimamente no llego a nada y me agobio bastante

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  2. Pues no, no se acaba el mundo cuando dejas de hacer algo o cuando dices no a algo o alguien. La vida sigue... No hay que tomarse la vida, a veces, tan en serio. Y cuídate mucho!
    Besotes!!!

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  3. Cuídate mucho, te mando ánimo. La mayoría de las veces no pasa nada por no hacer según qué cosas, que son prescindibles. No te exijas tanto, a veces hay que delegar y pedir ayuda.

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