IL DOLCE PIACERE DI NON FARE NIENTE

Os cuento un secreto, todos los años tengo el auténtico lujo de escaparme una semana al norte y no hacer nada, o prácticamente nada. Hace diez años descubrí un pequeño paraíso, un precioso pazo en una pequeña aldea de la Costa da Morte e invierto en él siete días cada año en los que exploro il dolce piacere di non fare niente. Obviamente, es una forma de hablar, porque nada, lo que se dice nada… creo que es imposible no hacer. Menos aún si tienes una ratoncita de cuatro años empeñada en hacer siempre muchas cosas. Pero lo cierto es que ese lugar tiene algo magnético para todos nosotros, incluso para ella, y es capaz de rebajar nuestra actividad, incluso la ya rebajada actividad vacacional.

He estado reflexionando sobre la necesidad de no hacer nada. Personalmente, suelo tener uno horarios maratonianos y casi siempre voy corriendo como pollo sin cabeza. Mira que lo intento, salir antes de casa, no ir como una loca en vespa por Madrid con el tiempo justo y ese odio atroz a llegar tarde (que, aunque sigo pensando que es un claro síntoma de malísima educación, por llegar tarde alguna vez, en realidad no ocurre absolutamente nada). El caso es que durante todo el curso escolar creo que tengo demasiadas cosas, actividades, tareas pendientes, demasiado de casi todo. Cuando consigo desconectar, lo hago con una tarde viendo series, en internet o leyendo… y eso no es desconectar de verdad. Desconectar es sencillamente no hacer nada y, desgraciadamente, pocas veces lo logramos.

Por eso las vacaciones de verano son tan importantes, en los niños, en los adultos, en todos nosotros. No se trata tanto de lo lejos que te vayas o el viaje que emprendas, sino que seas capaz de parar, bajar tu nivel de actividad, recargar pilas, conseguir en determinados momentos no hacer nada. La playa es fantástico para eso, una de las cosas que más disfruto es sencillamente sentarme allí en la toalla, frente al intenso azul del Cantábrico, que la brisa me acaricie la piel, escuchando de fondo el rumor del mar




Creo que pocas cosas ilustran mejor el concepto de felicidad que ese momentoEs un momento en el que no haces nada, el mundo se para, ahí estás frente al mar, sin pensar en nada más, dejándote mecer por el momento y recargando pilas.


No deja de ser algo normal, pero ese momento, ese lugar y ese bienestar es algo que me viene frecuentemente a la mente en los meses de frío y de rutina. Por eso no quería dejar pasar la oportunidad de escribir, al final del verano, este post azul que pretende recordarnos lo importante del dulce placer di non fare niente. Y lo necesario que es en realidad. 

EL VERANO DE MADRID: NOCHES EN EL MUSEO SOROLLA

El Museo Sorolla es probablemente mi museo favorito de Madrid. Lo he visitado en varias ocasiones a lo largo de los años y la semana pasada pude volver a enamorarme de este lugar, con esa luz especial y esos jardines, en el corazón de Chamberí, donde Joaquín Sorolla pintó la mayoría de sus cuadros, evocando la luz del Mediterráneo.

Me gustan los museos pequeñitos, creo que tienen un encanto especial. Además, en el caso de las Casas-Museo aún me gustan aún más; saber que allí, en el lugar que visitamos, en su día habitó el artista y en ese universo encontró la inspiración me parece algo onírico, mágico.

Sorolla vivió en varios lugares en Madrid, pero cuando se hizo famoso y reconocido, construyó el magnífico palacete de Martínez Campos, que en su día era el extrarradio de Madrid. Se trata de un edificio de estilo italiano que posee además unos bellísimos jardines de corte árabe y andaluz. En todo ello, palacio y jardines, la luz, al igual que ocurre en prácticamente toda la obra de este pintor, es la protagonista.



En esta ocasión hemos podido asistir a una de las visitas nocturnas de verano organizadas por el Museo. Una visita guiada permite apreciar este lugar con otros ojos. Ya desde que entras,  atravesando los impresionantes jardines, ya de por sí auténtica obra de arte, te enamorarás de este lugar, que reproduce algunos de los más bellos y famosos jardines andaluces y posee hasta una estatua original de un togado romano. Este lugar, en su día, debió de ser un paraíso y un remanso de paz donde el pintor encontraba las musas. Desgraciadamente, su proximidad a la calle y las casas adyacentes, prácticamente pegadas, así como el ruido de los coches, le hacen perder parte de su magia, que no así su belleza.
  
