MI REFLEXIÓN SOBRE LA FIESTA DEL CINE

La semana pasada se celebró La Fiesta del Cine y ya he perdido la cuenta de qué edición era en esta ocasión, pero la verdad es que ya llevan unas cuantas. Lo que no querría dejar pasar es la oportunidad de hacer una pequeña reflexión sobre este evento, mi pequeña reflexión, que probablemente no guste a muchos.

Como muchos sabéis, vivo en Madrid, donde los precios del cine yo los calificaría como astronómicos. Ir al cine una tarde de fin de semana te costará con gran probabilidad entre 8 y 9 euros por cada entrada. A eso, podríamos sumarle el desplazamiento, quizá el parking, las palomitas y refresco (absolutamente prohibitivos en casi todos los cines) y un largo etcétera. Pero podemos quedarnos con el precio, sin más, de la entrada del cine, en torno a 1.500 de las antiguas pesetas, en mi opinión una barbaridad. Si vais dos al cine, multiplica; si te llevas a los niños, ya la cosa se dispara, porque ahí sí que te tocará pasar por el aro del pack refresco + palomitas, que en determinadas ocasiones es incluso más caro que la entrada.

En definitiva, ir al cine es caro, a mi juicio muy caro. Y para pagar 9 euros por ver una película que la mayoría de las veces te deja indiferente y que antes o después terminarán poniendo en la tele, me parece un despropósito. Personalmente, prefiero pagar más e ir al teatro, o sencillamente esperar a ver la película más adelante. Con ello, no quiero decir que me la baje ilegalmente ni que la piratee, porque ni siquiera hago esas cosas; es más, aunque la industria cinematográfica muchas veces achaque sus pobres números a que los españoles pirateamos, la realidad es que no es así, no pirateamos, habrá un porcentaje de población que sí lo haga, pero no es lo normal. Lo que tampoco es normal es pagar 9 euros por el cine, de ahí que simplemente no vayamos.

Si echo la vista atrás, antes iba mucho más al cine. Y cuando digo antes me refiero a hace diez años o más. Desde que he tenido a mi hija, la mayoría de las veces que voy al cine desgraciadamente es para ver películas infantiles, y, alguna vez, logro ver alguna película de adultos. ¿Por qué?, ¿falta de tiempo? Muchas veces sí, pero muchas otras, gastarme semejante pastizal en ver una película me echa para atrás. Por eso, en las pocas ocasiones que he ido a ver películas de adulto que quisiera ver (cuatro o cinco desde enero para acá, y si no recuerdo mal fueron Star Wars Episodio VII, Palmeras en la nieve, Julieta, Inferno y La chica del tren), lo he hecho mediante el día del espectador, la fiesta del cine o alguna promoción más. Lo mismo sucede con las infantiles, voy a Yelmo porque antes de las 5 de la tarde tienen un precio especial de alrededor de 5 euros.

Pues bien, 20 de octubre de 2016, fui a Kinépolis Alcobendas a media tarde a ver Inferno, la última de Dan Brown. Los de Kinépolis, a través de su club, te regalan una entrada por tu cumpleaños, de manera que fui gratis. En la sala éramos tres personas, dos señoras de mediana edad y yo. Suponiendo que hubiesen pagado los casi nueve euros de entrada cada una de ellas,  proyectaron una película por 18 euros (y no me pongo a revisar todos los gastos asociados). Al martes siguiente voy a ver La chica del tren con entradas a 2,90 euros mediante la fiesta del cine. La sala estaba totalmente llena y era una sala grande: ¿trescientas butacas a 2,90 cada una? Me salen casi 900 euros, no 18 (y tampoco asocio los extras en forma de palomitas y demás).

Se me ocurren los siguientes datos a tener en cuenta:

Cada vez que se celebra la Fiesta del cine las salas se llenan, no hay ni una sola butaca libre. Y pasa en todas las sesiones, es más, hay tanta cola que muchos sacamos las entradas por internet incluso con sobrecoste, pero así nos evitamos la cola.

