MI HIJA CRECE TAN RÁPIDO: QUERRÍA PODER PARAR LAS AGUJAS DEL RELOJ

Esta reflexión lleva rondándome varias semanas. Que el tiempo pasa y no se puede parar es algo que todos sabemos. Especialmente se nota en la vida de un niño pequeño. Parece que un año en un adulto no es nada, es simplemente otro año más. Los días vuelan, las semanas y los meses van pasando y de pronto te encuentras otra vez en las uvas, volviendo a escribir tus propósitos de nuevo año (yo últimamente ni los escribo). Pero en el caso de un niño, un curso es un mundo, lo que crece, lo que aprende, lo que experimenta… Sacas la ropa del año pasado y no le vale casi nada, los juguetes se le quedan pequeños (son de bebés, mamá), las rayas en la pared cada vez están más altas (sí, yo sigo poniendo rayas en la pared con lápiz, como hacía mi madre en los ochenta).


Es una alegría ver crecer a nuestros hijos. Ahora que Henar está a punto de acabar su primer año de cole, echo la vista atrás y veo todo lo que ha sido este curso. Esa niña pizpireta que ha crecido unos 10 centímetros, ha pasado de ser casi un bebé a una niña súper-espabilada (un año pesa mucho en estas etapas), que sabe hablar y vocalizar mucho mejor que cuando empezó, conoce todas las letras a la perfección, ha aprendido inglés, se ha divertido un montón en sus clases de chiquirritmo y hace unas coreografías estupendas (tiene el ritmo en la sangre esta chica). Noto su crecimiento en mil cosas: hace meses andar un kilómetro hacía que se cansase y tuvieses que cogerla, ahora corre que se las pela… A nivel de vocabulario y pronunciación el salto ha sido un mundo (aunque la R /gr/ según ella- se le siga atragantando); lo mismo con los espectáculos, hemos conseguido hace unos meses aguantar de un tirón películas en el cine y obras de teatro a decir, ¿ya se ha acabado? Se me ha hecho muy corto.

Y ahora, nos queda por delante el verano. Un verano largo en el que seguro que notamos también el paso del tiempo respecto al año pasado. Es difícil que los calendarios coincidan, pero entre campamentos (éste será su primer año), estancias en el pueblo, vacaciones aquí y allá y días haciendo encaje de bolillos, lo superaremos. Y no sólo eso, sino que estoy segura de que lo vamos a pasar alucinantemente bien. Tenemos muchas ganas de playa, de cenas en terrazas, de pintar con tizas en la calle, del norte aunque haga malo,  pasear junto al mar, mucho parque, muchos paseos, muchos juegos, muchos dibujos, mucha vida y más aún en verano.


Me da pena que los días de mi hija se me escabullan entre los dedos, no poder parar el tiempo y disfrutarla al 100%. Por eso intento pasar tiempo con ella, verla crecer y sonreír, llorar y amar, aprender y vivir… Eso no quiere decir que a veces me cueste la vida llegar a todo y que, por ende, no llego a casi nada. Disto mucho de ser perfecta y a veces no le hago tanto caso como debería, la enchufo un rato (demasiado largo) a la tele o disfruto de mis días de Rodríguez en Madrid aunque sea trabajando y a 40 grados. Pero tuve una hija para verla crecer, para acompañarla en esta aventura que es vivir. Lo hago cada día y estoy segura de que este verano será intenso y que lo vamos a vivir con mayor intensidad aún.





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