Adentrándonos en las estancias del museo, iremos descubriendo, o recordando, la figura de Joaquín Sorolla y Bastida, valenciano, de familia con escasos recursos, que se quedó huérfano de niño y fue acogido por sus tíos, que vieron en él su tremenda facilidad para la pintura y supieron orientarlo hacia ella. Trabajando como iluminista en el taller de un fotógrafo valenciano, conocería a la hija de éste, Clotilde, quien sería su esposa y ayudaría a construir el gran éxito del pintor. Son muchos los retratos que Sorolla le hizo a su mujer y sus tres hijos, muchos de ellos presentes en el actual Museo Sorolla ubicado en el palacete familiar que habitaron.

Sorolla ganó el Gran Prix en París y se le abrieron las puertas de la fama. Llegó a Madrid, tras su paso por Italia y París, como una figura consagrada, que se rifaban la nobleza, la alta burguesía e incluso la monarquía. La familia de Sorolla se traslada de Valencia a Madrid, pensando acertadamente que allí su figura aún se haría más de oro, y sin duda lo hizo.

Avanzando por las diferentes estancias de la que fue su casa, creo que es inevitable sorprenderse al ver por primera vez las primeras pinturas de Sorolla, costumbristas y alejadas de su obra posterior, por la que obtuvo el gran reconocimiento. Sorprende también el carácter crítico de su pincel en muchas de sus obras, logrando representar en la mayoría de ellas algo más allá de lo que el ojo puede captar a primera vista. Sorprende también la tremenda evolución que experimentó la obra de este pintor a través de los años y merece una reflexión su, triste, final.

Una de las cosas que más me gustan de este museo es que en gran medida se conserva como estaba cuando la familia lo habitó (a excepción de la planta superior, donde se encontraban las habitaciones y que hoy es un museo al uso). Especialmente emocionante es adentrarse en el estudio del pintor, conservado de manera muy similar a la época en la que él trabajó allí. Parece que, de algún modo, podríamos esperar que él aparezca en cualquier momento en el quicio de la puerta y retome uno de sus cuadros. Es fácil que esta sala sea la que más guste de todo el museo, presidida por una de sus pinturas más famosa, aquélla que recoge la escena de su mujer y su hija mayor, vestidas de impoluto blanco y paseando a la orilla del mar. Una habitación llena de luminosidad en las horas del día, esa misma luminosidad que Sorolla imprimió a la mayoría de sus obras y que le granjearon el sobrenombre de El pintor de la luz.


  
Pero este museo tiene algo de trágico, agridulce, como los últimos años del artista. Al final de su vida recibió un jugoso encargo de un nuevo rico norteamericano, que le encomendó una serie de obras, probablemente bastante tópicas, que recogiesen el folclore de España, las diferentes tierras, sus distintas vestimentas. Esas obras, traducidas en monumentales paneles que representan las diferentes partes de España, se pueden visitar en la Spanish Society de Nueva York y hace unos años tuvimos la oportunidad de verlas en una exposición muy especial en el Museo del Prado. Aquel encargo encumbró de nuevo al pintor, esta vez en Estados unidos, pero quemó sus últimos años de vida y la esperanza de las obras que no pintaría y la evolución de su pintura que nunca llegó. Se dedicó a viajar durante nueve años por la España más profunda, nutriéndose de paisajes y personajes, típicos y tópicos. Su salud se resintió mucho y tiempo después sufrió una hemiplejia que le paralizó la zona izquierda. Sorolla además era zurdo y no pudo seguir pintando, murió tres años después.

Todo esto te da una punzada en el alma, tristeza por la decadencia y muerte del artista, porque sus obras anteriores mostraban una evolución que esa década habría multiplicado exponencialmente. Pero no fue así, el pintor retrocedió en su estilo y su obra, por un encargo millonario. Y yo, como tantos otros, me pregunto qué podría haber llegado a ser, hasta dónde habría podido evolucionar su obra y dónde se quedó. Hay un cuadro, La siesta, que nos permite soñar con lo que hubiese podido suceder y nunca ocurrió.