Un miércoles día del espectador hay mucha más afluencia que cualquier otro día, como el triple o el cuádruple.

Conozco gente que nunca va al cine porque lo consideran carísimo, pero que sin embargo en la Fiesta del cine van a ver tres o cuatro películas, a veces salen de una y se meten en la siguiente.



Yo misma iría más al cine si los precios fuesen más adecuados.

Cuando la entrada te sale barata (3 ó 4 euros), no te importa gastarte el pastizal en palomitas, refrescos y demás, con lo que el cine sale ganando.

Las matemáticas nunca han sido mi fuerte, pero digo yo que ingresar 900 euros por una proyección será mucho mejor que ingresar 20.

En conclusión, creo que el precio del cine no es elevado sino que en lugares como Madrid es sencillamente de locos; eso hace que la gente busque otras fórmulas o que sencillamente no vaya. Pero no quiere decir que no nos guste el cine o que prefiramos piratear, lo que no nos gusta es pagar tanto como se exige. La ley de la oferta y la demanda mueve el mundo, vende lo más caro que puedas siempre que el comprador esté dispuesto a pagar ese precio. Pero si no lo hace, deberás replantearte el precio.


Para mí, lo justo sería pagar 4 ó 5 euros por el cine entre semana y entre 6 y 7 el fin de semana. Os puedo asegurar que lo pagaría con gusto y que en lugar de ir cinco veces al año al cine (en mi caso películas de adulto, las 6 u 8 de infantiles no las cuento en esta ocasión) iría probablemente una o dos veces al mes, lo que haría que me gastase en cine 4 ó 5 veces al año más de lo que me gasto hoy. Si la industria del cine hace el cálculo de lo que supondría al año por el volumen medio de espectadores, quizá sí les saliesen las cuentas. 

VIERNES VITALES 48: Y SI HACES UN LEGO?

Hace unas semanas escribí una pequeña reflexión sobre las frustraciones de la pieza que nos falta del puzle. Podéis leerlo aquí si tenéis curiosidad y no lo habéis leído, básicamente hacía un paralelismo entre la vida como un conjunto de muchos puzles a los que frecuentemente les falta alguna pieza. Quizá la mayoría de las veces esa pieza que falte en realidad no es tan importante, sin embargo nos produce tal frustración que anula todo el puzle construido, aunque sea de miles de piezas más. Esta forma de sentir está en nuestra idiosincrasia, le damos más valor a lo malo, por pequeño que sea, a lo que nos falta, que a lo que hemos sido capaces de lograr y construir, todo lo bueno que hay en nuestra vida.

Ante ese post, mi amiga Esther, del blog El Anafre me dejó un comentario y me dijo que ella, en lugar de los puzles, prefería los legos. ¡Claro que sí! Algo tan simple como eso… y a mí jamás se me habría ocurrido, porque seguía centrada en el problema del puzle. Pero en la vida, además de puzles, hay muchísimas otras cosas, entre ellas los juegos de construcción (y así no le hacemos publicidad gratuita a ninguna marca).

Un puzle y un juego de construcción en teoría son similares, en ambos tienes que ir encajando las piezas para conformar algo. Pero la diferencia fundamental entre los dos es que mientras el puzle está formado por un número de piezas determinado y si pierdes una tienes un problema; en el juego de construcciones posees infinidad de opciones diferentes. El juego de construcciones, como su propio nombre indica, construye. Vas poniendo una pieza, y otra, luego otra más… y si te falta una de color verde, quizá la puedas cambiar por otra de color azul; si pensabas hacer una casa, igual terminas construyendo un castillo, o un bosque… quién sabe. No hay tanta frustración y además hay hueco a la creatividad como modo de buscar nuevas soluciones, sacarte las castañas del fuego y en definitiva vivir


El verdadero problema suele ser nuestra propia mente, que nos juega muy malas pasadas. Esa voz de la conciencia chunga que siempre nos está diciendo que esto lo hacemos mal, que lo otro saldrá peor y que tiene un ánimo especial por situarse siempre en la más negativa de las situaciones. Y no sólo nuestra mente, sino el conjunto social. Siempre hay alguien que te dirá que no hagas eso porque a fulanito le  salió mal, o que no inviertas allá porque las cosas podrían no salir como pensabas etc.

