EL VERANO DE MADRID: NOCHES EN EL MUSEO SOROLLA

El Museo Sorolla es probablemente mi museo favorito de Madrid. Lo he visitado en varias ocasiones a lo largo de los años y la semana pasada pude volver a enamorarme de este lugar, con esa luz especial y esos jardines, en el corazón de Chamberí, donde Joaquín Sorolla pintó la mayoría de sus cuadros, evocando la luz del Mediterráneo.

Me gustan los museos pequeñitos, creo que tienen un encanto especial. Además, en el caso de las Casas-Museo aún me gustan aún más; saber que allí, en el lugar que visitamos, en su día habitó el artista y en ese universo encontró la inspiración me parece algo onírico, mágico.

Sorolla vivió en varios lugares en Madrid, pero cuando se hizo famoso y reconocido, construyó el magnífico palacete de Martínez Campos, que en su día era el extrarradio de Madrid. Se trata de un edificio de estilo italiano que posee además unos bellísimos jardines de corte árabe y andaluz. En todo ello, palacio y jardines, la luz, al igual que ocurre en prácticamente toda la obra de este pintor, es la protagonista.



En esta ocasión hemos podido asistir a una de las visitas nocturnas de verano organizadas por el Museo. Una visita guiada permite apreciar este lugar con otros ojos. Ya desde que entras,  atravesando los impresionantes jardines, ya de por sí auténtica obra de arte, te enamorarás de este lugar, que reproduce algunos de los más bellos y famosos jardines andaluces y posee hasta una estatua original de un togado romano. Este lugar, en su día, debió de ser un paraíso y un remanso de paz donde el pintor encontraba las musas. Desgraciadamente, su proximidad a la calle y las casas adyacentes, prácticamente pegadas, así como el ruido de los coches, le hacen perder parte de su magia, que no así su belleza.
  
Adentrándonos en las estancias del museo, iremos descubriendo, o recordando, la figura de Joaquín Sorolla y Bastida, valenciano, de familia con escasos recursos, que se quedó huérfano de niño y fue acogido por sus tíos, que vieron en él su tremenda facilidad para la pintura y supieron orientarlo hacia ella. Trabajando como iluminista en el taller de un fotógrafo valenciano, conocería a la hija de éste, Clotilde, quien sería su esposa y ayudaría a construir el gran éxito del pintor. Son muchos los retratos que Sorolla le hizo a su mujer y sus tres hijos, muchos de ellos presentes en el actual Museo Sorolla ubicado en el palacete familiar que habitaron.

Sorolla ganó el Gran Prix en París y se le abrieron las puertas de la fama. Llegó a Madrid, tras su paso por Italia y París, como una figura consagrada, que se rifaban la nobleza, la alta burguesía e incluso la monarquía. La familia de Sorolla se traslada de Valencia a Madrid, pensando acertadamente que allí su figura aún se haría más de oro, y sin duda lo hizo.

Avanzando por las diferentes estancias de la que fue su casa, creo que es inevitable sorprenderse al ver por primera vez las primeras pinturas de Sorolla, costumbristas y alejadas de su obra posterior, por la que obtuvo el gran reconocimiento. Sorprende también el carácter crítico de su pincel en muchas de sus obras, logrando representar en la mayoría de ellas algo más allá de lo que el ojo puede captar a primera vista. Sorprende también la tremenda evolución que experimentó la obra de este pintor a través de los años y merece una reflexión su, triste, final.

Una de las cosas que más me gustan de este museo es que en gran medida se conserva como estaba cuando la familia lo habitó (a excepción de la planta superior, donde se encontraban las habitaciones y que hoy es un museo al uso). Especialmente emocionante es adentrarse en el estudio del pintor, conservado de manera muy similar a la época en la que él trabajó allí. Parece que, de algún modo, podríamos esperar que él aparezca en cualquier momento en el quicio de la puerta y retome uno de sus cuadros. Es fácil que esta sala sea la que más guste de todo el museo, presidida por una de sus pinturas más famosa, aquélla que recoge la escena de su mujer y su hija mayor, vestidas de impoluto blanco y paseando a la orilla del mar. Una habitación llena de luminosidad en las horas del día, esa misma luminosidad que Sorolla imprimió a la mayoría de sus obras y que le granjearon el sobrenombre de El pintor de la luz.