LORCA


80 años sin Lorca... Me avergüenzo de la España que mata a sus poetas o los hace huir y morir de pena. 

Amor, amor,
que está herido.
Herido de amor huido,
Herido,
Muerto de amor.
Decid a todos que ha sido
el ruiseñor.
Bisturí de cuatro filos,
Garganta rota y olvido.
Cógeme la mano, amor,
Que vengo muy mal herido,
Herido de amor huido,
¡herido!
¡muerto de amor!




Ojalá hubieses muerto de AMOR, Federico.  

BUSCANDO A DORY, UNA PRECUELA CON LA QUE PIXAR HA VUELTO A ACERTAR

El verano sabe a playa, a sol, a noches largas, siestas, piscina, comidas, sueños… y también a cine de verano para los más pequeños. Como no podía ser de otra manera, hemos asistido, religiosamente, a sesiones de cine familiar, aprovechando los estrenos de la temporada. En mi caso, he acompañado al cine a la princesa de la casa en dos ocasiones: una en julio y otra en agosto, la primera para ver Buscando a Dory, la precuela de la conocida Buscando a Nemo y hace tan sólo unos días a ver Mascotas. Además, su padre se la llevó una tarde a ver Ice Age: el gran cataclismo, que debe de ser ya la enésima de la saga y que no fueron a verla por nada particular, sino por el simple hecho de entretener una tarde. Como en esta ocasión me libré de la susodicha película (que no me hacen gracia las sagas y además ésta en concreto incluso menos), me limito a hacer una pequeña reseña sobre las dos películas infantiles que he podido ver, que quizá le venga bien a algún padre o madre que pase por este blog y busque ideas para entretener a los pequeños de la casa, que el verano es muuuuuy laaaaargo y algunas veces necesitamos ayuditas en forma de cine por ejemplo. Y hoy empiezo por ésta:


Buscando a Dory

No es que Buscando a Nemo sea una de mis películas Disney favoritas, pero reconozco que está bien hecha, tiene una historia tierna, con un toque de aventuras, y sobre todo, tiene una coprotagonista súper especial: Dory. Es imposible no enamorarse de esa pececita desmemoriada, tierna, cariñosa y un completo desastre, que no sabe ni dónde está, ni quién es, ni dónde va… No había pensado nunca en la posibilidad de que hubiese una secuela (aunque en este caso es una precuela) de esta película, pero cuando me enteré de que los magos de Pixar habían creado Buscando a Dory, tuve claro que era una película de las que no me importaría ir a ver con Henar (sólo voy al cine a ver infantiles, así que ver una de vez en cuando que merezca la pena, nunca está de más).



Esta película tenía, a priori, todos los elementos para ser una buena película. Además, Pixar últimamente está que se sale y nos regala unas historias maravillosas. Véase Del revés (Inside Out), que por cierto vimos el verano pasado y de la que os hablé con absoluta pasión en este post. Por cierto, por si alguien le interesa, la he comprado ayer mismo en Amazon por 8 euretes, lo mismo que una entrada de cine (aunque yo suelo utilizar día del espectador y demás promociones). Pero volvamos a la película de hoy, Buscando a Dory, os puedo asegurar que Henar y yo pasamos un rato estupendo en el cine. Esta película tiene las dosis necesarias de emociones, diversión, aventuras, personajes con los que encariñarse… todo para ser una opción estupenda para ir con los niños al cine este verano (o verla en casa más adelante). Nos gustó mucho la historia, en la que Dory la desmemoriada va recuperando pequeños flashes de su memoria perdida y de cosas que vivió de niña, hasta recordar cómo se perdió y nunca supo volver a su casa. En esta ocasión, será ella, Dory, quien tendrá que emprender un gran viaje hasta el otro lado del océano, acompañada por Nemo y su neurótico padre, Marlin, para encontrar su casa y a sus padres.  En ese viaje hallarán grandes aventuras y nuevos amigos que les ayudarán. Aunque se echa de menos a Squirt, la pequeña tortuga de Buscando a Nemo, en esta ocasión se encontrarán con Hank, un pulpo de mal genio y muy peculiar, y Bailey, una ballena beluga.