Con algo como un puzle, te falta una pieza y, perdón por la expresión, las has jodido. No hay más, ha sido un fracaso, ya tienes la voz de tu conciencia y todas las voces celestiales recriminándote de todo. Pero qué queréis que os diga, el lego da otra oportunidad diferente. Un lego no sabe de errores, o al menos no de errores garrafales. Si pones una pieza y no va bien, cámbiala, y si no encuentras una pieza, hazlo de otro modo, empieza de nuevo, cambia de idea.

Esther, te aseguro que a partir de ahora intentaré plantearme la vida y sus cosas como un lego, donde las piezas no faltan, las piezas se convierten en otras cosas que quizá no habían sido tu primera idea. 

EL RETO DEL DISFRAZ DE HALLOWEEN 2016: FACILITO Y RESULTÓN

Llamadme loca, que lo cierto es que un poco sí que lo estoy, pero este año en Halloween voy a ir a lo simple. Y, curiosamente, muchas veces es precisamente lo simple lo que mejor funciona. Mi heredera de 4 años lleva semanas recordándome que este año va a necesitar muchos disfraces, léase: Uno para Halloween, otro para Navidad y otro para Carnaval. Eso por lo menos, mamá, si no sale ninguna fiesta más. No quiero ni pensar lo que voy a sufrir en su adolescencia si empezamos a este ritmo con esta edad.

Lo cierto es que llevamos un par de años haciendo el moñas en Halloween. Hace dos años, también me molesté cero patatero, la disfracé de brujaraña (un nuevo género) y la niña fue tan contenta. Os lo contaba por aquí, por si alguien tiene interés. El año pasado fuimos de bruja, que no estuvo mal. Eso sí, con un disfraz bastante cutrecillo comprado de segunda mano a través de Wallapop, pero que, como diría mi abuela, nos hizo el avío divinamente

Y este año, ya está aquí otra vez Halloween, y encima con exigencias infantiles. Qué queréis que os diga, a mí esta fiesta no me da ni fu ni fa, pero está claro que a más de una madre o padre le trae de cabeza (las búsquedas de disfraces para Halloween en esta época se disparan y este post que escribí hace un par de años es el más leído en mi blog en las últimas semanas). Se presenta así, de sopetón, en pleno cambio de tiempo, cuando nos estamos acostumbrando al otoño y a la rutina con un mamá necesito un disfraz para Halloween, y muchas veces directamente te pilla a contrapié o pensando en otras cosas.

Como lo simple, o la ley del mínimo esfuerzo, de momento sirve con una niña de 4 años, se me ha ocurrido que un disfraz de Rapunzel puede hacer bien las veces de un disfraz de bruja. Sí, y si no, para muestra un botón. Si miras primero el de Rapunzel y luego el de bruja, en realidad no son tan diferentes. Lo bueno del disfraz de Rapunzel es que además es reutilizable para Carnaval o cualquier otra fiesta de disfraces que se nos cruce. Y además, a mí me encanta Rapunzel, así que me gusta la idea de vestir a mi hija con su atuendo, eso sí, sin larguísima melena anexa, que para ir de bruja, no hace falta.



Dicho y hecho, sólo faltaba hacerme con un buen disfraz de la tienda Disney pero a precio low cost. Y para eso, Wallapop está genial, así que hace un par de semanas me hice con la joya por muy buen precio (y que conste que la app en cuestión no me paga publicidad, sino que soy una usuaria habitual y para este tipo de cosas, te saca de muchos apuros).