  
Pero este museo tiene algo de trágico, agridulce, como los últimos años del artista. Al final de su vida recibió un jugoso encargo de un nuevo rico norteamericano, que le encomendó una serie de obras, probablemente bastante tópicas, que recogiesen el folclore de España, las diferentes tierras, sus distintas vestimentas. Esas obras, traducidas en monumentales paneles que representan las diferentes partes de España, se pueden visitar en la Spanish Society de Nueva York y hace unos años tuvimos la oportunidad de verlas en una exposición muy especial en el Museo del Prado. Aquel encargo encumbró de nuevo al pintor, esta vez en Estados unidos, pero quemó sus últimos años de vida y la esperanza de las obras que no pintaría y la evolución de su pintura que nunca llegó. Se dedicó a viajar durante nueve años por la España más profunda, nutriéndose de paisajes y personajes, típicos y tópicos. Su salud se resintió mucho y tiempo después sufrió una hemiplejia que le paralizó la zona izquierda. Sorolla además era zurdo y no pudo seguir pintando, murió tres años después.

Todo esto te da una punzada en el alma, tristeza por la decadencia y muerte del artista, porque sus obras anteriores mostraban una evolución que esa década habría multiplicado exponencialmente. Pero no fue así, el pintor retrocedió en su estilo y su obra, por un encargo millonario. Y yo, como tantos otros, me pregunto qué podría haber llegado a ser, hasta dónde habría podido evolucionar su obra y dónde se quedó. Hay un cuadro, La siesta, que nos permite soñar con lo que hubiese podido suceder y nunca ocurrió.


5 comentarios:

  1. Me encantó ese museo, al que fuimos por recomendación de Espe. Compruebo, con pesar, que al menos para los de fuera de Madrid es muy desconocido. La mayor parte de mis compañeros han ido al Prado, al Reina Sofía, al Thyssen...pero ni siquiera han oído hablar del Sorolla, claro que algunos tampoco del MAN 😳, y otros tantos desconocen dónde está Soria (ya te contaré esto algún día). Besos.

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    1. Es un gran desconocido, también para los de dentro de Madrid, @Esther. Yo llevé a Espe y a su hermana Estrella a una visita guiada a este museo con Carpetania hace unos años. Es un lugar con mucho encanto, aunque la visita que hicimos el otro día fue bastante floja porque la guía no era buena. Pero me conozco tan bien el museo y he tenido la suerte de verlo tantas veces y de hacerlo con buenos guías, que me dio un poco igual. Es un lugar mágico. Te recomiendo además otros pequeños museos de Madrid: el Romántico (al que os llevé a su café del jardín) o el Cerralbo. Tú vuelve por Madrid, que yo te hago ruta cultural :D

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    2. El Romántico lo visitamos y me encantó, a mí que tanto me gusta el siglo XIX, es más, una compi y yo tenemos una idea en mente de hacer una ruta cultural por los madriles con nuestros alumnos de 2º de Bachillerato, y este museo lo visitaríamos (si es que el proyecto sale adelante). El Cerralbo no lo conocemos, y eso que mi amiga Mercedes nos lo ha recomendado en varias ocasiones, y otro que nos gustó bastante fue el Lázara Galdiano.
      Deseando volver por Madrid y si es con una ruta cultural de tu mano, mejor.
      Un beso.

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    3. Ya ves, a mí el Lázaro Galdiano no me enamora precisamente. Lo he visitado y también con los de Carpetania pero no le pillo yo ese punto nostálgico/romántico o llámalo como quieras que me gusta tanto de los otros. Ah, y se me olvidaba uno que me encanta... La Casa de Lope de Vega, ése no puedes perdértelo!

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    4. No lo conozco pero oí hablar de él. Sorolla me encanta: la luz de sus cuadros y ese estilo tan personal de él. Yo conozco los grandes como el Prado o el Arqueológicos y también el de Carruajes. Muy buena opinión. Besos!

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