No queriendo destripar más de lo necesario, tan sólo deciros que Buscando a Dory es una película que merece mucho la pena. Si os gustó Buscando a Nemo, yo diría que ésta incluso es un poquito mejor. Es cierto que mantiene el hilo de la anterior, por lo que no resulta muy novedosa, pero Pixar de nuevo ha dado en el clave con esta película emocional, que sin ser ñoña nos hace pasar un buen rato de aventuras y disfrutar del cine con o sin niños.

Por si os interesa, Buscando a Nemo también está en ofertón a 8 euros en Amazon estos días.



LECTURAS DE VERANO: EL REGRESO DEL CATÓN

Una de las cosas mejores que tiene el verano (al menos en mi opinión) es tener tiempo extra para leer. Yo, que en su día fui una voraz consumidora de libros, intento recuperar mi pasión lectora (y no siempre lo consigo). Pero, en lo que llevamos de verano, entre viajes, playita, trabajo en Madrid y algún rato muerto que otro, llevo unas cuantas lecturas, de lo más variopintas por cierto. Ya os haré un resumen de ellas al final del verano, pero hoy quiero hablaros de la última novela que he leído: El regreso del Catón, de Matilde Asensi.

El último Catón fue, sin duda, el título que le dio fama a la autora Matilde Asensi. Yo hace más de una década que lo leí (y la verdad es que reconozco que siento curiosidad por releerlo). Recuerdo de él una historia trepidante, con un ritmo imparable, que tenía todos los ingredientes necesarios para crearte adicción y empujarte a no dejar de leer. Los protagonistas de aquella historia, Ottavia, Farag y Kaspar, pasaron mil pruebas en busca de la hermandad perdida y del último Catón.

Hace unos meses, la autora volvió a la carga recuperando la historia y los personajes de su novela más leída. No se trata de una segunda parte al uso, o mejor dicho de una continuación, sino que es perfectamente posible no leer El último Catón y  entender perfectamente toda la trama de El regreso del Catón. Sin embargo, conocer un poco previamente a los personajes te servirá para disfrutar más la historia. He de reconocer, que después de más de diez años, sólo conservo el recuerdo de la adicción lectora que me provocó El último Catón y recuerdo vagamente a Ottavia, la doctora Salina, que entonces era monja, y a Kaspar, que entonces era el jefe de la guardia suiza del Vaticano. Pero poco más.

Y ya de lleno en la historia que nos atañe, la de El regreso del Catón, y sin hacer spoilers, contaros que los tres mismos personajes: Ottavia, Farag y Kaspar vuelven a reunirse para vivir, de nuevo, una gran aventura. Han pasado alrededor de quince años desde la historia narrada en el libro anterior, pero eso no les impide recuperar la magia de la arqueología y de las grandes aventuras que les esperan.

En esta ocasión, cual Indianas Jones modernos, van en busca de un conjunto de osarios que teóricamente contienen los restos de Jesús de Nazaret y toda su familia, incluyendo a sus padres y sus hermanos. La existencia de estos osarios fue conocida por la Iglesia siglos atrás y trataron por todos los medios de recuperarlos. Encontrar los restos de Jesús de Nazaret implicaría atentar contra uno de los grandes pilares de la Iglesia: la divinidad de Jesús y su resurrección a los cielos. Pero además de ello, encontrar los restos mortales de sus hermanos (entre los que se encontraría hasta el mismísimo Apóstol Santiago), implicaría acabar también con el segundo gran dogma de la iglesia: la virginidad de María. Debemos recordar que Ottavia es exmonja y posee férreas creencias religiosas, por lo que la mera posibilidad de la existencia de estos osarios atenta directamente contra su fe y se rebela contra ello.

La aventura les llevará por Asia, Estambul, Tierra Santa… siguiendo la pista de unos osarios que pasaron por manos de otras religiones, herejes y diferentes sectas religiosas. El Vaticano también va detrás de ellos, ya que es mucho lo que la Iglesia se juega con la existencia de estas reliquias. También entrará en escena una familia archimillonaria, los Simonson, que llevan toda su vida dedicada a la búsqueda de las reliquias de Jesús y su familia. Los peligros, las cosas que no son lo que parecen y la aventura está servida.