Ya sólo faltaba el gorro de bruja. Ahí me había planteado o bien coger uno básico del chino y tunearlo con algo morado para que pegase con el vestido, o ya veríamos. Pero aquí mi hija estuvo más creativa que yo, y en seguida recordó que su abu le había comprado en Disneyland París el gorro de bruja de Minnie, con orejas y todo. Es un modelo en rosa y morado, para ser más exactos, pero como no le he sacado foto, os hacéis una idea con éste.


Henar está como loca, todo muy chic y con punto rosa, bastante alejado de una bruja que dé miedo, pero mucho mejor así. El reto del disfraz de Halloween 2016 está conseguido. Empezaremos a pensar en el disfraz de Navidad. Seguiremos informando
  

LECTURAS DE OTOÑO: Y LAS MONTAÑAS HABLARON

En septiembre, a la vuelta del verano, leí un libro que me impactó. Lo hizo tanto que no quiero dejar pasar la oportunidad de expresar en este blog. Se trata de Y las montañas hablaron, del escritor Khaled Hosseini. Es la tercera novela de este médico nacido en Afganistán y que desde los once años reside en Estados Unidos. Probablemente hayáis leído alguna de sus obras anteriores: Cometas en el cielo y Mil soles espléndidos. Me resulta muy curioso porque he leído las tres novelas y las tres me han encantado. De hecho, probablemente la que menos me gustó fue la primera, que es su novela más famosa. La segunda me encantó y ésta me ha fascinado, por lo que es un autor al que recomiendo con absoluta pasión.

Las historias de las tres novelas se desarrollan en Afganistán, pero se trata de historias diferentes entre sí. Es cierto que poseen elementos comunes como la figura de niños protagonistas (que crecen y nos cuentan su historia) que han tenido que vivir y sufrir las interminables guerras que han asolado Afganistán durante décadas. Pero aunque tengan puntos en común, son diferentes, especialmente la tercera novela: Y las montañas hablaron. Esta vez Hosseini construye una novela coral en la que las historias y los protagonistas, unidos por un eje central, se separan y nos llevarán de viaje muy lejos: de una pequeña aldea afgana a Kabul, la capital, donde los protagonistas convivirán un tiempo. Y de allí, al más profundo exilio: de París a Estados Unidos, generaciones de una familia desmembrada y que nunca fue capaz de olvidar del todo.

Todo arranca de un hecho que en Occidente consideramos atroz: la venta de una niña pequeña a una pareja sin hijos. La niña, de tres años, se llama Pari y posee una relación muy especial con su hermano Abdulá, de la que separan. Ella era muy pequeña para recordar, pero había algo que siempre le hizo sentir que había perdido a alguien importante en su vida; él la recordará durante décadas y la buscará sin hallarla. El relato arranca de una historia que llegó a los oídos del propio Hoseini, la venta más o menos habitual de niños que se hacía en las zonas pobres de Afganistán, para evitar que estos muriesen de frío y hambre. Un hecho desgarrador que desgraciadamente sigue ocurriendo en muchos lugares del mundo hoy en día.

Pari se quedará en la casa donde trabaja su tío Nabi en Kabul. Los señores de la casa, el señor Wahdati y Nila, la tomarán como la hija que no pueden tener y ella, a su tierna edad, pronto olvidará a su padre, su pequeña casa en la aldea, a su hermano Abdulá y al perro que aún aúlla buscándola en su lejana tierra. Pero los buenos tiempos de Kabul pronto se acabarán, llegará la guerra, la invasión soviética, los talibanes, otras nuevas guerras… Pari y Nabi se irán a París, donde Pari olvidará de nuevo muchos detalles y verdades de su vida en Kabul.

Como diría el maestro Sabina, y la vida siguió como siguen las cosas que no tienen mucho sentido… Los años pasaron, algunos miembros de la familia, o de las distintas familias, fueron muriéndose, Pari y Abdulá crecieron separados y los dos emigraron de Afganistán a horizontes mejores.


Me parece una lectura absolutamente recomendable, que devoré en mis días de convalecencia obligada. Una historia preciosa que bien merece que la leas. De nuevo, y por tercera vez consecutiva, Khaled Hosseini ha vuelto a escribir un libro mágico con una historia terrible pero en el fondo esperanzadora, como las dos anteriores. Uno de los libros que más me ha calado sin duda en los últimos meses. 

VIERNES VITALES 47: CONSTRUYE TU PROPIA ESCALERA


Leí hace un tiempo un texto sobre la construcción de utensilios propios, de una técnica para desarrollar tu trabajo. Lo siento, no he conseguido encontrar el enlace, pero sí recuerdo alguna de las cosas importantes que tenía el texto. En él, su autor exponía una idea clara: lo que construyas lo deberás hacer tú mismo.  Parece algo obvio, pero en realidad no lo es tanto.

Ese algo que debes construir, lo debes hacer tú mismo. Llamémosle camino, o quizá mejor escalera. Lo de la escalera me lo dijo en su día un profesor, decía que todos necesitamos una escalera, que normalmente está asociada a una técnica, a aprender a hacer algo. Si no tenemos escalera y queremos alcanzar las estrellas, lo único que haremos será dar saltos. Las estrellas seguirán siendo inalcanzables, pero una escalera te permitirá acercarte. Si das saltos, te cansarás, quizá te caigas, quizá hasta te hagas daño, pero no conseguirás acercarte a las estrellas. Creo que el ejemplo resulta muy ilustrativo.


No sirve la escalera de otro. Tampoco es posible que alguien venga y te diga paso a paso cómo montar tu escalera, como si de un mueble de Ikea se tratase. Porque tu escalera será única y no es nada fácil construirla. Puedes leer libros, escuchar a los que saben, pedir consejos, intentar aprender técnicas… De ahí sacarás los materiales que necesitas, quizá hasta aprenderás cómo poner el primer escalón, pero el resto de tu camino, el resto de tu escalera, es cosa tuya.

Yo ahí sigo, construyendo una escalera, andando el camino de los poemas de Machado. O al menos, lo intento, aunque no siempre con gran fortuna. Nadie ha dicho que sea fácil, pero en eso consiste la vida, ¿no? La escalera es una metáfora que puede servirte para tu trabajo, para tu vida, tus emociones, tu familia… Decenas de escaleras a veces difíciles, otras inimaginables, pero que en ti está la clave para poder construirla. 


MADRID CON NIÑOS 26: VISITA AL MUSEO DEL ROMANTICISMO

Hace casi tres años escribí un post en el que os hablaba de uno de los pequeños secretos de Madrid, un lugar recóndito, lleno de encanto y muy desconocido en general: el Café del Jardín. Se trata de un pequeño patio con jardín interior situado en un palacete del XIX en la zona entre Chueca y Alonso Martínez. Además, es la cafetería de uno de los museos más cucos y preciosos de Madrid: el Museo del Romanticismo.

Pues bien, el sábado pasado tuvimos la oportunidad de volver al Museo del Romanticismo. Hacía demasiado tiempo que no visitaba ese museo, y además, las dos o tres últimas veces que había ido hasta allí fue precisamente para visitar su Jardín y no el museo en sí. Pero el pasado sábado fui con mi hija a un taller para niños y fue absolutamente fantástico. Lo pasamos fenomenal, los niños disfrutaron muchísimo y aprendieron que un museo no es un sitio aburrido, sino un universo por descubrir. Más aún un lugar como el Museo Romántico, que no es una pinacoteca o un museo al uso, sino como dijo la guía, una auténtica máquina del tiempo. Subes las escaleras y retrocedes 200 años, como si de una puerta del Ministerio del Tiempo se tratase. Aterrizas de lleno en pleno siglo XIX, la etapa conocida como el Romanticismo, en una casa palacio de la época ataviada con sus mejores galas y en la que en la actualidad podemos contemplar todo tipo de muebles de la época, vajillas y demás objetos, que nos hacen entender el espíritu de aquellos años.