Visto así, parece una novela apasionante, pero a mi humilde entender, no lo es tanto. Es sin duda una historia que se deja leer con ganas, muy adecuada en su ritmo trepidanete y de aventura como lectura veraniega. Ahora bien, para mí, posee ciertos “defectos”.

Primero: salvando las distancias, se parece demasiado a la historia de El último Catón. Buscan otra cosa pero son los mismos tres protagonistas, en historias con parecido más que razonable, que tienen muchas pruebas, diferentes pero similares.

Segundo: el ritmo no es tan apasionante como en la primera novela, o al menos yo no lo recuerdo así. La otra la devoré, ésta la he leído con ganas, interés, pero sin sufrir adicción lectora. Es cierto que han pasado muchos años y que yo ya no soy la que era, pero a veces el ritmo cae, se queda en punto muerto, le sobran párrafos enteros que no aportan nada.

Tercero: la doctora Salina. Con todos mis respetos, creo que el escribir esta novela con Ottavia como narradora es un error, ya que sólo indica su visión de las cosas, lo que le hace perder bastante. Pero es que además, por muy cristiana y exmonja que sea, en muchos casos es una pazguata. De nuevo no aporta y sí que quita cosas que serían mejores sin ella.


Aún así, insisto en que es una novela bien escrita, muy bien documentada, con las dosis suficientes de aventura y de interés, con un excelente tema histórico y religioso (a mí al menos me ha parecido de lo más interesante) y unos personajes bien trazados. Es cierto que mejoraría un poco recortando lo que sobra y añadiendo algunas cosillas que echo en falta, pero, con todo, le doy un buen notable y os recomiendo que la leáis y la disfrutéis.  

TEATRO EN MADRID EN AGOSTO: TRABAJOS DE AMOR PERDIDOS

Una de las opciones teatrales más interesantes de la cartelera madrileña en este caluroso verano es  representación de la comedia de Shakespeare Trabajos de amor perdidos, que actualmente podéis ver en el Teatro Alcázar, en el corazón de la ciudad. Era una obra que tenía fichada desde hacía semanas y de la que pude disfrutar por fin hace unos días.

Ni estamos ante la mejor obra de Shakespeare ni falta que le hace, porque nos encontramos ante una excelente comedia, divertida, mordaz y una auténtica explosión del lenguaje. La versión de este montaje, por José Padilla, aún la hace más amena, dicharachera y en muchos pasajes hilarante.

La historia nos presenta al Rey Fernando de Navarra y sus tres caballeros, que han jurado permanecer en palacio durante tres años, entregados al estudio, alejados de fiestas, mujeres y distracciones. Sin embargo, la irrupción en la corte de la Princesa de Francia y sus tres damas de compañía, dará al traste con los planes trazados. Entre ellos, se despliega un juego de seducción y picardía, en todo momento divertidísimo y que mantiene al espectador entretenido y muy divertido. Esta obra, que se alarga casi hasta las dos horas, consigue con su buen ritmo, dotes cómicas y buen trazado, mantenerte en todo momento disfrutando del espectáculo y hace que se te pase rápida y alegre.



El gran grupo de actores y actrices funciona muy bien entre sí, con gran complicidad y muchas dotes cómicas. Todo están muy bien en sus papeles a nivel individual pero a nivel coral lo están igual o más. Especial mención merece Javier Collado, que tiene probablemente el papel más divertido de todos pero al que además le saca mucho partido. Este actor estuvo brillante en la función a la que yo asistí, trazando un conde de Berowne pícaro, mordaz y en el fondo encantador, muy afinado, sí señor.


En definitiva, una obra de teatro muy recomendable para estos meses del verano de Madrid. Estarán en cartel hasta el 11 de septiembre, por lo que aún tenéis varias semanas por delante para disfrutarlos. Además, tienen una atractiva promoción de 2x1, por lo que no hay excusas para dejar pasar la oportunidad de disfrutar de esta comedia, ligera y a la vez con trasfondo, con una excepcional puesta en escena y que es un plan muy apetecible y acorde con estas tardes de calor.