Los talleres infantiles los suelen hacer un par de veces al mes, por lo que he visto. Necesitan inscripción previa en el teléfono 914483647. Os dejo el enlace a las actividades para que le echéis un ojo si lo deseáis. Hay actividades para niños, jóvenes, adultos, escolares e incluso actividades especiales como conciertos y actividades extraordinarias. Dentro de estas últimas se encuentran por ejemplo cuentacuentos con temática Halloween ahora que se acercan las fechas.

Pero volvamos a los talleres infantiles, en un paseo por el museo de alrededor de una hora de duración, los niños se divertirán y aprenderán muchísimo sobre las costumbres decimonónicas. La guía de nuestra visita, Carmen, tiene muy buena mano con los niños y ayudada por una tableta, les llevará por las principales estancias del museo, siguiendo nueve pistas diferentes. Mediante este pequeño juego de detectives, los peques tendrán que identificar nueve cosas en nueve lugares diferentes del museo. Algunas de ellas son pinturas, objetos de menaje, adornos de determinados muebles, juguetes antiguos… un poco de todo. En torno a esas pistas, se hila la historia y los niños aprenderán las diferencias entre cómo se vivía en el siglo XIX y cómo vivimos ahora, qué cosas tenemos que antes no existían, qué cosas usaban antes y que ahora casi ni conocemos… Los niños se sorprenderán de una casa sin baño o sin tele.

Especial mención a Carmen, la guía, muy accesible y maja en toda la actividad. Se sentó en varias ocasiones con los peques, estableciendo desde el principio un buen diálogo e interacción con ellos, que hicieron la visita amena y divertida.


Lúdico, divertido y tremendamente formativo, no se puede pedir más.

Creo que en Madrid hay estupendos planes con niños, y algunos de ellos son tan desconocidos como éste. Existen muchos talleres infantiles en los museos, ideales para que los niños aprendan a relacionarse con estos lugares y se enamoren de sus encantos sin que se aburran. Además, la mayoría de los talleres son gratuitos o tienen precios muy asequibles. Merece la pena introducir a los peques en estos planazos de museo y a este respecto Madrid es un lugar estupendo con muchas opciones.


No os perdáis el desayuno en el Café del Jardín. Desgraciadamente, el sábado pasado estaba cerrada por mantenimiento la parte del jardín, pero no la cafetería. Una pena porque desayunar entre los árboles y las plantas de este rincón es algo muy especial, pero mi hija dio buena cuenta de un trozo de tarta de frutos rojos, con o sin jardín de por medio. Volveremos al Café del Jardín y estoy segura de que también volveremos en alguna ocasión a un taller infantil en el Museo Romántico, porque ha sido una experiencia estupenda y que os recomiendo.

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VIERNES VITALES 46: LA PIEZA QUE FALTA DEL PUZZLE

Cuando era pequeña tenía cierta habilidad con los puzzles, lo que hizo que ya de adolescente me diera por hacer en los largos veranos puzzles de 1.000, 2.000 o 5.000 piezas. Quizá alguno de ellos aún siga montado y hasta enmarcado en alguna casa familiar. Me encontré con una gran piedra en forma de puzzle, un gato persa que me trajo por la calle de la amargura durante un verano y que fui incapaz de terminar. Todas las piezas del pelo de gato eran iguales, un absoluto horror. No sé si fue por eso, o porque crecí y me dediqué a otras cosas, pero abandoné los puzzles. Ahora, los he recuperado un poco con mi hija, que también muestra habilidad con ellos, pero las princesas Disney en 32 ó 48 piezas no me suponen un gran reto.

Este post no va sobre puzzles, al menos no sobre los típicos puzzles de cartón para encajar pieza a pieza. Quiere hablar más bien del gran puzzle que es nuestra vida, compuesta además por inmensidad de puzzles más pequeños. Pero sobre todo quiero hablar sobre las piezas del puzzle que nos faltan.

Vuelvo al puzzle del gato persa que nunca terminé. Quizá fuese un fracaso, o no, pero lo que hubiese sido desesperante es imaginar que soy capaz de montar ese puzzle tan difícil de 2.000 o 3.000 piezas minúsculas y que, meses después, cuando lo estás acabando, te das cuenta de que te falta una pieza, o dos o tres… Esas piezas que faltan son capaces de tirar por tierra el trabajo de meses y de llenarnos de frustración. No sé si los fabricantes de puzzles tenían algún servicio al que pedir esas piezas que nos faltan, tal como lo tenían los fabricantes de álbumes de cromos, a los que podías pedir los últimos cromos que no encontrabas nunca. Pero en la vida, cuando te falta una pieza del puzzle, o varias, algo que sucede muchas más veces de las que nos gustaría, no hay servicio de peticiones para que te envíen esa pieza que falta y sin la que sentimos una frustración inagotable.

Y si lo pensamos, casi siempre falta alguna pieza del puzzle, porque la vida, de un modo u otro, consiste casi siempre en eso, nos guste o no. El otro día disfruté de un café y una conversación tremendamente interesante con una amiga que vive fuera de Madrid y a la que veo muy poco. Ella está muy metida en el mundo del coaching y los cafés con ella son como una sesión de abrir los ojos, son sencillamente mágicos. Una de las cosas que salieron fue precisamente la pieza del puzzle que siempre nos falta. Ella me dijo que en el caso de los españoles era algo especialmente acuciante porque era algo sustancial a nuestra forma de ser y nuestra educación, nuestra propia idiosincrasia: siempre nos centramos en la pieza del puzzle que falta. De vuelta a casa, andando, pensé mucho en ello, y es cierto. Una pieza de puzzle que falta hace que el puzzle no nos sirva, que olvidemos en seguida el reto y el logro de haberlo hecho entero (aunque nos falte una pieza), de haberlo disfrutado, de haberlo vivido intensamente. La pieza que falta lo anula todo.

Puede que los españoles tengamos en nuestro ADN el síndrome de la pieza del puzzle, pero tampoco es algo únicamente nuestro. Está demostrado que las personas que sufren una depresión se enfocan en un punto negro, en algo que falla, en la pieza del puzzle que les falta, y son incapaces de ver todo lo demás. Sin llegar a sufrir una patología, y salvo los optimistas resilientes (que son muy pocos) a los demás, con nuestros más y nuestros menos, las piezas del puzzle que nos faltan nos hacen polvo.

Crecer, madurar, aceptar… pasa por asumir que constantemente nos faltan piezas de puzzles y que por mucho que queramos controlarlo, no vamos a ser capaces de hacerlo, no depende de nosotros. Lo que sí depende de nosotros es luchar por lo que creemos, pero también retirarnos a tiempo y no dejarse la piel en lo que no va a salir. Pero sobre todo, depende de nosotros abrir bien los ojos, mirar a nuestro alrededor y ver todas las cosas buenas que tenemos, lo bueno y bello que es nuestro puzzle, y quizá muchas de las piezas estén en una esquinita y ni siquiera sean tan importantes como creíamos.


Hablemos de trabajo, algo que en general no nos gusta demasiado comentar y que cuando lo hacemos, frecuentemente es en modo negativo, centrándonos en la pieza que falta. Pero me parece un área buena para centrarse porque no es tan importante como otras como la salud o la familia, al menos para mí.  El trabajo es trabajo, si nos gusta y nos hace feliz, mucho mejor para todos. Pero siempre tiene un punto oscuro, como decía una compañera que tuve hace años: si fuese tan bueno, no nos pagarían por ello. Pero opiniones pesimistas aparte, el trabajo, si lo tienes, ya de por sí es bueno, nos da dinero para vivir, y ésa debería de ser la razón de base. Lo dicho, si lo disfrutas, si amas tu trabajo, si tienes la suerte de que tu trabajo es además tu vocación… enhorabuena, eres un privilegiado. Si no es así, no te obsesiones con las piezas del puzzle que te falten.

Normalmente el trabajo tiene cosas buenas, cosas no tan buenas, cosas malas… Aunque te guste tu trabajo, habrá tareas o partes de él que te encanten y otras que no soportes. No te centres en lo malo: céntrate en lo positivo. Yo hice este ejercicio hace casi un año y listando todas las cosas buenas me di cuenta de que había muchas más de las que había pensado. En mi caso, mi trabajo tiene varios puntos fundamentales: el primero de ellos es la autonomía, la capacidad que tengo de decisión sobre la inmensa mayoría de las cosas y sobre todo la de poder probar cosas nuevas es algo infinitamente positivo; el segundo es la flexibilidad: que me permite poder entrar muy pronto, cambiar horarios y ser más flexible en general; y la última el horario: aunque tengo jornada reducida desde que tengo una hija, con todo lo que ello conlleva, estar a las 3 de la tarde fuera es un lujo que pretendo mantener toda mi vida si fuese posible. También tiene cosas malas, otros trabajos tendrán cosas mejores, pero quizá no tengan éstas. La perspectiva nos hace ser más felices, vivir mejor. Abre los ojos.

¿Cuáles son las piezas del puzzle que te faltan? Piensa: ¿verdaderamente son todas tan importantes? 

AL CINE CON NIÑOS: EL PRINCIPITO, LA PELÍCULA

El sábado pasado volvimos al cine, a ver una infantil, como no podía ser de otra manera. Sin embargo, he de decir que quedé gratamente fascinada por la película, que está pasando sin pena ni gloria y que quizá no tenga tan buenas críticas, pero a mí me gustó muchísimo. Hasta el punto que cuando salga a la venta intentaré hacerme con ella, es una historia que me gustaría disfrutar muchas veces más.

Y la historia no es ni más ni menos que la del Principito, aunque algo tuneada. Que levante la mano quien no se haya embelesado alguna vez ante la estética de ese cuento, que por otro lado casi nadie entiende. Pero en esta película, los conceptos quedan mucho más claros: la magia de la infancia y ver la vida con los ojos de un niño. Sobre todo, no olvidar cuando crezcas.


El autor de “El Principito” fue Antoine de Saint-Exupery, un aviador francés que se estrelló en el desierto del Sáhara y tras sufrir varios días de alucinaciones sin agua y con una fuerte deshidratación, fue rescatado in extremis. Moriría años después en otro accidente aéreo, esta vez en el océano. Es la rescatada figura de este aviador (que alude claramente a Saint-Exupery) el protagonista de esta película, o mejor dicho el co-protagonista. El aviador es un anciano bastante lunático y muy especial, que nunca ha olvidado los días que pasó en el Sáhara, donde conoció al Principito y sus viajes desde su pequeño planeta. Muchos años después y ya cercano a la muerte, no ha olvidado y sigue viendo la vida con los ojos de un niño. Aunque a su alrededor, parece que el mundo de los adultos lo ha apisonado todo.

Pero el aviador recibirá un regalo inesperado en el final de sus días, una niña con la que poder volver a disfrutar el mundo en toda la grandeza que nos da la infancia. La niña, su nueva vecina, vive con una madre con un punto psicótico que quiere convertir su infancia en una interminable lista de tareas y que la hace estudiar de sol a sol durante el verano para que entre en una academia infantil pseudomilitar, mientras ella, habitante gris de un mundo gris de calles trazadas a escuadra y cartabón, se pasa la vida fuera de casa trabajando.


Afortunadamente, la niña conocerá al aviador y su vida cambiará por completo. Pasará a vivir mil y una aventuras y redescubrir la verdadera magia de la infancia, así como la historia del pequeño Principito. Basándose en la historia del libro, pero tuneándola y actualizándola, esta película consigue llegar al corazón y recordarnos la magia de la infancia y en el fondo de la vida. Personalmente, es una de las mejores películas infantiles que he visto en toda mi vida. Me ha encantado.